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Yo fui alumno de Pamela Jiles...

admin @ Sun, 2006-02-05 07:00

Los miércoles, nadie faltaba a clase. Ese día, la diosa bajaba a Temuco desde el olimpo capitalino y aprovechaba de consultarnos, en una especie de “focus group” de babosos, si le convenía ir a algún programa. “¿Voy a ‘Vértigo' o no?”, preguntaba. “Me pagan dos millones”.

Y nosotros: sí; a todo le decíamos que sí. ¿Cómo negarse si apenas llegaba la maestra, se sentaba arriba de la mesa y cruzaba sus largas piernas para leer relatos eróticos que estimulaban hasta a la más cartucha del curso?

La respuesta no fue otra que matarnos de la risa. “Pero profe, ¿qué tiene que ver?”, preguntamos desconcertados. “La maestra soy yo y yo decido cómo hacer la clase”, dijo cortándonos en seco, en medio de la densa nube de humo de cigarrillo que siempre la rodeaba.

A la semana siguiente, todos estábamos capacitados para tender un chal en la plaza y predecir el futuro de quien cogiera una carta con la mano izquierda del mazo. Cada uno tuvo que exponer su arcano ante ella. Estaba “chocha” al ver cómo le seguíamos la corriente sin saber para qué fin. Igual que la vez que nos hizo leer el libro de AndreJouffe “Yo amo a Pamela Jiles”, como primer control de lectura.

“En la vida hay dos cosas que mueven al ser humano: el amor y el poder”, le dijo Pamela a sus alumnos de Periodismo de Actualidad en la misma casa de estudios. A renglón seguido les dio a elegir entre estos dos grandes temas, cuál discutirían.

“Los hombres, que éramos sólo tres, elegimos el poder, y las minas, que eran 18, se fueron en la volada del amor. Al final, a la Jiles le gustó más el tema del amor, porque de pasadita le permitía sacar a colación el sexo”, recuerda Enrique Corveto, “Kike”, quien sudó la gota gorda cuando Pamela reconoció que el sexo y el poder eran su motor en la vida.

Con la maestra electrizada, los alumnos entraron en tierra derecha leyendo el libro “Opus pistorum”, de Henry Miller, de fuerte contenido erótico y que en su época provocó toda suerte de especulaciones y escándalos.

Luego de este barniz “open minded” vino la primera patita. “Escriban la mejor historia erótica que jamás en la vida hayan escrito”, fue la instrucción de la profesora. “Mientras más fuerte, mejor”. Era difícil asombrar a la Jiles. Aunque Claudio, el chico retraído y callado del curso, lo logró con su historia “Tres no son multitud”, un relato donde un estudiante hacía un trío con su polola –una estudiante de colegio de monjas– y su profesora. Ante tan lujuriosa escena, Jiles aplaudió: “Es muy bueno el texto, es un lenguaje inocente, muy sureño, pero fantástico. Eres un gran valor”, le dijo a Claudio, para terminar preguntándole: “¿Te calentó o no te calentó?”.

Pasaron los meses y las clases se tornaron un quilombo. La maestra tenía a toda la universidad revolucionada. El vaivén de sus caderas al caminar por los pasillos era irresistible. Dejaba a cualquier californiano con tortícolis. Incluso al Kike, quien una vez llegó cocido a la “U” y no entró a clases. “Me pillé con la Jiles en el pasillo y me preguntó por qué no había ido a clases. Le dije que andaba ‘malito', y echando la talla me tiré al dulce y la invité a salir para que conversáramos. Ella no me dio bola. Pero al final del semestre se me acercó y me dijo al oído que si se lo hubiese pedido gentilmente habría aceptado. Quedé enfermo”.

Éramos unos privilegiados, pero no sé hasta qué punto. Si bien nos creíamos la raja por tener una escultura viviente frente a la pizarra, no aprendíamos mucho de TV. En clase solíamos apagar las luces, y arrimados a la tenue luz de la vela roja que siempre traía Pamela, cantábamos canciones sin sentido, compartíamos experiencias y bailábamos.

Pero si hablamos de desafíos, el Kike da cancha, tiro y lado. En su curso tuvieron que escribir reportajes de la sexualidad del pueblo mapuche. A Kike le tocó investigar sobre el tamaño del pene de los mapuches. “La Jiles decía que eran bien dotados y que Caupolicán tenía un tronco más o menos. Tuve que conversar con urólogos para que me orientaran y, por supuesto, entrevistar a mapuches que se cagaron de la risa y me huevearon”, dice. Entretanto, llegó el día “D” para el curso de programas televisivos. Teníamos lista la puesta en escena de lo que serían nuestros shows de TV de fin de semestre. Nos dividimos en dos grupos: el primero presentó un programa de política, en el contexto de las elecciones municipales del año 2004, una lata; y el otro bando, seducido por el lado oscuro de la fuerza de Jiles, dio vida a “Sexo en el baño”, una apuesta en que el set era un baño con sus respectivos retretes, en que los panelistas se sentaban y conversaban de sexo. Todo un deleite para la Jiles, quien –consultada sobre la forma más indicada para cerrar el programa político– dijo: “No me interesa cómo lo hagan. Si quieren pueden terminar arriba de la mesa con la pichula en la mano, pero debe ser un final espectacular”, mientras hacía el gesto técnico con su delicada mano.

Fin de semestre, nadie se enoja. Las asperezas y conflictos ya se habían limado. Era tiempo de ir a la guerra. La misma Pamela nos lo propuso. “Vamos a hacer una actividad de lo que significa ser soldado por un día en el Regimiento de Temuco”, nos informó.

Con ropa de batalla y listos para la acción, estuvimos todo un día marche que marche, fúsil al hombro, y en punta y codo, compartiendo con los pelados.

El propósito, esta vez, sí era de nuestro entendimiento. Según la maestra, el periodismo y la disciplina militar –de la cual es devota– se rigen por el mismo principio de conducta y disciplina para sobrellevar las tareas con éxito. Y nosotros, aspirantes a periodistas, debíamos comprobarlo in situ.

Para algunos de nosotros, era la oportunidad de medirnos cuerpo a cuerpo con la Jiles en batalla, en lo que habría sido el sueño del pibe, pero Pamela nos vendió la mula de que ella había hecho el ejercicio antes y que no lo haría otra vez. Pero lo “freak” no podía estar ausente. Mientras marchábamos uniformados, sin romper filas, apareció un “piño” de reporteros gráficos y periodistas que asediaban a lo lejos a una figura con traje de batalla.

¡Sorpresa! Era la guerrera, nuestra generala, que realizaba maromas a lo Rambo, con el fúsil bien agarrado a dos manos, mientras posaba para los medios, en especial para “LUN”, que le dedicó una portada donde Pamela decía que soñaba con despertar un día y que 100 hombres se cuadrarán delante de ella.

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