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Intervenciones ante el Sínodo en la tarde del jueves, séptima ......

admin @ Fri, 2005-10-07 22:00

CIUDAD DEL VATICANO, viernes, 7 octubre 2005 (ZENIT.org ).- Publicamos el resumen que ha distribuido la Secretaría del Sínodo de los Obispos de las intervenciones de los padres sinodales que tomaron la palabra en la mañana del jueves, durante la sexta congregación general de la asamblea.

El punto de partida de mi intervención es el tema mismo de esta XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de Obispos «La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia», tema que parece orientarnos a una profundización de los aspectos pastorales, espirituales y eclesiológicos de la Eucaristía.

Me referiré sólo a los aspectos pastorales y eclesiológicos del sacerdote en cuanto ministro autorizado para celebrar la Eucaristía.

Por lo tanto, partiendo del presupuesto de la Eucaristía “fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia” y considerando que los actuales datos estadísticos nos confirman la existencia de una gran escasez de sacerdotes en el mundo, me parece natural preguntar hasta qué punto una comunidad eclesial privada del Sacramento de la Eucaristía puede alcanzar ese dinamismo de vida que le permita transformarse en una comunidad misionera, capaz de llevar a cabo con alegría el proyecto misionero que el Señor Jesús mismo nos ha confiado «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20).

En otras palabras, ¿cómo pueden los miembros de una comunidad eclesial que vive sin la Eucaristía, alcanzar la perfección de la vida cristiana, es decir, ese estado de santidad que se obtiene de la comunión con el Señor y que luego hace que se conviertan, mediante su participación en la obra salvífica de Cristo, en luz del mundo y sal de la tierra (Mt 5, 13-16)?

Por eso hay que insistir en la justa redistribución de los sacerdotes en el mundo, como tantas veces han pedido los Padres sinodales, y es urgente y necesario que se proponga de nuevo a toda la Iglesia, y de manera especial a los sacerdotes, una “espiritualidad eucarística” distintiva de la gratuidad del sacrificio de Cristo que se dona como pan eucarístico para que todos podamos acceder a la vida nueva de la gracia.

Es bueno precisar los objetivos del Sínodo a la luz del tema fijado por Juan Pablo II y, luego, confirmado por Benedicto XVI, pero teniendo en cuenta el momento actual de la Iglesia y de sus necesidades pastoral es hoy más urgentes.

Se debe de partir para ello de la doctrina del Vaticano II sobre la Iglesia en su íntima y constitutiva relación con el Sacramento de la Eucaristía, iluminada recientemente por la Encíclica "Ecclesia de Eucharistia". El Vaticano II ha recogido en bellísima síntesis teológica los frutos doctrinales y pastorales de la renovación litúrgica, espiritual y apostólica que vivió la Iglesia en la primera mitad del siglo XX.

1. Por la vía de una renovación en clave pascual de la doctrina, la catequesis y la experiencia práctica del Sacramento de la Eucaristía, como aquel en el que se actualiza el sacrificio y oblación sacerdotal de Cristo, presente substancialmente bajo las especies eucarísticas.

2. A través de una pedagogía canónica y pastoral, cuidadosa y respetuosa de la comunión eclesial que elimina el subjetivismo y la arbitrariedad en las formas de la celebración y del culto eucarístico.

3. Y por el fomento de una espiritualidad eucarística basada en el hábito y en la experiencia de la adoración del Sacramento por excelencia, "el Sacramento del Amor de los Amores", alimento para la santificación de los fieles y fuerza para que puedan ser testigos activos del Evangelio en el mundo.

Unas breves palabras sobre la presencia de Nuestro Señor en la Eucaristía según la tradición, la liturgia y la devoción de los fieles Caldeos, miembros de la Iglesia de Oriente, denominada Iglesia Caldea que se desarrolló en el Imperio de Partho y de los Sasánidos más allá de la orilla del río Éufrates hasta China, Mongolia, Tibet y luego hasta la India.

Esta Iglesia, nacida en la Mesopotamia y en Persia, tuvo la gracia de recibir la primera predicación de los Apóstoles y de los primeros Discípulos de Cristo. Ya desde el siglo primero después de Pentecostés nos enseña la doctrina Eucarística confirmada hoy por la fe y la doctrina de la Iglesia Católica de Occidente.

La Iglesia Caldea de Oriente considera a Jesús en el Santísimo Sacramento realmente presente en la Eucaristía como “víctima por nuestros pecados” fuente de vida para los hombres, fuego que quema los pecados y purifica los corazones. Cita con frecuencia en sus libros litúrgicos la profecía de Isaías, que habla del “Siervo de Yahvé” que lleva sobre sí los pecados del mundo.

