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Intervenciones ante el Sínodo en la tarde del 7 de octubre ......

admin @ Sat, 2005-10-08 20:00

CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 8 octubre 2005 (ZENIT.org ).- Publicamos el resumen que ha distribuido la Secretaría del Sínodo de los Obispos de las intervenciones de los padres sinodales que tomaron la palabra en la tarde del viernes, 7 de octubre, durante la novena congregación general de la asamblea.

Mi intervención quiere ser un testimonio sobre la importancia de la Eucaristía en los momentos de conflicto, en referencia a la experiencia vivida por la Iglesia en Burundi en los últimos años. Burundi, país cristiano con más de un 60% de católicos, acaba de vivir un período de duras pruebas, con los conflictos trágicos entre las distintas comunidades étnicas del país. Estos conflictos han degenerado en una guerra civil, hasta el punto de que las personas de las distintas etnias no se atrevían ni siquiera a cruzarse por la calle.

-una palabra que ha llamado a todos, sin prejuicios, a la conversión de los corazones y de las mentes.

Más allá de todo, la celebración eucarística ha sido una fuente de gracia que ha donado a los cristianos una fuerza sobrenatural para ir contracorriente, rechazando, a menudo a costa de su propia sangre, la solidaridad negativa basada en la única fraternidad natural de la etnia o en el interés egoísta.

Gracias a la Eucaristía, la Iglesia en Burundi ha encontrado el esplendor de la dimensión cristiana del martirio. Muchos laicos, consagrados y pastores han entregado su vida al sacrificio de la muerte para testimoniar en favor de esta fraternidad universal que tiene su origen en la comunión en el mismo cuerpo y en la misma sangre de Cristo.

Expresamos un profundo agradecimiento a la Iglesia universal que, consciente de su comunión universal con nosotros por medio de la Eucaristía, nos ha manifestado de muchas maneras su proximidad, su solicitud y su fraternidad.

Deseo sinceramente que este Sínodo nos ayude a resaltar esta dimensión de una comunión única con Cristo que nos abre a esta fraternidad de hijos de una misma familia: la familia de Dios. Si hacemos que sea cada vez más concreta esta fraternidad entre las Iglesias de los países del Norte y los del Sur, habremos contribuido a hacer que el mundo actual, más sensible al testimonio que a la palabra, pueda creer en este gran misterio de la Fe para nuestra fraternidad.

El profundo intercambio que tiene lugar en esta Asamblea sinodal aumenta, día a día, el asombro que suscita en nosotros el gran misterio de la fe. El don eucarístico puede saciar el hambre de la humanidad: el hambre de comunión, de vida y de paz, de trascendencia y de intimidad, de verdad y de belleza, de sentido del dolor y de dignidad, de misión, solidaridad y fecundidad, en una palabra, el hambre de Dios.

Nos acompaña permanentemente el anhelo de compartir este tesoro de la Iglesia: Jesucristo, nuestra Pascua. Reflexionemos, por eso, acerca de la participación de los fieles laicos en la Eucaristía.

El Instrumentum laboris, en el n° 25, nos invita a considerar la participación interior. Expresa que "la participación de los fieles en la liturgia, sobre todo en la celebración eucarística, consiste esencialmente en entrar en este culto, en el cual Dios desciende hacia el hombre y éste asciende hacia Dios". Consiste por eso en recibir con permanente asombro, desde nuestra pobreza arrepentida, el don de Dios que desciende, el Pan bajado del cielo y partido para la vida del mundo que es su propio Hijo, prolongando el misterio de la Encarnación y de la Nueva Alianza en su Sangre, por obra del Espíritu Santo. Consiste también en entrar en la acción eucarística para escucharlo, contemplarlo, alabarlo y agradecerle por su descendimiento hasta nosotros, pero también para implorar su gracia. Así queremos incorporamos a su ofrecimiento al Padre, ofrendando cuanto somos y tenemos, también nuestros sufrimientos y nuestra esperanza. Alimentándonos con su Cuerpo y su Sangre queremos ser conformados con Cristo como hijos del Padre y hermanos del Primogénito, y convertimos en alimento suyo para nuestros hermanos, sobre todo para los más afligidos, en misioneros enviados a configurarlo todo con Él en la fecundidad de su Espíritu, de modo que sea reconocido como Cabeza de toda la Creación. No queremos ascender solos a Él, sino en unión con todos los redimidos, día a día, formando su Familia, como coherederos con Cristo.

