admin @ Sat, 2006-02-18 13:00
Cuando recibió Octavio Paz su premio Nobel de literatura, el mundo estaba perplejo. Acababa de caer el muro de Berlín y, entre el estrépito del derribo del antiguo imperio soviético, se nos anunciaba nada menos que el fin de la Historia. Comenzábamos a creer que el siglo XX no había sido otra cosa que una grande y dilatada oportunidad perdida para todos nosotros. Nuestras bibliotecas, repletas de ensayos existencialistas y marxistas, se habían vuelto obsoletas en muy poco tiempo, frente al asalto desconsiderado del postmodernismo y el pensamiento débil, y nos habíamos quedado, prácticamente, sin respuestas. Pero el que éstas hubieran sido equivocadas, dijo en su discurso de Estocolmo el laureado poeta mexicano, no significaba que lo estuvieran también las preguntas. No lo estaban.
Desde Sócrates, por lo menos, hacer bien las preguntas ha sido el reto fundamental de cuantos se han interesado por la realidad de su entorno. Probablemente porque respuestas hay muchas posibles, quizás todas ellas acertadas y equivocadas a un tiempo, ya que sabemos que la verdad no es única, ni ha sido revelada a la Humanidad por instancia alguna. Da lo mismo ser juez, policía, periodista o filósofo: lo importante es interrogarse adecuadamente, porque en ese mismo cuestionamiento, en esa actitud de búsqueda y elección permanente, reside gran parte del secreto de nuestra racionalidad.
Hacer bien las preguntas es precisamente lo que ha conseguido, desde hace varios años ya, Karmentxu Marín en sus entrevistas domingueras de El País, algunas de la cuales se recogen, con acierto indudable, en esta edición. Políticos, artistas, científicos, escritores, empresarios, intelectuales, y también gente del común, han pasado por sus fauces, destinadas a triturar timideces, devorar vergüenzas, indagar secretos y descubrir candores. La tradición socrática indica que la entrevista no es sólo un género del periodismo, sino de la literatura en general, y la mayéutica ocupa su lugar de privilegio en la historia de la filosofía. Este método de razonamiento hace que las cuestiones planteadas se dirijan sutilmente a un fin, preconcebido o no, pero en todo caso preexistente. Quienes responden piensan hacerlo movidos por su espontaneidad pero, como en cualquier buena novela policiaca, están siendo dirigidos por sus hábiles interrogadores hacia donde estos quieren recalar. No estoy sugiriendo que Karmentxu pretenda, bajo ningún tipo de tortura, hacer decir a sus entrevistados lo que no quieren. Pero sí que tira de ellos, dialécticamente, hacia donde conviene que estén, para lograr que, por fin, confiesen lo que tantas veces han estado deseosos de decir, pero el temor humano, o incluso el divino, se lo habían impedido.
Las téncnicas de la entrevista periodística son muy variadas. Hay quien las recoge en magnetófono, quien toma simplemente notas, y hasta quien trata de memorizar las frases textuales, sin provocar la desconfianza del que está enfrente a base de obtener pruebas documentales de ese género. Lo más frecuente es que se utilicen todos esos métodos de modo aleatorio e intuitivo, e ignoro finalmente cuál es el elegido por la autora de este libro. Lo que resulta evidente es que conoce bien la condición humana, y la emplea hábilmente como instrumento de trabajo. La explotación de la vanidad ajena es uno de los trucos más conocidos, pero también más difíciles de utilizar, a la hora de convencer a alguien para que se ponga delante de una cámara, una cinta magnetofónica o un bolígrafo. Muchas veces es esa vanidad, y no el dinero, lo que corrompe a los poderosos, y en ocasiones pienso que es también una forma de corrupción desnudarse ante el público para contar cosas como que “mis defectos están de cintura para abajo” (Julio Iglesias), cuando todo el mundo creía que en eso residían, precisamente, sus virtudes, o que “¡manda huevos!” es el lema de mi pontificado (Federico Trillo), lo que desvela las verdaderas ambiciones de poder terrenal de este miembro del Opus Dei. Aunque nada parece comparable al reconocimiento por José Piqué de que “muchas veces se comenta” su capacidad de seducción y de que todas las mujeres le erotizan, Ana Botella incluida.
Naturalmente que muchas de estas irreverencias con uno mismo no se llegarían a perpetrar si no fuera por la habilidad extrema de Karmentxu para convencer a sus interlocutores de que son sus amigos de toda la vida. A los hombres, por lo general, les gusta mucho más confesarse con una moza inteligente que con un cura con el aliento oliendo a ajo, y a las mozas les encanta la complicidad feminista-leninista que Karmentxu es capaz de insinuar. La vanidad consiste en saber que eres mirado y escuchado por alguien que te quiere de alguna de las muchas formas con las que el amor humano se expresa. Es indudable que los personajes de este libro se sienten queridos por Karmentxu Marín, por lo que no les ofende lo que, en otro contexto, serían consideradas impertinencias, mientras que ella demuestra una especial ternura por sus entrevistados, incluso cuando les muerde en la yugular, y éstos sucumben seducidos por su verbo, el desparpajo de sus observaciones y el aparente asombro que despliega ante el estupor que ellos transmiten. Digo esto porque yo mismo he sido muchas veces interpelado por Karmentxu, con la que vengo trabajando casi desde que ella empezó en este oficio, antes de que la ché desapareciera del diccionario y de tantos apellidos vascos. […] De modo que me cuento entre los cientos de miles de lectores del periódico que dudan a la hora de analizar tal o cual artículo, pero se zambullen sin pensarlo dos veces en el agua —no siempre templada— de esas entrevistas que nos descubren el lado cohibido de las gentes, su pequeñas manías, sus ensueños, su larvado exhibicionismo. Al final acaban todos como mariposas ensartadas en la pared, desplegando sus coloridas alas, destinadas a la contemplación de los curiosos en un rictus de pasmo y alegría que recuerda la estética de las drag-queens.
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