admin @ Wed, 2006-02-22 22:01
Llueve, pero su sonrisa corre las cortinas de agua y en la elocuencia de sus ojos puede verse el verde Angra con el brillo del sol que está haciendo falta. Se acerca, se sienta frente al mar en la bahía y así se hace evidente el poder de la Naturaleza en la sabia compensación del clima y su presencia. Reticente por pudor pero dispuesta, Andrea Frigerio (44) se desviste de las ropas de escena y, pregunta a pregunta, aparece íntima: la mujer, lo que queda de la actriz.
Su frágil apariencia no da crédito a la fortaleza que Andrea necesita para haber grabado diez horas diarias durante dos años consecutivos, subirse a las tablas marplatenses con la obra “Taxi” cada noche, ser madre de familia, amante, hija y soñadora. “El secreto está en la organización, que me permite hacer todo y saber retirarme a tiempo y sin stress. Así le sacó el jugo al día –asegura–. Hace mucho que el tiempo es escaso en mi vida, pero soy tan feliz que el trabajo nunca es suficiente cuando se experimenta placer.
—Cuando se trata de mi vida personal no hay tiempos si estoy con mi familia. La ansiedad es el mal de la época. Hace algún tiempo que lo he descubierto y le doy batalla, aunque a veces pierdo.
—Al darme cuenta de que yo tenía el poder de deshacerme de aquellas cosas que generan ansiedad: consumir cafeína, ver noticieros y leer los diarios. Por otro lado empecé a practicar yoga. Lograr un orden interno elimina el apuro y reestablece el equilibrio. Es un buen círculo vicioso.
Precisamente ha sido el yoga lo que ha ayudado a que Frigerio sea una mujer reflexiva, con una concepción evolucionada del tiempo.“He aprendido a respirar, volver a mí y tomar las riendas del alma que siempre tiende a disparar. Cuando me siento atrapada entre muchos compromisos, horarios y apuros enseguida trato de regresar a mi eje”, relata.
—He aprendido a mirar con claridad, la claridad que da la madurez. El tiempo es el mejor maestro de cada uno de nosotros. Enseña a valorar todo aquello que quizás en otro momento hemos pasado por alto, permite cultivar los valores de las cosas esenciales. Aprendí a vivir con alegría, a disfrutar de mis afectos y defender mi armonía.
—Si siento que algo no está bien o es agresivo, meto a los que quiero adentro, cierro las puertas y ordeno.
Cuando se está frente a una mujer como Andrea, tanta belleza lleva consigo la tácita suposición de la perpetuidad de sus atributos. Pero, a veces, la vanidad gasta una mala jugada. “No es mi caso, –asegura–, hace rato que he perdido el miedo a la mirada ajena, y creo que la madurez cambió mi perspectiva con respecto a la belleza”.
—Estoy convencida de que nunca me haré una cirugía estética. Es un tema recurrente entre mis amigas, y todas estamos en la misma sintonía. Me encanta cuidarme porque trabajo con mi imagen, pero no quiero alterar el curso de la naturaleza. Cuando eso ocurre, la belleza se esfuma. No hay que intentar ganarle a la naturaleza, finalmente siempre triunfa.
—No me gusta mirarme al espejo, pero me gusta lo que devuelve.
—Que tengo una mirada que no es nada tímida para decir lo que siento, es la vía por donde brotan mis emociones. Cuando miro mis ojos puedo encontrar muchas cosas. En ellos reconozco a mi abuela, a mis padres, a mis hermanas.
—Sí, claro. Pero es un arma con poder limitado, sólo marca la largada.
—En lo natural, la belleza tiene que ver con la naturalidad. Al menos no la encuentro en lo producido. Lo que me atrae de las personas, en especial de las mujeres, no tiene que ver con la belleza física.
Durante la noche del día anterior, Andrea y sus ojos se emocionaron al recordar las aventuras de su abuela que, como tantos otros inmigrantes, se subió a un barco sin certezas alguna tarde en Marsella. Una bienvenida con lluvia, manjares y tertulias en la isla de CARAS. Habló de sus orígenes, de un hogar de cuatro hermanas decididas y de una fuerte madre maestra capaz de cruzar el mundo a dedo para dar clases en las escuelas rurales.
—En este mundo para ser mujer hay que ser valiente. No puedo entender que a alguien se le haya ocurrido el rótulo semejante de “sexo débil”. No soy feminista, adoro a los hombres y nada me gusta más que sentirme amada y protegida, pero eso no quiere decir que no sea valiente. Crecí rodeada de ejemplos más que válidos de fortaleza femenina. Me emocionan las mujeres con pasión y carácter. Me cuesta aceptar a aquellas que se sujetan a alguien para crecer, las cómodas, las que no se juegan.
—En los dos partos. Quienes lo han vivido sabrán que es una gran prueba de valentía por hecho y por su significado. En retrospectiva no deja de asombrarme todo lo que he conseguido. Pero creo que el tiempo por lo general asombra. Tal vez dentro de algunos años mire este momento de mi vida y me asombre la capacidad de haber hecho tanto y sin desarmarme.