Se trata, entonces, como lo dice el Instrumentum Laboris, de entrar en la acción litúrgica. Para ello, el mejor camino es compartir los sentimientos y la actitud de María Santísima, "Mujer eucarística", que precedió y precede en la Iglesia Esposa por los caminos de la fe, del calvario, de la alianza y de la nueva vida con el ardor y el envío de Pentecostés.

Participan los fieles laicos con plenitud cuando toda su vida está unida profundamente a la Eucaristía; cuando toda ella es acogimiento de Dios, escucha de la Palabra, docilidad al Espíritu; cuando es adoración y acción de gracias, como asimismo renovación de la Nueva Alianza; cuando ella entera es ofrenda y comunión, sacrificio, impetración y expiación, don gratuito de Dios para los hermanos. La Eucaristía es realmente la fuente y la cumbre de la vida y la misión de los fieles laicos, cuando confluye hacia ella y parte de ella -en la vida individual, familiar, laboral, artística, cultural, social y política, en los quehaceres cotidianos y en las tareas extraordinarias- el ejercicio de la función sacerdotal, profética y real de su existencia cristiana. Recuerdo unas palabras del Beato Alberto Hurtado, a cuya canonización, Dios mediante, podremos asistir: "¡Mi Misa es mi vida, y mi vida, una Misa prolongada!" Tal es la meta y el camino de toda pedagogía eucarística.

En las comunidades eclesiales de las áreas occidentales del mundo los datos estadísticos de la práctica eucarística son poco alentadores. Entre las múltiples causas señalaría la competencia entre los credos religiosos antiguos y modernos, la creciente secularización y el penetrante relativismo.

En este contexto cultural es la pastoral y, en especial, la pastoral parroquial la que debe ser observada con detenimiento. Si nos anima el hecho de que en tantas parroquias existan florecientes y eficaces grupos de fieles, no se puede decir que la mayor parte de los bautizados crea y viva la Eucaristía. Esto significa que la organización de la pastoral ordinaria de las parroquias tendría que ser replanteada, porque la fe no se puede presuponer. La parroquia, con valor, paciencia y visión de futuro, debería innovar los contenidos y los métodos de la pastoral ordinaria, poniendo como fundamento de su acción la “cuestión de fe” de forma prioritaria, a la que se deberían destinar mayores energías.

La pastoral parroquial que, después del Concilio ha dado muchos pasos adelante, obedece todavía a un esquema ligado en gran parte a la dimensión del culto. Esta pastoral no consigue formar una comunidad cristiana que celebre la Eucaristía como “ raíz y cimiento” de su vida. En los planes pastorales habría que partir de nuevo de formas de anuncio kerigmático, ofreciendo la posibilidad de una opción personal y consciente de la fe, habría que conceder un mayor espacio a la Palabra de Dios bajo la forma de “lectio divina” o con otros métodos que ayuden a su asimilación y, sucesivamente, a la catequesis litúrgica a favor de la comprensión y la digna y fructuosa celebración de la Eucaristía. Se trata de introducir a los cristianos a la experiencia agradable de la celebración eucarística. Pero ésta no se improvisa, nace de la fe. Para llevar a cabo esta innovación pastoral no se puede prescindir de una reflexión sobre la figura del párroco, que es quien debería conjugar el carisma del pastor con el del evangelizador (de lo que se habla en Ef. 4,11). Tarea no fácil que, sin embargo, la urgencia del momento indica que no se puede desatender.

