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Cristianismo degradado... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Cristianismo degradado...

admin @ Sat, 2005-10-08 03:00

PIENSO que el cristianismo no es ética, ni filosofía social, ni política, ni un ideal revolucionario. Es, sencillamente, fe en Jesucristo: nada más, y nada menos. Pero Jesús de Nazaret no fue un reformador político ni un maestro de moral. Los había en su tiempo; pero él no asumió ninguno de estos papeles. No actuó como un zelota revolucionario ni como un docto maestro de la Ley. Se presentó como algo nuevo, distinto, incomparable. Como el último profeta y, por tanto, como más que profeta.

Ante dos visiones distintas del cristianismo, descritas en una tribuna sincera, se preguntaba su autor si era posible una síntesis o, al menos, tender puentes entre ambas para superar las tensiones que afligen a la Iglesia en España. Entiendo que la tarea no es fácil.

Jesús de Nazaret inició su actuación pública proclamando la próxima llegada del reino de Dios. Pero este reinado de Dios anunciado por los profetas como una era feliz de justicia y de paz, no habría de producirse por un esfuerzo social y político de los hombres, sino por una intervención de Dios. No se refería a las condiciones materiales de existencia terrestre, sino al nuevo orden de salvación que habrá de culminar en la vida eterna. «Él no anuncia un reinado de Dios que el hombre pueda instaurar, edificar, organizar o imponer mediante una exacta observancia de la Ley y una mejor moral. Un rearme moral, sea del tipo que fuere, no lo consigue. Jesús anuncia un reino instaurado por la acción liberadora y beatificante de Dios. El reinado de Dios es obra de Dios» (Hans Küng «Ser cristiano»). No está encomendado a la actividad política de los hombres.

El cristianismo se difundió en un ambiente de gran expectación, las personas cultivadas recogían los débiles destellos de las escuelas filosóficas y las clases populares se nutrían en las religiones de los misterios, pero muchos anhelaban una salvación más alta que, según antiguas profecías, habría de proceder de oriente. Los apóstoles, recuperados del mazazo de la muerte de su maestro, recorrieron el mundo predicando a Jesucristo muerto y resucitado: locura para los griegos, escándalo para los judíos. Pero Pablo no se avergüenza de su evangelio, fuerza de Dios y sabiduría de Dios para los que creen en él. Esta fe en Jesucristo resucitado es el comienzo de la salvación, porque no se nos ha dado otro nombre por el cual podamos salvarnos. Ha resucitado Cristo, nuestra esperanza. Si hemos muerto con Él, también viviremos con Él. Este es el núcleo del mensaje cristiano.

Sin fe en Dios, sin creer en Jesucristo y en la vida eterna es difícil hablar de cristianismo. La fe es el sí con que aceptamos la salvación que Dios nos ofrece en Cristo. Creer no es saber. La fe es un conocimiento oscuro, sin evidencia, es una apuesta razonable de la voluntad, es un modo de conocer siempre tentado. Pero es imprescindible para ser cristiano.

El cristianismo se difundió con sorprendente rapidez, primero entre las clases sencillas, luego también entre las cultas, por la fuerza misma de su mensaje: encontraba un eco fácil en el corazón humano y colmaba sus secretas esperanzas. El hombre es naturalmente cristiano. Jesucristo tenía palabras de vida eterna. La vida cristiana se vivía en comunidad: de ella se recibía la fe y en ella se ingresaba por el sacramento de la fe. Y la fe los reunía para celebrar la eucaristía, en la que se actuaba la Iglesia como instrumento de salvación. Pero, ya desde antiguo, no se celebraba la eucaristía sin el obispo o los autorizados por él. «Nada hagáis sin el obispo». «Estar separados del obispo es estar lejos de Dios». «Donde aparezca el obispo, allá esté el pueblo también, lo mismo que donde está Jesucristo allá está la Iglesia católica», exhortaba, ya en el siglo I, el obispo y mártir Ignacio de Antioquia. La Iglesia es jerárquica.

Religión y ética no se identifican. La religión no se reduce a moral, su acto fundamental es la adoración: consiste en reconocer la soberanía de Dios y nuestra dependencia. Las religiones no se recrean en la elaboración de minuciosos códigos morales, se limitan a impulsar la vida moral en una dirección determinada, y a regular preferentemente las relaciones del hombre con Dios. El eje de la moral cristiana es la obediencia a Dios, nuestro Padre. El cristianismo no es ética, aunque el cristiano tenga un estilo de vida propio: creyente, esperanzado, impregnado de amor a Dios y a sus hermanos los hombres.

Comprendo las dudas metafísicas del hombre de nuestra época, que para todo pretende la certeza del método científico. Y comprendo mejor la perplejidad que forzosamente tiene que envolver a un militante de izquierdas en estos tiempos de laicismo radical y agresivo, no resulta fácil armonizar las dos obediencias. Una solución, al parecer, se le ofrece: practicar una drástica relectura del cristianismo y de sus textos sagrados. Una verdadera refundación. Reducirlo a sus valores de justicia, igualdad y fraternidad, a su condena del amor exclusivo a la riqueza, que nos hace olvidarnos del reino de los cielos, y a poco más. Prescindir de la interpretación del mensaje hecha por la tradición cristiana, y de aquellos que puso el Espíritu Santo para cuidar de la Iglesia de Dios. Pero me temo que ese procedimiento nos lleve a un cristianismo desfigurado y mutilado, como si hubiese sufrido un encuentro con los jíbaros.

Si, por otra parte, tampoco se reconoce la existencia de un orden natural fundado en la esencia de las cosas y sancionado por la voluntad de Dios creador, difícilmente puede establecerse algún punto de encuentro con la posición tradicional, hacia la que se pretende tender puentes. A partir de aquí cualquier norma moral o jurídica resulta completamente arbitraria.

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