admin @ Fri, 2006-01-20 05:00
LA ceremonia se habrá repetido millones de veces: un muchacho selecciona entre los textos con que ha ido llenando sus cuadernos aquellos que considera mejores y se los ofrece a alguien cuya opinión respeta y en cuyo gusto confía lo suficiente como para dejarse influir por él. Es a principios de los años veinte, y el muchacho que hace acopio de sus poemas para enseñarlos por fin a alguien, ha hecho de la timidez antipatía y de la inseguridad su fortaleza. En cuanto al hombre que recibe esos poemas, es profesor, tiene treinta y pocos, está contento en Sevilla a pesar de la soledad en la que se encuentra y la falta de cotilleos literarios (a los que es muy aficionado). El muchacho se llama Luis Cernuda y descubrió la fuerza de la poesía primero, de niño, en un tomo de versos de Bécquer, luego, de adolescente, en la necesidad de decirse por escrito aunque no supiera cómo, y finalmente, a los veinte años, cuando saliendo a caballo como cada tarde con otros reclutas de un cuartel militar, las cosas se le aparecieron como si las viera por vez primera, como si por primera vez entrara él en comunicación con ellas, y esa visión inusitada, al mismo tiempo, provocase en él la urgencia de expresarlas, la urgencia de decir esa experiencia.
Poeta burgués: sí, no hay duda que lo era. E ingenioso, también: el ingenio fue durante mucho tiempo la columna vertebral de los poemas de Salinas. Digamos que infló tres de sus libros: 'Presagios', 'Seguro Azar' y 'Fábula y Signo'. En una buena proporción de poemas chispeantes, el lector disfruta de una ocurrencia, de una elaboración retórica agraciada, que olvidará sin problemas cuando se aleje del volumen. Pero la biografía no sólo prestaba temas poéticos a Cernuda. También a Salinas la biografía le cedió la llave para que abriera un cuarto hasta el que hasta entonces su simpática poesía no había sabido acceder más que en versos sueltos. En el verano de 1932 una joven norteamericana se matricula en un curso de verano sobre la generación del 98 que imparte Salinas. El profesor la ve entrar y ya no puede despegar su atención de ella. La mecánica de la seducción se pone en marcha y quedan para hablar de Unamuno y de otros autores. Una noche cenan juntos en la terraza de un apartamento, bajo las estrellas. Salinas saca su chistera de prestidigitador literario y pregunta: ¿No te gustaría arrojarte conmigo a ese alto pozo? Caer hacia lo alto, suicidarse hacia arriba, dejar atrás el mundo, vagar para siempre por entre los astros?
La situación es comprometida para la joven norteamericana. Está enamorada del profesor, lo sabe bien, pero también sabe bien que éste está casado, que tiene hijos, que ya es un maestro reconocido en todas partes, un intelectual prestigioso. Vuelven a retomar su amor al verano siguiente, junto al mar, escondiéndose de todos, tratándose con respeto cuando están entre los demás profesores y alumnos. En el intervalo entre un verano y otro decenas de cartas, cómo me pesa tu ausencia, grita él, le envía sus nuevos poemas, que ahora tienen un misterio nuevo y antiguo, verdadero, rotundo. «El nuevo ser que soy desde agosto», clama Salinas en otra carta a la muchacha norteamericana que se llama Katherine Whitmore. Ella tratará de vivir esa historia con toda la pasión que le permitan sus fuerzas, pero en 1934 decide apearse: aquella historia no va a ninguna parte. Pero si va: ya puede ir incluso sin ella: ya ha estragado lo suficiente al poeta, y lo seguirá estragando, como para darle de qué escribir por el resto de sus días.
Qué imagen nos prestan esas escenas del invierno del 32: Pedro Salinas caligrafiando un poema para su amada invisible en su cuarto de trabajo, con sus hijos en las rodillas y su mujer, que prefiere no enterarse todavía de nada, con alguna tarea. Está naciendo 'La Voz a ti debida', uno de los grandes poemas del siglo XX. Y Salinas, que ya es un hombre maduro, elige sus poemas nervioso, como una década antes el joven Cernuda, para mostrárselos a su maestra: la muchacha de la que se ha enamorado ciegamente. Y cuando se publique lo dirá en una carta de 1934: «Hubiera sido un terrible fracaso el que los versos escritos en la cúspide de mi vida y de mi sentimiento, escritos con mi ser entero fuesen menos que los que escribí por el esfuerzo de mi inteligencia o de pasajeras intuiciones. Yo necesitaba creer en la profunda fidelidad de mi vida y mi creación. Existía antes, claro, el color Pedro, que tú vives. Pero, Catherine, no el poema. Yo jamás me creí capaz de escribir un poema: poesía sí, pero mi conjunto poemático, entero, de una pieza, no. O he escrito sin proponérmelo, sin ánimo de secuencia, de continuación, de unidad, porque así ha salido. Eres tú, Catherine, tú tu amor, el que me ha dado esa unidad, ese tono de fidelidad a su sentimiento, de vivir de él. Tú me has hecho, no en mi poesía, en todo, encararme con la vida, mirarla frente a frente, verla en su profunda alegría y su profunda tragedia».
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