—Le temo a la muerte por injusta. No a la mía, sino a la de los demás. Aún no entiendo por qué ya no están mis abuelos.
La estilizada figura de una niña poderosamente rubia deambula por detrás y el sonido de su voz distrae la atención. Josefina Bocchino (8), hija de Andrea y Lucas Bocchino (39), juega con las ardillas y los papagallos de la isla y regala tickets de un viaje hacia la niñez de Andrea. “A medida que crece, me reconozco cada vez más en ella, –dice mamá–, cada uno de sus gustos, cada uno de sus movimientos me descubre”.
—¿De qué forma le gustaría trascender desde sus hijos?
—No tengo un manual de educación y siempre he creído que el mejor modo de hacerlo es a través del ejemplo. Pero me ocupa transmitirles el valor del respeto y la alegría.
Desde pequeños, Tomás Frigerio (23) y Fini, como llaman a Josefina, saben que su madre estará siempre, pase lo que pasare. “Todo el tiempo les recuerdo que mi amor es incondicional, y sé que lo reciben. Yo soy en ellos y ellos son en mí, –relata Andrea–. “Tengo una fuerte comunicación con cada uno, pero en especial con Tomás, –continúa–, creo que compartimos la misma esencia”.
La libertad de acción es uno de los valores más cultivados por Andrea en la huerta familiar. “Nunca he hecho lo que no me ha gustado e invito a mis hijos a hacer lo mismo”, confiesa.
—Por ejemplo, contra la universidad y mi supuesta carrera de bióloga. Siempre logro lo que quiero y estoy segura que, de haberlo querido de corazón, hoy sería científica.
“Tanto a Lucas como a mis hijos los aliento sólo a hacer lo que les dé placer, –comenta Frigerio–, les pregunto a cada paso que dan si es eso lo que realmente los hace felices. A veces las cosas en las que uno se embarca por inercia resultan ser como zapatos que aprietan, no hay que usarlos más”. Así, un día colgó los zapatos de obediente joven estudiante y la mayor de las cuatro hermanas se presentó en un casting, en dos y en varios más hasta que dio con la fortuna de ser elegida. Después de medio día de salón de belleza llegó a lo que sería su primer trabajo como modelo. Ni el perfune ni el peinado hicieron falta. Se solicitaba una modelo de manos. Y entonces fue su índice derecho el que alcanzó la inmortalidad en la pantalla apretando pañales en una publicidad que hablaba de superabsorción.
—Puedo sintetizar la respuesta con un solo recuerdo: el reto de mis padres por intentar pedir un autógrafo a dos famosos en una confitería. No te acerques a esa gente, dijeron.
—Mamá es mi fan número uno. Hablamos todos los días y me cuenta con detalle todo lo que le gustó y aquello que no. Aunque todo lo que haga por más patético que sea siempre será lo mejor. A papá le costó un poco pero terminó de aceptarlo cuando se dio cuenta de que no se trataba de un descarte sino que su hija sentía pasión por su carrera y era feliz. Los amo profundamente y estoy muy pendiente de ellos, en especial de mamá, quien se está recuperando de una enfermedad.
Lucas se acerca al sofá con una porción de cheescake, y Andrea le agradece con un beso.
—Provoco todo el tiempo que los demás se enteren de que estoy presente siempre incondicionalmente, y no hablo sólo del amor de un hombre. Cuando mamá estaba enferma yo solía tomar su mano con fuerza y ella cuenta que podía sentir esa energía. Si me entrego siento que los demás pueden venir conmigo a ciegas al borde de un precipicio y sentir plena confianza. Si me comprometo es para siempre.
—Lucas me enseñó mucho como pareja y compañero. Trajo a mi vida la estabilidad emocional que me hacía falta. Vivimos juntos una pasión desbordada con el sabor adicional de la amistad. Además de convertirme, como él, en maniática de la limpieza y el orden (bromea). Otra de las cualidades que adquirí con el tiempo.
Catorce años han pasado desde que Andrea y Lucas cruzaron sus vidas. Durante unas vacaciones en Xpuja, México, se casaron con el mar de testigo. A pesar de la legalidad del matrimonio y tan sólo por el hecho de reafirmar el amor, Bocchino ha propuesto un segundo matrimonio a su mujer. Volverán a dar el “sí” el 16 de marzo de 2006, en una ceremonia más que privada en una casa de Tortugas donde celebrarán la bendición de los mismos anillos de la boda anterior y firmarán ante una jueza de paz.
—¿Dónde radica la necesidad de duplicar el casamiento?
—No existe una necesidad, la propuesta nació de Lucas y de la forma más natural y espontánea. Pensábamos casarnos en diciembre pero la temporada teatral de Mar del Plata lo impidió. Regresaré a Buenos Aires cuatro días antes de la boda, pero no me preocupa. Y la fecha del 16 de marzo sigue en pie.
—Bastante más facil que las dos anteriores. Cuando me casé con el papá de Tomy fueron mis padres quienes determinaron cada detalle, hasta la decisión de una torta con cintitas que detesto. La segunda vez fue en México y sólo nos costó un trámite para validar la documentación. La noche anterior fuimos con Lulu, mi amiga y testigo, a comprar frutas y flores para armar un altar y el juez de paz nos casó a las 8 de la mañana y en la playa de la casa. Esos fueron los únicos preparativos.