Celebrar con alegría y celebrar la alegría de la Pascua del Señor.

El mundo necesita conocer y vivir la alegría en el Espíritu Santo, tiene hambre de Dios y es Cristo quien revela el hombre al hombre. La revelación, más que puro razonamiento, es VIDA, es el gozo de la comunicación de la Trinidad del Dios único. Esa alegría la celebramos en santidad en la Liturgia. En la celebración de la Eucaristía se vive la novedad del Cristo pascual, felicidad de los creyentes y promesa para quienes aún no le conocen. ¡Cuántos mártires han vencido desde la alegría cantora de la Eucaristía! La Eucaristía toda es canto, es superar los límites de la espacio-temporalidad para entrar en el misterio del Dios vivo y verdadero.

Nuestro servicio como pastores de la grey está en conseguir los caminos que permitan a nuestro pueblo vivir la alegría del Resucitado. Las orientaciones litúrgicas han de estar alejadas de todo legalismo y buscar la manera de que estén en la linea del gozo en el Espíritu Santo para que el mundo crea y tenga vida.

En la liturgia, el Espíritu Santo es el perfecto mistagogo, como afirma claramente el Catecismo de la Iglesia Católica: “En la liturgia, el Espíritu Santo es el pedagogo de la fe del Pueblo de Dios” (CCC 1091; Cf. CCC 1092).

Preparar los corazones al encuentro con Cristo es obra común del Espíritu Santo y de la asamblea, en particular de sus ministros (Cf. CCC 1098). Y aquí se trata de un ministro que es el obispo, el primer dispensador de los misterios de Dios. Aquí es el obispo quién colabora con el Espíritu Santo para introducir al Pueblo de Dios en el Misterio de la Fe. La mistagogia, en cuanto representa la introducción al misterio de la presencia de Cristo, necesita de la luz y de la fuerza del Espíritu Santo. Personalmente, estoy convencidísimo de la asistencia del Espíritu Santo durante mis celebraciones eucarísticas y rezo con fervor antes y durante la misa, suplicando al Espíritu Santo para que venga en mi ayuda.

Para ser buenos mistagogos, debemos introducir a los fieles en el misterio, dejándonos introducir nosotros mismos por el Espíritu Santo en el Misterio de Cristo. El ars celebrandi debe crear la atmósfera, el ambiente divino para el encuentro de los fieles con Cristo Resucitado. Y es el Espíritu Santo, con nuestra colaboración, quien crea ese ambiente divino. Él mismo es el ambiente divino: nosotros, de hecho, celebramos la Santa Misa in Spiritu.

Referencia: N° 52 del Instrumentum Laboris (Ars celebrandi).

En la nueva situación socio-política de Venezuela, es necesario un testimonio de unidad por parte de los cató1icos. Éstos encontrarán la fuerza para dicho testimonio en la Eucaristía. La Iglesia en Venezuela ha celebrado un Concilio Plenario, el cual trató el tema litúrgico en el Documento "La Celebración de los Misterios de la Fe". Allí hay una explícita alusión al ars celebrandi.

Es muy importante esta alusión del Instrumentum Laboris en el N° 52. Siempre existe el peligro de que, por no dominar el ars celebrandi, se ponga en pe1igro la fe misma. Ejemplos de ello los encontramos en mi propio país.

La liturgia envuelve el misterio del encuentro entre Dios y el hombre, donde éste es santificado. La liturgia tiene un papel didáctico y educativo. Si. una celebración ha de ser epifanía del misterio, ello significa que quienes participan deben percibir lo que allí se realiza.

El carácter pedagógico de la liturgia no se refiere solamente al aspecto estético o artístico. La liturgia enseña y educa a los fieles, se vale de los recursos del arte para tocar su sensibilidad, y tiene una normativa para salvaguardar su unidad y carácter eclesial. Todo ello va dirigido a poner de relieve el carácter de acción salvadora que tiene la celebración sacramental.

