admin @ Sun, 2006-01-29 21:00
En este relato histórico, aún inédito, se mezclan la reflexión sobre la rudeza del narrador, un repaso de acontecimientos dolorosos y la búsqueda de una actitud digna ante las consecuencias de un escándalo público. El narrador y protagonista de la novela La triste historia de un ranchero enamorado, del escritor guanajuatense Herminio Martínez, se llama Manuel Bribiesca Godoy. En el fragmento que adelantamos aquí con autorización del autor, el médico veterinario recuerda con ternura y rabia a su exesposa Marta, tanto en los tiempos felices, "cuando todavía escribía con hache" su nombre, como en la época negra, cuando "Vicente -otro personaje de esta ficción- volaba por su cuenta hacia Los Pinos y Marta a mí ya no me quería".
En 1998, al separarme de Marta, me dijo mi mamá: "No te apures, Manuel, ni sufras ni te acongojes, total ni que fueras el único; todos los días se dan estos tristes casos: ni fuiste el primero ni serás el último. No llores, ¡ven acá, sécate esas lágrimas, anda, hijito, ven". En realidad ni sufría ni estaba sollozando, nada más pensaba. "Te metes de diácono ¡y ya, hombre! ¿Cuál es el problema? No hay por qué hacer una tragedia. Aquí en Zamora la Iglesia necesita almas arrepentidas que quieran hacer el bien sirviendo a Dios desde un estado de pureza. A lo mejor ser diácono en la catedral de Zamora es tu destino". Agregó. iluminándosele el rostro con la bondad de una sonrisa. "¿Diácono? ¿Castidad? ¡No, mamá! -le respondí-. ¿Qué no se da cuenta que allí son maricones? ¡Imagínese! A mí todavía me sobra cuerda para alcanzar los cuernos de la luna". A la pobre nada más le dio risa, movió su cabecita, clavó en mí sus ojos dulces, murmurando: "¡Ay, muchacho! ¿A quién saldrías? Te sucede lo que te sucede y mira nada más. De veras, no escarmientas. Sigues siendo una calamidad. Que Dios te acompañe y te bendiga". Me acuerdo y me da risa. Decirme eso a mí que me voy a morir como el Caguamo: arriba y empujando recio... A mí que, como el ceniciento, hasta que dan las 12 me retiro..., a mí que, aquí o donde sea, puedo admirar y recrearme en tantas mujeres guapas que vienen a almorzar conmigo... A mí que, aunque ya no tengo la leche de otras épocas, todavía me alcanza para uno que otro entrego... No como antes, claro, cuando el huracán de mis 18 arrasaba con todo. Cuando el mar no le alcanza a uno para echarse un buche de agua o, dicho de otra forma, nos faltaba leche para cubrir tantos entregos. Como mi hijo Fernando, al que buscan las artistas porque se lo quieren comer vivo, envuelto en huevo y en flor de calabaza. Está en lo suyo el chavo, que aproveche y no le quede mal a nadie. ¡Está en la edad!... ¡Mi mamá! La vuelvo a ver en aquella sala donde conversábamos acerca de mi separación, sentada como una reina de apellido Godoy; de las Godoy Obregón de Guanajuato, de las Godoy de mi tía Emma Godoy. Ella estaba enterada del asunto, porque los medios, tanto de Guanajuato como de Michoacán, ya lo habían divulgado. Vicente volaba, por su cuenta, hacia Los Pinos, y Marta a mí ya no me quería. No niego que al principio me sentía mal, pero uno también tiene lo suyo, quiero decir, su fortaleza, orgullo o lo que sea, para salir adelante. Si ya no quedaba otro remedio, ¿qué chingados le íbamos a hacer? Cuando en la vida de una pareja quedan colgando tantas hebras rotas, llega cualquier viento y las arrastra.