—¿Hubo reclamos de quienes no pudieron estar presentes?
—Al regresar nuestros familiares nos felicitaron pero se sintieron algo decepcionados. Ahora es su revancha.
—Ellos son a nuestra forma y entienden la boda como una gran noche de celebración compartida entre buenos amigos y rica comida.
Mientras dure su estadía en la ciudad de Mar del Plata, Andrea asegura no tener en cuenta los preparativos, tanto es así que confiesa: “No tengo idea ni de cómo será el vestido que usaré esa noche, antes de viajar le pedí a Benito Fernández que me prepare algo porque confío ciegamente en su criterio. Benito también vestirá a Fini para esa noche”. Más allá de estar consciente de que aquello que vista lucirá perfecto sobre su figura, Frigerio se autodefine como una mujer nada complicada en este aspecto.
—La de sibarita. Ahora me permito relajarme, comer rico y dedicarme al placer que no tiene que ver necesariamente con el lujo sino con la calidad de las cosas: el aroma del césped, un día soleado, alguna playa. Siempre elegiré lo agreste antes que lo sofisticado, porque, como he dicho, encuentro la belleza en lo natural.
Desde su más tierna edad, Andrea ha recibido aliento para actuar. Sus amigos, familiares y hasta productores importantes han luchado contra su negación constante.“Soy caprichosa, –admite–, “no me creía ese rol y me negué. Fui cabeza dura hasta que los hechos me explotaron en la cara”. Así llegó la ficción y con ella tres años de trabajo sin frenos.
—¿El trabajo es un escape, una adicción o una necesidad?
—Cuanto más trabajo, más quiero trabajar. Muchas veces lo uso como herramienta para tapar o distraerme de temas complicados, pero cuando me doy cuenta de que puedo sacarle calidad, me involucro y lo disfruto. Lo que me pasó en 2005 es que no pude rechazar ninguna propuesta, todo me gustaba. Fue un año que pasó fugazmente, voló.
—El nuevo año vendrá con más calma, con deseos de viajar, de tomar tiempo para el yoga, de continuar mis estudios de danzas, canto y actuación. Todo lo que tiene que ver con el alimento espiritual. Será un año de incorporar y asimilar.
—A nivel laboral, tal vez actuar en cine antes que se me pase la frescura. Me gustaría contar una historia con temática de mujeres de mi edad y más en este momento de tanta reflexión femenina. Sueño un papel del estilo Filomena Marturano, historias simples de fuertes mujeres. A este país le sobran heroínas anónimas con vidas que merecen ser contadas.
—Dar con un director acorde con ese nivel de sensibilidad. Me han hablado mucho de Luis Ortega y su trabajo. En el fondo siempre que veía una película imaginaba que esa heroína era yo y podía sentir las emociones.
—¿Estaría dispuesta a entrar en el terreno del drama?
—Lucas siempre me dice que mi próxima estación es el drama y es por eso que me aconseja no distraer la atención en el entretenimiento, al que tiendo: baile, ritmo y diversión.
—No me gusta ponerlo en esos términos, pero desde hace algún tiempo está latente el deseo de tener otro hijo. Cada mañana pienso en eso pero, no logro decidirme y no sé porqué. Creo que soy muy buena mamá, pero quizá me detenga el miedo a pasar por un parto complicado como fue el de Fini. Tengo algo muy especial con los embarazos propios y ajenos. Poseo la capacidad instantánea de presentirlos. Yo le advertí a Carlos Calvo que sería papá una semana antes que su mujer lo supiese. Lo mismo me ocurrió con Diego Pérez.
Parece que al tratarse de futuro, Andrea tiene más ítem que certezas. Entre otras cosas, divide su tiempo libre en organizar viajes: “Colecciono folletos turísticos, armo circuitos y vacaciones familiares que quizá nunca hagamos”. No es demasiado pretenciosa a la hora de dar rienda suelta a la imaginación. Fantasea con la idea de tener un motorhome y recorrer el mundo con algunos requisitos: en familia, muchas risas y climas cálidos.
—¿La tendencia al nomadismo tendrá que ver con alguna vida pasada?
—Parece que sí. Hace algún tiempo, una mujer experta en regresiones me dijo que mi alma es nueva y que ésta era mi tercera venida a la Tierra. En la primera de mis visitas he sido una gitana nacida en Europa del Este, siempre suelta, errante y trasladándose de región en región. Tengo la recurrente sensación de estar en tránsito. Debe ser por eso que no padezco las giras teatrales.
Fácil es imaginar cómo habrá sido aquella gitana europea que compartió el alma con Andrea. Una esencia con sabor a curiosidad, deseos de aprender, fuerza para amar y amplitud para recibir amor. El barco le hizo una reverencia desde el muelle, juntó sus cosas y se fue. “Fue vivir un sueño, gracias por todo, volveré pronto”, dejó firmado al partir.
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