El Ars celebrandi debe ser cultivado por todo ministro, pero muy bien recuerda el lnstrumentum Laboris que en esto el Obispo ha de ser ejemplar. Los obispos hemos de asumir con amor y solicitud esta función insustituible en el seno de nuestras Iglesias particulares.

Damos gracias a Dios porque los católicos de Filipinas, sobre todo los niños y los jóvenes, todavía valoran la Eucaristía y la adoración. Tenemos sacerdotes, pero no los suficientes para la numerosa población católica. Algunas comunidades no tienen un acceso regular a la Eucaristía.

1) El Sínodo podría iniciar un estudio sereno sobre la escasez de sacerdotes. Mientras miramos al mundo por la amenaza del don de la vocación, deberíamos preguntarnos también si la Iglesia sabe administrar bien este don.

2) Para afrontar la confusión de papeles en la Iglesia y la Eucaristía, no es suficiente remitirse al nº 10 de la LG sobre la diferencia fundamental entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los bautizados. La LG, nº 10, también dice que se ordenan unos a otros. De forma recíproca y en comunión tenemos que redescubrir el don del sacerdocio y de la Eucaristía.

Es muy significativo que Cristo, durante la Última Cena se haya identificado con el pan partido. Partir el pan debía de ser la acción por la cual sus discípulos lo reconocerían en Emaús (Lc 24, 13-35). En la celebración de la Eucaristía, en tiempos de los apóstoles, partir el pan era tan importante que los primeros cristianos utilizaron la expresión “fracción del pan” para referirse a las asambleas eucarísticas (Hch 2, 42-44).

No podemos ignorar la importancia de recibir a Cristo en la Eucaristía con el signo y el símbolo fecundo del pan partido. La Comunión con Cristo, el pan partido, sólo puede ser si es Comunión con aquellos que son miembros de Cristo. La unión fraternal que nace de la Comunión Eucarística fue manifestada de forma concreta por la primera comunidad cristiana en una comunidad eucarística ejemplar. Ellos vivían juntos repartiendo entre todos los bienes espirituales y materiales (Hch 2, 42-44).

Si la Eucaristía lleva a la unión fraterna en el Cuerpo de Cristo, entonces la distancia cada vez mayor entre la sociedad del bienestar y los millones de pobres que inmerecidamente viven luchando contra el hambre y la miseria es hoy un motivo de gran escándalo (cfr 1 Cor. 11, 17-22). Si los cristianos comparten el Pan Partido en el altar del Señor, tienen que estar listos para comprometerse en conseguir un mundo mejor y más justo para todos. Tienen que estar preparados para convertirse ellos mismos en pan partido y compartir el pan con la humanidad partida.

Este compartir tiene que llevar consigo la ruptura de los modelos políticos y económicos que aseguran el bienestar de quienes están bien, pero obligan a millones de personas a vivir en la miseria más extrema y a sufrir sin motivo. Al realizar los cristianos la fracción del pan, están declarando su disponibilidad a “partir” su bienestar y seguridad para hacerse promotores de justicia y solidaridad. Y esto podría tener repercusiones sociales, políticas y económicas de gran relevancia. Entre otras cosas, esto llevará a vivir sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir.

Me refiero a las partes tercera y cuarta del Instrumentum laboris en general.

