admin @ Tue, 2006-01-31 14:00
Margaret Thatcher, que no influyó en la historia humana como Juana de Arco o Eva Perón, tuvo tanto gusto en conocerse de Dama de Hierro como José Bono, por ejemplo, lo tiene en conocerse de ministro de Defensa. A Bono no le han hecho todavía un musical, que será con atambores, pífanos y dianas floreadas, mientras que la Thatcher ha merecido melodías pegadizas ( o pegajosas) como una canción de amor a Ronald Reagan o un homenaje a su bolso, capaz de competir con el bolso insondable de Isabel II, o el estruendo punk titulado La Dama de Hierro y también El blues de los tories. Ocho actrices levantan la nostalgia thatcheriana de algo como No llores por mí Inglaterra, con Maggie la militar, Maggie Brittania y Maggie la Diva, con pelucas cada vez más colosales y precipitantes. No se informa si sale su borroso marido en el musical, pero tendría que salir. Ya va siendo hora de que aislemos en una pecera y estudiemos la personalidad gelatinosa de los cónyuges de las poderosas, que irremediablemente despiden una apariencia persistente de holgazanes. En cualquier caso son ellas las que les obligan a una dulce inactividad mediante una alternativa sin escapatoria posible: obedecer o ser aniquilados. De todos modos es de agradecer que, aún siendo en clave musical, que es más llevadera, Inglaterra rinda tributo al tesón ejemplar con que Margaret Thatcher defendió sus convicciones falsas.
Subyuga el rasgo infantil y al lúgubre de Estefanía de Mónaco entregada con su organismo más profundo, más allá de toda metáfora e incluso más acá, a la obsesión del circo. Le basta con olfatear gente de circo y se le va la olla. Primero fue el domador Franco Knie, luego el acróbata Adan Peres, después un camarero que le servía gratis los gin-tonics y ahora un payaso llamado Fred, con lo que probablemente y por méritos propios Estefanía fue nombrada presidenta del Festival Internacional de Circo Montecarlo. Lo malo es que sus amantes suelen entrar en putrefacción rápida, se convierten en despojos arrojados a la orilla desastrosa del circo. Llegará un día en el que la profundidad del hechizo circense hará que se arroje a los brazos de un león y entonces resultará una epopeya de resultado incierto, y quizá luctuoso.
Varias revistas del coeur hablan del viaje a España del conde Spencer, el hermano aprovechategui de la princesa Diana, que viene para lanzar una colección de muebles/imitación de los que tiene en su residencia de Althorp. Lo primero que le dice a ¡Hola! es que no vive en una “burbuja inmobiliaria”. Al conocido anticuario de sus antepasados le pregunta Gala qué Sonie, escritorio del siglo XVIII, puede caber en los espacios mínimos de las casas de hoy. Él dice que en cualquier ambiente, que a él le gusta mezclar lo antiguo y lo moderno. Aunque no contesta a la pregunta, se ve que tiene los mismos gustos que los hoteles Meliá, que parecen un rastro de piezas más o menos valiosas. En cuanto a las reproducciones, son tal cual. Figúrense que hay un baúl de George Washington que tiene la mancha de un vaso de vino que algún desalmado, probablemente el mismo George Washington, dejó perezosamente encima. Bueno, pues en la reproducción está la mancha. Es lo que se llama el genio japonés. Cuenta Jünger que un señor le entregó a un sastre japonés unos pantalones ya gastados para que hiciese otros exactamente iguales. El día de la muestra allí estaban los pantalones en los que no faltaban los dos remiendos del primer pantalón ni las arrugas en la parte de atrás de la rodilla.
Murió hace más de 20 años y los norteamericanos siguen teniéndole en el tercer lugar de su corazón, por delante de Clint Eastwood, Mel Gibson o George Clooney. Se ve que en el alma norteamericana no ha calado aún la “epopeya sentimental” de Brokeback Mountain y que John Wayne es memorable cuando se aleja andando en el plano final de las películas, recto y sin ninguna incitación posterior.
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