Jesús en la Eucaristía es la luz que ilumina el Camino que nos conduce a la vida Eterna y el Maestro que nos enseña. Él es nuestra fuerza y nuestro consuelo en las dificultades y en las persecuciones; Él es el maná vivo que nos da la vida y nos sostiene.

Él es el alimento nutritivo del Banquete que el Padre Celestial ha preparado.

Jesús se dio a Su Esposa que es la Iglesia y la Iglesia nos lo ha ofrecido a través de los Sacerdotes.

La Iglesia Caldea nutre una gran devoción en la Eucaristía participando de las Solemnes procesiones con el Santísimo Sacramento.

Prepara a sus hijos para seguir la tradición de sus Padres y reza diciendo “Señor Misericordioso, el don de Ti a nosotros los mortales es grande: por el agua nos has revestido de Tu Espíritu, por el pan nos has hecho comer Tu Cuerpo y por Tu Sangre viviente nos has santificado, así nos has unido a los Bienes Espirituales y desde la tierra nos elevas al Cielo. Amén.

Este Sínodo sobre la Eucaristía tiene dos objetivos. Queremos ante todo reflexionar y profundizar en nuestros conocimientos sobre las riquezas del misterio de la Eucaristía y su liturgia, para amarla aún más y celebrarla mejor. El segundo objetivo de este sínodo es el de trabajar para que todas estas riquezas lleguen a arraigar en una cultura posmoderna que es, bajo ciertos aspectos y a primera vista, desfavorable a este arraigamiento.

Y sin embargo nuestra cultura está llena de paradojas. Bajo esta negatividad se esconde la tendencia opuesta: para el hombre contemporáneo la percepción de lo invisible es difícil. Y sin embargo existe un verdadero interés por todo lo que se encuentra más alla del horizonte, más allá de lo sensible, de lo racional, de la eficacia y la productividad; el hombre contemporáneo es sobre todo un hombre de acción, pero en este hombre se esconde también una inmensa sed de gratuidad, del don; no le gusta el rito a causa de su repetitividad y monotonía, pero él siempre está inventando sus propios ritos; la escatología cristiana parece olvidada e incluso engañosa, pero no ha existido nunca tanta sed de un mundo mejor ni tanta necesidad de esperanza: e incluso si el simbolismo de la liturgia eucarística no se percibe o aprecia bien, no se puede decir que nuestra cultura esté ciega ante los símbolos, inventa nuevos todos los días; es cierto que el hombre contemporáneo está llevado a la manipulación y a la posesión, pero también es de una generosidad oblativa casi ilimitada (tsunami); el hombre contemporáneo quiere moverse y nuestras liturgias se han vuelto con frecuencia muy activas, incluso activistas. Pero nos olvidamos de que en muchos de nuestros contemporáneos existe una auténtica sed de silencio. Tal vez hemos entendido mal el sentido de la actuosa participatio que implica también el silencio ante el misterio. Todos estos elementos de nuestra cultura llevan en sí las semillas para una evangelización de nuestra cultura, y la mejor evangelización es precisamente la celebración de la liturgia. Ella es la primera evangelizadora.

No es necesario decir que la secularización está destruyendo la fe de los católicos como así también la de otras personas en Tailandia.

La gente es menos religiosa. Está desesperadamente en busca de nuevos dioses que, piensa, podrían ayudarla a sentirse más felices en la vida. La Iglesia en Tailandia debería ayudar a los fieles a examinar su fe en Dios y especialmente en Cristo presente en la Eucaristía.

La formación de la fe en la Eucaristía es un tema urgente que debe ser afrontado con diligencia. Como ha sido demostrado claramente, la devoción católica por la Eucaristía es, hasta el momento, más bien débil, en especial entre los niños y los jóvenes. Por consiguiente se hace extremadamente urgente la necesidad de iniciar una formación sistemática y permanente sobre la fe en la Eucaristía, finalizada, ante todo, a crear la toma de conciencia de la sacralidad de la Eucaristía con la presencia real de Jesucristo. Existen también otros factores que indican que la devoción por la Eucaristía no es aún sentida de manera muy profunda. Muchos católicos consideran que recibir la comunión es una mera práctica social y así también se acercan al Sacramento sin una adecuada preparación. Al mismo tiempo, es igualmente importante una formación relativa al Sacramento de la Reconciliación. Esto sirve para ayudar a los fieles a recibir la Santa Comunión de la debida manera a través del Sacramento de la Reconciliación. Los fieles deben ser instruidos clara y repetidamente sobre el hecho que su vida es un camino hacia el Padre y, por lo tanto, debe ser alimentada por el Pan de la Vida, Jesucristo, el Emanuel, y listo para guiar a cada uno hacia la vida eterna.