Mi padre -médico pediatra- se llamaba Manuel Bribiesca Castrejón y el nombre de mi abuelo era Juan Luis Bribiesca Mangel, también luchador social y Caballero de Colón. En casa se nos hablaba de todo porque mi papá era un profesionista de amplio criterio, trabajador y honrado hasta sangrarse. De niño, a mis hermanos y a mí nos contaba -a su modo- la historia de la vida... Decía, bromeando o quizá para que no estuviera dándole lata, que cuando él y mi madre decidían tener un hijo, se iban a la presa de Pucuato, en el municipio de Huajúmbaro, y allí, mientras mamá veía morir la tarde en las montañas, él se metía en el agua, nadando hasta tocar el fondo, y que cada gorgorito era un borreguito, cada gorgorote era un borregote, cada burbujita era una mulita, cada burbujota era una mulota. De tal manera, cuando yo nací escogieron la más grande. Ahora comprendo por qué en México a los Manueles se nos relaciona con las mulas. Cuando cerraba el consultorio, solía sentarse a explicarme cómo era que había nacido cada quién, describiéndonos el mundo subacuático, con sus remolinos y corrientes de hojas, donde las burbujas y los górgoros se transformaban en mulas, vacas y borregos. Pero si yo le preguntaba, ¿y la ropa? Ya tenía lista la respuesta: Cada basurita una camisita, cada basurota una camisota; cada zacatito un pantaloncito, cada zacatote un pantalonzote. Cada florecita era una faldita, cada florezota era una faldota... Me mandaron a estudiar fuera de Zamora porque papá pensaba que yo era muy cabrón. Y como en la casa manda el que a uno lo mantiene, no tuve más remedio que partir. Con todo y que iba a misa, al rosario, a las jaculatorias, a las visitas del Santísimo, al rezo de ánimas de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús, donde en 1971 me casé con Marta Sahagún Jiménez, de todos modos me mandaron. De nada me sirvió la confesión de cada día primero ni las estampitas de san Martín de Porres ni el perfume de las rosas de santa Rosa de Lima ni las hostias que me comía en la sacristía de los padres salesianos ni las vergüenzas que pasaba ayudando a los padres vestido con una túnica de santo los días domingos. No me salvó ni el ángel de mi guarda ni aquel cristo de palo que mi papá tenía en la sala, obsequio de mi tía la doctora Emma Godoy, ni una virgen con la mirada de canica ni el Padre Eterno reinando sobre el mundo -que había en el comedor- ni todos los profetas con sus rayos de lámina. ¡De todos modos me chingué!..
Nací en el estado de Michoacán, el 27 de septiembre de 1947. De risa fresca y franca, coquetón y simpático, sincero y creyente -no fanático-, trabajador, enérgico, de espíritu y ojo alegre, pero no tarugo, dicen mis amigos y alguna que otra mujer de las que todavía se me acercan o dejan que yo, como los guajolotes, les haga la rueda. Me pusieron Manuel seguramente porque mis padres intuían que su hijo iba a ser medio mula, medio atrabancado, medio cabrito -¡mas no güey!-, así de rejego y lebrón, pues, al menos -desde que ya soy El Ex-. Esa es la triste fama que llevo encima y que todos ya me conocen gracias a los medios y los libros que algunas mujeres han escrito y publicado para hablar mal de nosotros. Da pena, no te creas, enseñar así la intimidad como una pústula sangrante y hedionda en la que los ojos de la curiosidad, el morbo y el mundo entero bucean en busca de rostros, nombres, anécdotas, chismes, sangre y moretones... Todo el pasado. Da pena, coraje y hasta preocupación escuchar comentarios en los que ni yo ni mis hijos estamos a salvo. ¡Inventan cada cosa! Pero nunca es tarde para contar una historia, y menos si uno es el protagonista; ella y nadie más ha escuchado aún mi versión... Nos conocimos en Zamora, donde nacimos y crecimos, nuestros papás eran compadres. Donde nos cortaron el ombligo. Donde lloramos por primera vez. Donde dejamos nuestra primera caca. Donde nos pusieron un chorrito de agua fría en la cabeza. Nuestros padres frecuentaban los mismos círculos sociales y religiosos, ellos nos trajeron al mundo, ellos nos llevaron a la iglesia. Ella con su vestido blanco, yo con mi traje negro de galán, rebosantes de entrega y felicidad los dos. Teníamos: ella 17, yo 22 años de edad. Pollita la muchacha que me juró su amor, respeto y fidelidad para siempre ante Dios y los hombres. Bueno, a mí no me cumplió, pero ese es otro pedo... Me dejó plantado entre dos rieles. Y es que se le atravesó el tren presidencial. Así quién no. Ni modo... Pudieron más esos motores con sus aguilotas que mi sencillo modo de entenderla. Yo lo único que alcancé en la política fue ser regidor en el ayuntamiento de Celaya y candidato a diputado federal, precisamente cuando ella y Vicente se conocieron en la ciudad de León. Ah, sí, también candidato a la presidencia municipal, en el año 2003, por el Péleme, todo bloqueado, combatido, intervenido y negado desde las entrañas mismas de Los Pinos... ¿O qué, si no? Al principio, el PRD le anduvo coqueteando a mi nombre para que yo aceptara la candidatura, sólo que Rosario Robles dio instrucciones para que no me aceptaran, seguramente después de haberse echado uno o dos cafecitos con La Jefa.
