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Antonio, la danza y el Generalife... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Antonio, la danza y el Generalife...

admin @ Thu, 2006-02-23 07:00

El título, uno de tantos nexos de unión que se forman en el acontecer de la vida. No se puede hablar de Antonio sin referirnos al conjunto arquitectónico de la Alhambra granadina. Este asentamiento árabe, descubierto al Romanticismo por Washington Irving, sería, desde 1952, la sede de los Festivales de Granada. «Sólo es posible en Granada». El patio de los Leones, escenario de cámara. patio de los Arrayanes, donde Wilhelm Kempf, bajo una eléctrica luna, interpretaba a Beethoven. Palacio de Carlos V, patio de columnas circular donde se dan cita los grandes conjuntos instrumentales del mundo. Aquí oí por primera vez a la Filarmónica de Berlín con Karajan dirigiendo. Como simple anécdota anotaremos que, durante la interpretación del 2.º movimiento, adagio, de la Cuarta Sinfonía beethoveniana, en las postrimerías del mismo, el primer oboe estuvo perdido durante varios compases sin que el maestro Karajan arqueara sus cejas lo más mínimo.

Pero no es éste el motivo que nos ocupa. En la sesión inaugural de dichos festivales, a la que asistió en palco primero del patio de los Arrayanes, S. A. R. don José Eugenio de Baviera y Borbón, llamado el «Infante de los músicos», fueron los bailarines Antonio y su «partenaire» Rosario los responsables de la velada artística.

Pero es en los jardines del Generalife donde el personaje central de este artículo obtiene sus mayores éxitos, en un marco natural de indecible belleza, de viejos y enormes cipresales y perfumadas flores, con un cielo pleno de estrellas y una brillante luna como invitada de honor. El marco más peligroso, ya que podía empequeñecer al artista. Pero Antonio Ruiz Soler, Antonio a secas, como él gustaba presentarse y ser conocido, en una dual síntesis de humilde sencillez e imperial arrogancia, se agigantaba inflamando y contagiando su propio fuego a la totalidad de los espectadores que, alguno de ellos, sin poder contener la mudez que requería el acto, prorrumpían en enardecidos ¡Olé! Su silueta menuda y absolutamente inconfundible, su apolínea y pequeña figura aunque de armoniosas proporciones se iluminaba sobre el escenario como si estuviera en trance. Pura precisión y fuego, pasión sin límites, cuyo poderoso influjo era imposible eludir. Con el extraordinario virtuosismo del artista, ejecutaba con los pies, con las manos, con el cuerpo todo, «como el mejor de los pianistas o el más grande de los violinistas», según el pensar del crítico musical Antonio Fernández-Cid.

La presencia del ballet de Antonio en Granada suponía la apertura de nuevos horizontes en el Festival, no sólo porque inauguraba un marco de indecible belleza: el Generalife, sino porque el artista había dado prioridad a este acontecimiento, rehusando compromisos de similar importancia.

En estos días, en que se cumplen diez años de su desaparición, ha venido a mi memoria, con toda nitidez, su imagen, su genialidad, el esplendor de su arte. Con Federico Mompou, de la Real Academia de San Jorge, hemos de afirmar y proclamar que Antonio -ese caballero errante de los escenarios a través del mundo entero, representando, con inspiración y técnica inigualables, el flamenco y el arte gitano- «es» la danza. Si Juan Sebastián Bach «es» el contrapunto y Wolfgang Amadeus Mozart «es» la música, Antonio «es» la danza.

Corrían los años 60, finalizados mis estudios de violín y formando parte de la recién creada Orquesta Sinfónica de RTVE, conocí por primera vez a Antonio en el Generalife, interpretando con magia y «duende» inefables, el «Amor brujo» y «El sombrero de tres picos (El Tricornio)» de Manuel de Falla. Espectador de excepción desde mi puesto de violinista, asistí a ésta y otras muchas noches mágicas. El ballet clásico se adaptaba perfectamente al encuadre natural granadino y Antonio, con su embrujo y su arte supo elevarlo a su nivel y tomar parte en la representación.

Cuando se apagó su luz, murió con él la danza clásica española. Aún mantuvo un cierto nivel, unas décadas más, con bailarines a imagen de su escuela aunque no de la misma talla: Luisillo, Rafael de Córdoba, Mariena... Después de ellos sólo podemos hablar de danza moderna.

Su amigo y «cronista-fotógrafo» Juan Gyenes, que fue testigo de lo más representativo de la obra del artista, veía a éste como «el virtuoso Sarasate del ballet español», influido, quizá, por sus propios recuerdos de infancia cuando trataba de ser un gran virtuoso del violín, como lo era su padre.

Antonio nació en Sevilla y no dejó de danzar desde los 6 años. Su vida artística se puede dividir en dos períodos: los veintidós años en los que tuvo como «partenaire» a Rosario, extraordinaria bailarina y un segundo período, en el que, a los 30 años, se quedó solo para pensar e idear en «noches de insomnio» la creación de su gran ballet español. Ha sido un ser tan excepcional, tan «él», que ha suscitado admiradores sin fin e incitado a imitadores.

Se le ha querido comparar al gran bailarín ruso Nijinski, que realizó sus espléndidas creaciones sobre obras de Rimsky Korsakov, de Claude Debussy y del joven Stravinsky, con una técnica innovadora y con el apoyo de colaboradores como el también bailarín ruso Diaghilev. Comparable, pero con diferencias. Antonio creó apenas de la nada, se quedó sólo y tuvo él que crear el ballet. En cuanto a la danza, dice don José María Pemán, de la Real Academia Española, «la eslava toca la tierra con la punta de los pies como si estuviera a punto de volar y evaporarse en una especie de mística. La danza española clava los talones en el suelo manifestando el aplomo y la seguridad propios de la realidad material. Nijinski se volvió etéreo a fuerza de volar, por medio de sus saltos, transformándose en idea, en oración y en perfume de rosa. Antonio taconea furiosamente su «zapateado» y su «farruca» para demostrarnos, como Manuel de Falla, que él es un ser humano y real.

La precisión rítmica, la perfección técnica, la pureza de su arte, quedaron bien reflejadas en las interpretaciones de «Asturias», de Isaac Albéniz y el «Zapateado» de Sarasate (cuya gran orquestación corrió a cargo del compositor cordobés José de la Vega). Excepcional fue su interpretación de las «Danzas fantásticas» de Joaquín Turina y en cuanto a la «Fantasía galaica» del compositor Ernesto Halffter, el propio autor manifestó que no iba a olvidar lo que Antonio hizo con ella. Con una creatividad extraordinaria, cuidando al máximo el detalle y el montaje, con ideas tan originales que encajan armónica y poéticamente como el «paso a dos», con el sonido de las «vieiras» entrechocando como contrapunto, Antonio obtuvo una obra de inefable belleza. Es indiscutible que sabe dar una forma plástica a las ideas musicales respetando conscientemente el espíritu y la lectura de cada medida. «Los músicos españoles debemos demasiado a Antonio, al elevar nuestras creaciones hasta límites que jamás habíamos podido imaginar y dando posibilidades internacionales a lo pensado y creado en España al recorrer el mundo con la garantía y el «caché» de un grande del arte nacional».

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