1 La centralidad de la Eucaristía en la formación en el seminario. La Eucaristía está vinculada estrechamente con el sacramento del Orden, más aún es “la principal y central razón de ser del Sacramento del sacerdocio, nacido efectivamente en el momento de la institución de la Eucaristía y a la vez que ella” (Ecclesia de Eucharistia, 31a). Los sacerdotes, por lo tanto, en su calidad de ministros de las cosas sagradas son sobre todo los ministros “del sacrificio de la Misa” (Presbytorum ordinis, 13c). Las numerosas actividades pastorales del presbítero encuentran en la caridad pastoral el vínculo que les otorga unidad y sentido. Tal caridad brota del sacrificio eucarístico que es el centro y la raíz de toda la vida del presbítero (Presbytorum ordinis, 14b). La centralidad de la Eucaristía para la vida y el ministerio sacerdotal tiene necesariamente que ser el corazón de la formación de los candidatos al sacerdocio (cfr. Pastores dabo vobis, 48). Podríamos decir que la Eucaristía constituye el entramado de toda la formación de los seminaristas, vale decir humana, espiritual, intelectual y pastoral. Esta centralidad de la Eucaristía tiene que ser enfatizada con fuerza en la vida del Seminario, a distintos niveles: la sólida ilustración teológica del misterio eucarístico, y su relación con el sacramento de la penitencia, la debida explicación del significado de las reglas litúrgicas, el ejemplo dado por los educadores, la preparación adecuada de las mismas celebraciones eucarísticas para que puedan ser vividas íntimamente por toda la comunidad, y también la presencia y la disponibilidad de buenos confesores, las adoraciones eucarísticas bien preparadas, la invitación persistente a la adoración personal del Santísimo Sacramento y así sucesivamente. Todo esto, tomado seriamente y de manera constante, debería llevar al Seminarista a comprender, amar y vivir la Eucaristía hasta el fondo, para que Ella llegue a ser realmente fons et culmen de toda su vida y de su apostolado diligente. Pienso que, no obstante la Pastores dabo vobis aborde este tema, en no pocos Seminarios todavía queda mucho por hacer a este respecto.

Tal formación de los Seminaristas es de suma importancia y debería ser enfatizada, porque dependerá sobre todo de los sacerdotes la forma en que, en realidad, será celebrada la Misa y cómo ésta será percibida y vivida por los fieles. De ellos dependerá si se adorará o no al Santísimo, si la gente sentirá la necesidad arrodillarse o no al pasar ante el Tabernáculo. De ellos dependerá, en otras palabras, la actuación de todo lo que leemos en la tercera parte del Instrumentum laboris, pero también en la cuarta, sobre la incidencia de la Eucaristía en la vida moral, en la espiritualidad y en el apostolado de las comunidades cristianas.

No sería realista esperar que nuestras consideraciones sobre la promoción de la Eucaristía fructifiquen sin reforzar la adecuada preparación de quienes, principalmente, deberán llevarla a la práctica en la vida de la Iglesia.

2 La importancia de la Eucaristía para la formación teológica. He dicho que la Eucaristía es importante en todos los aspectos de la formación sacerdotal: humana, espiritual, intelectual y pastoral. Quisiera ahora detenerme en la relación entre la Eucaristía y la formación intelectual, vale decir teológica, porque esta última, lamentablemente, pasa más desapercibida. Sin embargo, aquí me refiero obviamente no sólo a los Seminarios, sino también a los estudios teológicos en general. El Instrumentum laboris advierte con razón que en “la liturgia de la Eucaristía [Jesús, camino, verdad y vida] Él se deja conocer, pero al mismo tiempo estimula “la razón y la inteligencia del creyente a buscarlo constantemente” (31b). Los estudiantes de teología tienen que darse cuenta de que para comprender las verdades de la fe no es suficiente la perspicacia del pensamiento, no es suficiente la investigación propia de cada estudioso, sino que es preciso estar unidos profundamente a Dios, buscar humildemente en la oración la sabiduría verdadera. De hecho, los discípulos de Emaús no habían reconocido a Jesús mientras él les explicaba las escrituras, pero sí lo reconocieron al partir el pan. Tal nexo entre la unión con Dios y la comprensión de las verdades de la fe ha sido subrayado también en la Pastores dabo vobis (cfr. 51 y 55). Esto ha puesto de manifiesto, de una forma muy expresiva, Juan Pablo II en la Carta Apostólica n. 20, al comentar la conocida escena de Cesarea de Filipo (Mt 16, 13-20). ¿Acaso no buscaban Santo Tomás, San Roberto Bellarmino y muchos otros la comprensión de los misterios de Dios delante del Tabernáculo? Nuestros viejos maestros solían decirnos que la teología tiene que ser estudiada de rodillas. Pienso que afrontando así las verdades de la fe se encontrarían menos invenciones humanas extravagantes en el campo teológico, y se captaría más hondamente el misterio magnífico del Amor de Dios.