Sencilla y frágil como una florecita de papel. Perdón que me cueste trabajo pronunciar su nombre. Yo se lo conocí desde que lo usaba todavía con hache. Después se la quitó, en Europa, adonde había ido a estudiar cursillos de inglés. Nunca estuvo en la universidad. La preparatoria la terminó cuando ya estábamos casados. Yo le decía: "Hielito, no te quedes sin estudiar, la pura secundaria no es suficiente. Ve a la escuela. Continúa tus estudios, prepárate, la vida es dura. Está bien que a ti no te haya hecho falta nada, pero la vida tiene más vueltas que yo en la cola... Hazme caso". Y me lo hizo. Con enormes dificultades terminó el bachillerato... No le fue fácil, dadas las circunstancias de su estado: casada, chiquilla y conmigo, ¿qué le podía ser fácil? Nada, sobre todo sabiendo cómo soy. Pero lo terminó. Y eso es lo que cuenta; fue lo que la hizo grande y fuerte. Cuando muchachilla, se fue en dos ocasiones a Irlanda a perfeccionar el idioma del que después dio algunas clases en escuelas particulares de Celaya. Es inteligente. De eso no cabe la menor duda, por algo pudo llegar, con mi ayuda, hasta el lugar donde ahora se encuentra, con más poderes que una reina. Con ella, yo ya no tengo nada que perder.
Soy médico veterinario, ¡a mucha honra!, avecindado en esta ciudad de Celaya donde ella vivió conmigo durante 27 años y -aunque pocos lo crean- fuimos muy felices. Por algo nos nacieron tres hijos: Manuel, Jorge y Fernando. Ellos la quieren mucho. La respetan, la admiran, igual que a mí. Sólo que yo ando sin guardaespaldas, sin guaruras, libre para lo uno y lo otro, o lo que se le ofrezca al mundo de la carne. ¡Lo demás, me vale! Con el amor de ellos me sobra. Desde que alguien me vino con el chisme de que ella y él ya no mantenían una relación normal, se me metieron a la cabeza, aparte de la rabia y los celos, muchas oscuridades que me hicieron caer en la cuenta de que la había regado... A veces uno se tropieza, y aunque se halle en el suelo, cree que sigue volando. Te das contra el pavimento y aún crees que estás besando a Marylin Monroe. Pero esto no fue todo: la espina más grande se me clavó en el alma cuando los vi triunfar y subir al mando, muy juntitos, de la mano a risa y risa y beso y beso como dos locos ¡Por supuesto que no es envidia ni estoy hablando por la herida!... Fue entonces que se me vino de sopetón toda la luz de la verdad. Entendí mejor lo que a mí me había faltado y a ella le sobraba... Hay que reconocerlo: ella es la que siempre da el primer paso, aunque muchos a esto le llamen ambición. Algunos la bautizaron con el sobrenombre de La Corregidora, por aquello de que siempre andaba corriendo al presidente, aunque en el fondo, ¡y póngale los nombres que les dé la gana!, fue su talento lo que lo llevó a Los Pinos. Sin ella, la casa presidencial sería un desorden, la ruina, la Torre de Babel. Con todo, no cambia mi convicción de que no se ha hecho lo suficiente: el desempleo, el hambre, la intolerancia, la corrupción, el oportunismo, la superficialidad y la tristeza son el pan nuestro de cada día. Así lo veo yo, Manuel Bribiesca Godoy, el cuereador de mujeres, el tomador, el bohemio, el parrandero, el malo, el rudo, el pérfido, según la palabra de muchos que así me quieren ver o así me imaginan, aparte de ser el sobrino más cuero de mi tía la doctora Emma Godoy, quien tenía una gatita a la que yo también le hubiera puesto el nombre de Chingata. Por fortuna no todos piensan así de mí, en los ranchos de los alrededores la gente me quiere y me respeta. Aún me recuerdan haciéndoles el bien, curando sus animales, dándole dinero y trabajo a cualquiera que acudía a nosotros. Claro que pesa la desolación. La soledad es como una rata royéndote la vida. Poco a poco uno se va quedando como cualquier olote, o sea, sin ni un granito.