Desde el momento en que los fieles forman parte del Cuerpo místico de Cristo que es la cabeza, su participación en la Celebración Eucarística debe ser activa. Deberían ser alentados por los sacerdotes de sus parroquias para formar comités litúrgicos para una preparación cuidadosa y llena de significado para las asambleas.

Para realizar el objetivo de la formulación de la fe en la Eucaristía, de la promoción de una participación sentida de la Santa Misa y para hacer que el domingo, día de la celebración eucarística, se convierta en cultura de vida para los fieles, la Conferencia Episcopal de Tailandia nombrará un comité ad hoc, formado por la Comisión para la Liturgia y la Comisión Consultiva Teológica, para acelerar la realización de tal programa hasta cuando, en el lapso de cinco años, sea alcanzado el objetivo gracias al uso de todo medio de comunicación.

Mi comentario hace referencia al n°. 37 del Instrumentum Laboris que trata del “sacrificio, memorial y convivio".

l. La dimensión sacrifical de la Eucaristía está en el centro del misterio eucarístico: "la muerte y resurrección de Jesús". El Sacrificio de Nuestro Señor proyecta una gran luz sobre el significado del sufrimiento humano y de toda la vida de los cristianos y nos permite comprender por qué los cristianos en gracia de Dios, una vez perdonados, siguen sufriendo en este mundo, en medio de las tribulaciones y sin ser librados de ellas.

Pero el Señor Jesús quiso asociar su Iglesia a su ofrenda de amor: "Haced esto en recuerdo mío". Así, la Iglesia, la comunidad de los fieles, es convocada por Jesús para vivir la "forma eucarística", para ofrecer con Él, por Él y en Él la propia vida por la salvación del mundo.

Él dio su vida por nosotros y también nosotros debemos dar la vida por los hermanos (1 Jn 3, 16).

El sacerdote en el altar se une a la ofrenda del Señor haciendo suyas las palabras y los sentimientos de Jesús, palabras de compromiso de su vida con Jesús, "pro mundi vita".

Los fieles están llamados a unir sus vidas "en Cristo" y a participar de su sacrificio de amor.

"Mira, o Padre, a esta familia tuya que se une a Ti en el único sacrificio de tu Cristo (Oración Eucarística RIC I). De este modo, en la Eucaristía se realizan las enseñanzas del apóstol Pablo: "Os exhorto, pues, hermanos, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual" (Rm 12,1).

3. El sentido de toda la vida cristiana es la unión con Cristo que se ofrece al Padre por la vida de la humanidad. Ésta es la"forma eucarística". Ésta es la belleza de la ofrenda cotidiana que enseña "el Apostolado de la Oración", que invita a los fieles a asumir la "forma eucarística", al unir sus vidas a María, al corazón de Cristo que se ofrece por la humanidad.

4. El discípulo de Jesús sigue siendo, en este mundo, injusto y violento, en medio de las tribulaciones, para reparar sus pecados personales, pero también para vivir la "forma eucarística", para hacer del bien a los demás, para dar frutos de salvación, para ser sal, luz y fermento en el mundo.

5. La misión de los discípulos de Cristo es vivir en la gracia de Dios y permanecer en medio de las tribulaciones de este mundo, donde existen el odio y las divisiones, asumiendo la "forma eucarística" del ofrecimiento de la propia vida por amor, completando “lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en mi carne, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1,24).

La Eucaristía no sólo nos da la fuerza para afrontar con coraje y amor las tribulaciones, sino que nos da luz para comprender el porqué de nuestros sufrimientos unidos a los de Jesús: es el amor que se sacrifica por el bien de los hermanos y por la vida del mundo.

Esto da una enorme paz al corazón, al descubrir el proyecto divino de salvación que une nuestras vidas y hace que los unos cooperen en la salvación de los otros.

6. Debemos, por tanto, penetrar en la belleza de la dimensión sacrifical de la Eucaristía e invitar al pueblo de Dios a asumir la "forma eucarística" de vivir, valorizando el momento central de la epíclesis, cuando el Espíritu Santo nos reúne en un solo cuerpo y de la anáfora cuando, en la fuerza del Espíritu, la Iglesia ofrece la propia vida con Cristo, por Cristo y en Cristo al Padre.

El cristiano no pide ser liberado de las tribulaciones y sufrimientos que forman parte de su paso por el mundo, sino permanecer siempre unido a Cristo, en la Iglesia y ofrecer en paz la propia vida en la espera de su venida, en la plenitud del Reino.