3 Las universidades católicas. Ampliando la óptica de nuestras numerosas universidades católicas, que por naturaleza propia están insertas en el apostolado de la Iglesia, en ellas también se tiene que valorar la Eucaristía para que sus estudiantes sean cada vez más conscientes y capaces de realizar el compromiso cristiano en el ejercicio de las diversas profesiones.

Ante todo quisiera hacer un comentario sobre el n. 23 del Instrumentum Laboris, donde se lee: “En ciertos países la Penitencia individual no es administrada; en el mejor de los casos se celebra dos veces al año una liturgia comunitaria...”, En las diócesis eslovenas hay aún muchas confesiones, pero éstas disminuyen progresivamente en cantidad. Por una parte, en los varios Decanatos, los sacerdotes elaboran juntos un plan para las confesiones, sobre todo en el Adviento y en la Cuaresma; esto ocurre también en los Santuarios y en ocasión de celebraciones particulares con un gran número de fieles. Por otra parte, se siente en todas partes que los sacerdotes ya no escuchan las confesiones con tanto fervor -y si los fieles no se confiesan, no se acercan más a recibir la Comunión. El Instrumentum Laboris agradece a los sacerdotes que confiesan. Sería importante poner en evidencia que ellos tienen el deber de estar disponibles para la confesión y son corresponsables de que los fieles, adecuadamente preparados, reciban con frecuencia la santa Comunión. La recepción de la Comunión presupone la conversión y la conversión se verifica en la confesión individual.

Me permito pues presentar el proyecto de la Unión Eucarística Eslovena. La espiritualidad de esta iniciativa, propuesta para la renovación eucarística de las parroquias, se inspira en la espiritualidad de comunión del Concilio Vaticano II, que surge del misterio de Cristo resucitado y hoy está presenta en la Eucaristía. El proyecto consiste esencialmente en la institución de comunidades eucarísticas de base, es decir, de adoradores del Santísimo Sacramento, en las parroquias -una comunidad para cada parroquia- y en la conexión en red interparroquial de las mismas con ocasión de encuentros eucarísticos programados por sectores. Ya que la Eucaristía es fuente de comunión, la comunidad eucarística de base, tiene carácter de conexión en el interior del núcleo espiritual de la parroquia y no constituye un grupo más, que se agrega a los otros grupos ya existentes. Por este motivo es necesario que sea el párroco, con su autoridad, quien acompañe a la comunidad eucarística de base, ya que él, en virtud del sacramento de la ordenación sacerdotal, es el celebrante y el custodio de la Eucaristía. Él debería, pues, participar, en la medida de lo posible, de los encuentros de la comunidad eucarística. A esta comunidad eucarística de base están invitados todos los fieles, en particular, los jóvenes y también los niños, además de todos los miembros de los distintos grupos parroquiales. En las parroquias, en las cuales ya existe un grupo eucarístico parroquial, la Unión Eucarística Eslovena, está disponible para ofrecer su ayuda a fin de que crezca una comunidad eucarística de base, capaz de superar un eventual aislamiento y de abrirse a todos. El compromiso permanente de las comunidades eucarísticas de base debería ser el de la profundización de la adoración comunitaria del Santísimo Sacramento por fuera de la Misa, el apostolado de la celebración del día del Señor, cuyo centro es la Misa dominical, y la vida eucarística renovada con el acento puesto sobre la renovación de las familias. Los miembros de las comunidades eucarísticas de base deberían comprometerse en reavivar las jornadas de adoración eucarística en las parroquias (las “cuarenta horas”) y las visitas al Santísimo Sacramento en nuestras iglesias durante la semana. Según el ejemplo de María, la espiritualidad eucarística debería ser vivida también en la oferta cotidiana, en el compromiso por la paz y la unidad, en la solidaridad hacia todos, en particular, hacia las personas que sufren y están solas.