Nos casamos el 30 de enero de 1971. Una boda con mucha leche, tanto de parte mía como de ella. Nos amábamos. Nos adorábamos. Nos teníamos el uno para el otro... Y no es la herida por donde respira mi alma. No, que quede claro para no llorar. Su padre, igualmente médico, nos regaló un Maverick. Yo le dije a ella: "Hay que aceptarlo; ahorita no puedo yo comprarte uno, pero eso sí, Hielito (así le llamaba de cariño), después, cada año te voy a cambiar de coche, ya lo verás". ¡Y se lo cumplí! Le compraba puro último modelo del color que tanto le gustaba, sin importar el precio, importado o nacional. Iba y venía, subía y bajaba, así chiquita como está, manejando sus maquinotas, al mercado con las criadas, a las iglesias donde ya había trabado amistad con las religiosas y los curas, al colegio, con sus amigas (todas de sociedad). Por mí vivió como vivió, metida en círculos sociales, visitando a los pobres y ese mundo sin sal que al primer piquete de mosquito se desinfla. Porque el doctor Bribiesca, o sea yo, así como me ven con mi cara de duro y estas manotas de animal hermoso, todo le cumplía, todo le adivinaba, satisfaciéndola, dándole a llenar, debido a mi trabajo que iba de las seis de la mañana hasta las 11 de la noche. Toda una joda. Trabajar como una mula nunca ha sido una afrenta para nadie. En esos años, mi veterinaria era una empresa de mucho éxito y, sobre todo, prestigio. Acudían a solicitar mis servicios individuos que hoy forman parte de ese teatro nacional que es la política, donde, representándolo muy bien, a muchos su papel los ha hecho inmensamente ricos. Incluso Diego Fernández de Cevallos, desde su rancho, en Querétaro, venía a solicitarme alguna inseminación artificial, algún medicamento o asistencia clínica, de contado o a crédito, porque de todo le daba yo a la gente, y entonces hasta a él le fiaba, después ya no. En aquellos tiempos, a la sociedad celayense Marta le dio mucho. En cambio, a Zamora, su ciudad natal, creo que aún no le ha dado mayor cosa, fuera de una ambulancia. Y para ir a entregarla movilizaron todo un ejército de vehículos, guardaespaldas, reporteros, helicópteros y camiones. ¿Para qué, digo yo? Ojalá pronto les haga una aportación más significativa a mis paisanos. Y no lo dudo, ¿eh? Sinceramente creo que sí lo hará, porque las raíces de la sangre de uno jamás se olvidan. De haber llegado a la presidencia municipal, me iba a ir a hacer plantones frente a la puerta de Los Pinos hasta conseguir para Celaya lo que aún nadie le ha dado. Pero no se me concedió. Qué bien me hubiera visto allí sentado, a dos nalgas, pidiendo ser escuchado por La Jefa. Pero no, no me dejaron alcanzar mi sueño. Así estoy mejor, sin compromisos, yendo a almorzar al café donde tantas bellas mujeres me ven y yo las veo, me sonríen y yo les regreso la sonrisa. ¡Quiero que sepan que sigo entero! Que no murmuren, como será en el caso de otros: "Miren, se ve que a ese viejito ya se le heló el capulín". ¡No, qué no! Esta vida es un camote y hay que saberlo pelar".
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