1. Entre las diferentes dimensiones del sacramento de la Eucaristía en el Instrumentum laboris (n. 35) la de su relación con el Misterio Pascual está representada por su « «carácter central ».

2. Esta característica de la Eucaristía pertenece a su misma naturaleza, tal como la define el Catequismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda sacramental de su único sacrificio, en la Liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo” (n. 1362). Y en Ecclesia de Eucharistia se precisa: “De esta manera la Eucaristía aplica a los hombres de hoy la reconciliación obtenida de una vez por todas por Cristo para la humanidad de todos los tiempos” (n. 12).

3. La Iglesia debería profundizar ulteriormente en esta “mística” para que el pueblo de Dios sea llevado a experimentar en la verdad la comunión con Cristo que actualiza su sacrificio redentor.

“Mira con amor, oh Dios, la víctima que tú mismo has preparado para tu Iglesia; y a todos aquellos que comerán de este único pan y beberán de este único cáliz reunidos en un solo cuerpo por el Espíritu Santo, para que se convierta en ofrenda viva en Cristo, en honor de tu gloria” (Misal Romano, Oración Eucarística IV). Amén.

Nacida en el 301, la Iglesia armenia se encontró con que el Domingo ya había sido designado como “Día del Señor” por todas las otras iglesias. Se adecuó y desarrolló su propia tradición dominical de manera bella y rica. Los Padres de la Iglesia armenia condenaron severamente a los sacerdotes que no celebraban la Eucaristía o que no respetaban el descanso dominical. En la liturgia armenia, la celebración eucarística del domingo se desenvuelve de manera solemne y, como consecuencia, siempre es cantada. En los pueblos de Armenia y de Georgia, lejanos de la secularización de las grandes ciudades, he visto a nuestros fieles celebrar el domingo como un día de fiesta y de gran alegría, con la participación activa de toda la asamblea a la Liturgia Eucarística. La fiesta de la Pascua es la fecha central en el calendario litúrgico, de este modo, todos los domingos del año de adecuan a la fecha de la Pascua que es variable. También las grandes fiestas se transfieren al domingo. La Transfiguración es entonces celebrada el 14º Domingo después de Pascua, la Asunción, el domingo más cercano al 15 de agosto y la Exaltación de la Santa Cruz el domingo más cercano al 14 de septiembre. Por el mismo motivo, ninguna conmemoración de los santos es celebrada el domingo, día consagrado a la resurrección del Señor. Otra característica de los domingos en la liturgia armenia: cuatro domingos del año sobre las cinco fiestas llamadas de los Tabernáculos, gozan de una veneración especial: la Pascua, la Transfiguración, la Asunción de María, la Exaltación de la Cruz; la quinta fiesta que es la Epifanía es llamada Teofanía. Son precedidos por un período de ayuno y al día siguiente tiene lugar la conmemoración de los difuntos. Uno de los Padres de la Iglesia armenia exhorta a los fieles de esta manera:”Celebrad el domingo con vuestras buenas obras, porque el domingo es el día de la Resurrección y de la libertad”.

En la Eucaristía, el sacrificio del Señor es ofrecido por el mundo entero. Por tanto, incluye a quienes pertenecen a otras religiones. Es bueno explicitar esto cada vez por medio de la homilía, a través de oraciones especiales o incluso con una Misa especial que se podría añadir al Misal romano. Cuando fieles de otras religiones están presentes en la Eucaristía, se debería prestar una atención especial hacia ellos a fin de que puedan asistir con provecho. La adoración eucarística es también un tiempo para rezar por los fieles de otras religiones.

En cada circunstancia de este mundo, nuestra mejor reacción es la de confiar nuestras vidas con todo el corazón a Cristo a través de la oración y la penitencia. Se debería rezar, sobre todo, en presencia del mismo Jesús - en el Santísimo Sacramento.

Éste es el fundamento del movimiento mundial para la Adoración Eucarística Perpetua.

El Papa Pablo dijo haber escrito la encíclica Mysterium Fidei “a fin de que la esperanza suscitada por el Concilio, de una nueva luz de piedad eucarística que envuelve a toda la Iglesia, no sea frustrada” (13). Exhortó a los pastores y obispos a promover “incesantemente” la devoción al Santísimo Sacramento.

El Papa Juan Pablo II, en su carta “Sobre el Misterio y el Culto de la Eucaristía” (1980) escribió: “La Iglesia y el mundo tienen gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor”. En la oración durante la inauguración de la Capilla Perpetua en San Pedro - en el Vaticano - el Papa rezó para que todas las parroquias del mundo tengan la adoración perpetua.