En los contextos pluri-religiosos, la asamblea reunida para celebrar la Eucaristía con frecuencia no está compuesta sólo por católicos. La presencia de los seguidores de otras creencias plantea una cuestión muy seria a nuestra eclesiología eucarística, sobre todo en la India. ¿Qué lugar ocupan estas personas en el seno de nuestras comunidades de fe? ¿Hasta qué punto puede extenderse la comunidad eucarística? Si el sacrificio de la comunión se celebra por la salvación de todos, ¿qué relación tiene la comunidad eucarística cristiana con las demás?

La fe y la disciplina de la Iglesia admiten a la comunión solamente a los que comparten la misma fe y profesan la misma fe eucarística. No parece apropiado repartir otros “dones” durante la comunión de los fieles, para no confundir el significado de la comunión eucarística. Nos queda entonces el desafío de encontrar la forma de enseñar a los fieles de otras creencias algunas de las formas de la hospitalidad eucarística.

En las áreas tribales, así como en las iglesias jóvenes del subcontinente indio, se puede afirmar que la gente que está abierta para aceptar la fe tiene durante la Eucaristía una relación especial con la comunidad de fe. Mediante esta comunidad, encontramos la luz y la vida en la doctrina de la Eucaristía entendida como sacrificio, el cumplimiento y la perfección de nuestros sacrificios tradicionales, según el sentido de comunidad experimentado en la Iglesia.

Estas situaciones exigen que sacerdotes y fieles presten una atención especial al ars celebrandi, pero no sólo en el estilo o en el obedecer las reglas y las rúbricas, las cuales tiene que proceder de una profunda experiencia de fe, humildad y devoción que deberían caracterizar la espiritualidad eucarística de todos. La naturaleza simbólica de la liturgia encierra una fuerza innata para transformar la vida, y los celebrantes tienen que prestar mucha atención para que los símbolos consigan realmente comunicar.

La devoción eucarística fuera de la Misa, que de Ésta deriva y a Ésta conduce, ha tenido y sigue teniendo una gran influencia para atraer a la gente a la Iglesia y ayudar a las comunidades a ser más misioneras. Especialmente importantes, por ejemplo, son las procesiones eucarísticas que se celebran anualmente en el noreste de India. Sin embargo, las comunidades que siguen esperando a un sacerdote, como en la mayoría de las aldeas más remotas de nuestras misiones, son para nosotros una gran preocupación. La liturgia dominical debería alimentar en estos fieles el amor verdadero y el deseo auténtico de la Eucaristía.