Su Santidad Benedicto XVI ha afirmado con mucha claridad: “Imploremos al Señor que despierte en nosotros la alegría en Su presencia y podamos adorarle una vez más. Sin adoración, no hay transformación del mundo”.

Cuando le preguntaron: “Qué es lo que salvará el mundo?” Madre Teresa respondió: “Mi respuesta es la oración. Necesitamos que cada parroquia se ponga ante el Señor Jesús en el Santísimo Sacramento en santas horas de oración”.

Más de 2.500 parroquias en el mundo tienen ahora la Adoración Eucarística Perpetua. Cerca de 500 en Filipinas, en Estados Unidos las capillas para la adoración perpetua son cerca de 1.100, en Irlanda alrededor de 150, en Corea del Sur cerca de 70 aun menos en India, en Sri Lanka y en Myanmar.

Santo Padre, si se pudieran instituir capillas de adoración perpetuaen todas las diócesis del mundo y en todas las parroquias posibles, ¡qué magnifíco resultato sería para el Año Eucarístico!.

"Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: "Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos” (Ap 5, 13).

En verdad, hasta que la Iglesia no grite fuerte que Jesús en el Santísimo Sacramento tiene que ser objeto de adoración perpetua por todo lo que ha hecho por nuestra salvación, seguirá siendo derrotada por sus enemigos.

Creo que la mejor manera, la más segura y la más eficaz, de establecer la PAZ eternamente sobre la tierra es la de recurrir al gran poder de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento.

Partiendo de la centralidad de la Eucaristía en la vida cristiana, en paralelo con la centralidad del Misterio pascual, quisiera recordar la íntima relación existente entre la Eucaristía y el año litúrgico, cuyo núcleo y fundamento es precisamente el domingo (cf. SC 106). El año litúrgico es el "sagrado recuerdo en días determinados a través del año", especialmente los domingos, que la Iglesia va haciendo para "conmemorar así los misterios de la Redención, y abrir las riquezas del poder santificador y de los méritos de su Señor... " (SC 102). Este despliegue o desarrollo "de todo el misterio de Cristo" lo hace la Iglesia sirviéndose ante todo del Leccionario dominical y festivo de la Palabra de Dios. De este modo el Señor resucitado es siempre contenido obligado del domingo y aun de cualquier fiesta.

Después de la proclamación de la Palabra, la totalidad del misterio de Cristo es celebrado en su integridad esencial por la plegaria eucarística, actualizándose sacramentalmente bajo la acción del Espíritu Santo. La Eucaristía es una piedra preciosa engarzada en el anillo del Año litúrgico.

1. Evitar el traslado de fiestas de santos u otras conmemoraciones de menor categoría al domingo. 2. Procurar que las Jornadas eclesiales en domingo no oscurezcan el día del Señor 3. Homilía mistagógica, porque el Leccionario dominical y festivo permite suficientemente tocar todos los aspectos de la doctrina de la fe y los principios de la vida cristiana. Y 4. En la enseñanza de la liturgia se ha de insistir en esta íntima relación de la Eucaristía con el año litúrgico.

Deberíamos ver la Eucaristía no como algo creado por nosotros, sino como el misterio de fe en el cual encontramos a Cristo Resucitado, del cual esperamos la venida gloriosa, y como un don divino que nos consiente el acceso a la corte del cielo (Reino). Este modo de considerar la Eucaristía se encuentra en los primeros tiempos de la Iglesia, en el Apocalipsis, consecuencia ella misma de la celebración eucarística, y que nos introduce en su significado.

Los cristianos del Apocalipsis se encontraron frente a desafíos mayores que los actuales, pero se ubicaron en el contexto de una visión sobrenatural. Debemos considerar cada celebración de la Eucaristía como una puerta hacia aquel mundo de gloria, que nos permite, en calidad de discípulos, situar nuestras luchas dentro del contexto vital de la victoria del Señor Resucitado. El don de la perspectiva apocalíptica que Dios nos ofrece en cada celebración eucarística, nos permite evaluar con mayor claridad los problemas morales que afrontamos en nuestro viaje cotidiano.

Para vivir como cristianos auténticos, nos hace falta también un sentido apocalíptico de urgencia. Si nos damos cuenta de que vamos corriendo hacia el encuentro con Cristo, seremos también capaces de evaluar las necesidades de este nuestro mundo transitorio y de vivir con plenitud cada breve momento. Es sobre todo en la Eucaristía donde adquirimos el conocimiento de la venida del Señor, y esto debería infundirnos un sentido de urgencia salvífica. De este modo, al final de la celebración, estaremos impulsados a llevar nuestra vida en sintonía con el Señor a Quien hemos encontrado.

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