Empiezo por la afirmación del Papa Benedicto XVI: “La Eucaristía no es estática, sino una presencia dinámica”. Uno puede preguntarse por qué. Creo que puedo responder que lo es porque la Eucaristía es celebración de la Nueva y Eterna Alianza, que abarca la promesa gratuita de la salvación de Dios, la realización de la Palabra que encontramos en el Libro de Jeremías: “Vosotros seréis mi pueblo, y yo seré vuestro Dios”, la llamada a la libertad y la decisión de “servir” al Señor. Todo, en la Alianza, es dinámico: lo es en el frente de Dios, porque su amor es gratuito; lo es al considerar su corazón, que es comunión de personas; lo es al considerar el papel que nos toca a nosotros: “Decidid hoy si queréis servir al Señor”. Todo esto era cierto ya en la Antigua Alianza, y lo es todavía más en la Nueva, que encuentra su plenitud en Jesucristo. La experiencia me enseña que cuando se cultiva con esmero el dinamismo intrínseco en la celebración eucarística, el camino de nuestras comunidades y de cada fiel se hace vivo y fuerte. Quiero detenerme de manera especial a considerar el momento de la Liturgia de la Palabra. Quisiera hacer una observación fundamental en lo que se refiere a la fisionomía de la Palabra de Dios en el marco de la celebración eucarística, es decir, en la unidad profunda con la celebración sacramental. A ello aluden los números 44-47 del Instrumentum Laboris. La voy a expresar de la forma siguiente: la Liturgia de la Palabra, en el ámbito de la celebración eucarística, es algo original respecto a otras posibles y valiosas formas de aproximación a la Palabra de Dios. La belleza y la originalidad de la Liturgia de la Palabra en la Eucaristía estriba en que ella es siempre memoria del acontecimiento que da origen a la misma comunidad que está celebrando. Ese acontecimiento es lo que crea y hace vivir a la Iglesia; es lo que constituye la Iglesia cada día de su existencia. Con razón, en el Instrumentum Laboris se recuerda que la veneración con la que se honora el Evangeliario, revela la mística entrada del Verbo encarnado y su presencia en medio de la asamblea de los creyentes (nº 46). En la misma línea está el canto del “Aleluya”, palabra que encontramos en el Apocalipsis, y que se refiere precisamente a Cristo resucitado, el Viviente y el Presente entre nosotros. El mismo significado lo tiene la respuesta final a la proclamación del Evangelio: “Te alabamos, oh Cristo”. Una alabanza que reconoce a la persona de Cristo presente, y la reconoce come fuente de luz y de alegría.

Si me pregunto cuáles son las comunidades cristianas en las que, especialmente durante las visitas pastorales, se manifiesta más este dinamismo de la Alianza, me parece observar algunas elecciones significativas: la primera es la de cultivar en los fieles, por parte de los sacerdotes, el deseo de escuchar al Señor. La segunda elección significativa la reconozco en un momento de la celebración, tal vez demasiado descuidado hoy en día. Me refiero al momento de la Comunión y al coloquio con el Señor, con el que estamos llamados a hablar. En ese momento la Palabra puede bajar y vivir en nosotros, junto con el Cuerpo de Cristo. Una tercera elección, en la que es preciso que los sacerdotes y el grupo litúrgico inviertan mucho, consiste en la preocupación de que todo favorezca la posibilidad de escuchar fácil y claramente la Palabra proclamada. Grande es la responsabilidad del sacerdote al que le corresponde pronunciar la homilía.

Mi intervención está dirigida a subrayar algunos puntos del IL, en el capítulo II y otras partes del mismo, en los que se habla de la Eucaristía y la comunión eclesial y del papel del sacerdote.

“La Eucaristía es el corazón de la comunión eclesial[...]. La Eucaristía construye la Iglesia y la Iglesia es el lugar donde se realiza la comunión con Dios y entre los hombres” (IL 12). Para que nuestro discurso sobre la Eucaristía sea relevante y significativo para la sociedad secular, tiene que ocuparse sobre todo de la construcción de la comunión. Muchos seglares son humanistas que se dedican a construir la comunión entre la gente. Éste sería nuestro común punto de vista.

-Mi impresión de que la visión del IL está “centrada en el sacerdote” está reforzada también por la baja estima que se le da a la liturgia de la Palabra presidida por un ministro laico. El IL, nº 55, la define “liturgia en espera del sacerdote”, y no una escucha de la voz del Señor y una respuesta dada en la oración.

Sugerencias: tenemos que animar a los teólogos para que estudien y formulen una nueva teología del sacerdote relacionada al triple munus de los eclesiásticos en la comunidad eclesial, que tenga también en cuenta la práctica durante el tiempo apostólico y en las Iglesias orientales.

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