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El sentimiento alemán... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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El sentimiento alemán...

admin @ Sun, 2005-10-09 05:00

. Director: Rafael Frühbeck de Burgos. Programa: Sinfonía Nº 8, en Fa mayor, Op. 93, de Ludwig van Beethoven, Preludio y muerte de amor de "Tristán e Isolda" y Preludio del 3er. acto, Danza de los aprendices y Preludio al 1er. acto de "Los maestros cantores de Nürenberg", de Richard Wagner. Organizado por el Mozarteum Argentino con auspicio de la embajada de la República Federal de Alemania. Teatro Colón.

El segundo programa ofrecido por la Filarmónica de Dresde reiteró las virtudes de una agrupación que deja escuchar un sonido absolutamente distintivo, diferente al de la generalidad de las orquestas de hoy, acaso desconcertante en los primeros tramos de la audición, seductor y hasta encantador, al poco tiempo. Es que se trata de un conjunto que está consustanciado y ama una tradición sonora muy añeja, cuyo objetivo no es el brillo y el impacto, sino que la música sea el centro de la atención a través de una ejecución virtuosa y de climas sonoros placenteros, no importa si voluminosos o delicados, rápidos o lentos, siempre sugerentes por su color y sus matices.

En esta segunda noche el programa fue mucho más germano que el de la noche anterior. Beethoven y Wagner, tan diferentes en sus lenguajes, pero de la misma astilla que llega de lejos, desde aquellas epopeyas de la cultura germana; la mística benedictina Hildegarda de Bingen, los Minnesänger, los Maistersinger, el nacimiento de la universidad, la unión y equilibrio de la música con la poesía, Schutz, Buxtehude y Johann Sebastian Bach, entre otros aportes trascendentes.

Y esa realidad de una historia muy rica se palpó, se escuchó plenamente durante la ejecución de la octava sinfonía de Beethoven en una versión encuadrada por Frühbeck de Burgos en una muy respetuosa lectura en cuanto a tempi y dinámicas, puntillosa y delicada. En la ejecución técnica hubo un muy alto rendimiento de la orquesta en todas sus líneas, así como la comprobación de que colocada en su totalidad en el escenario y no con las cuerdas sobre el foso, acaso contribuyera a equilibrar la sonoridad del conjunto.

Después del intervalo (y hubo cierto desconcierto por la brevedad de la primera parte), se produjo un momento mágico de esos que provocan un silencio profundo en la sala y un estallido de júbilo al finalizar. Ocurrió con la refinada y noble conducción del maestro español al abordar el lenguaje de Wagner a lo largo de todos los momentos elegidos. En los fragmentos de Tristán, el preludio y la muerte de amor, fue la línea contenida del discurso la gran virtud de la entrega. También, su sencillez para alcanzar, sin estrépitos ni efectismos vulgares, esa cumbre del romanticismo del creador. En definitiva una sonoridad que fue un bálsamo de placidez y transparencia, una caricia ideal para lograr atmósfera poética.

Luego, en los episodios de "Los maestros cantores", la versión de Frühbeck y su orquesta alcanzó la profundidad conceptual como para que un flujo de imágenes acompañara la audición. Ni más ni menos las que Wagner expone con todo su saber compositivo trasformando la música en algo así como un himno sobre el arte del pasado alemán, a través de la expresión de los sentimientos del pueblo. Y ni que hablar de cómo se rememoró ante la admirable versión, el drama anímico de Hans Sachs frente a la realidad del amor juvenil, su consuelo realista y la glorificación del arte alemán en el final de grandeza instrumental catedralicia, surgido en el Teatro Colón con conmovedora emotividad.

Ahí fueron protagonistas, como en todo el programa, los bronces, acaso los más cautivantes que se recuerdan por su equilibrio, seguridad y empaste de color, un timbal que en cada golpe produjo una dulce nota musical, una fila de contrabajos tan vital, perfecta en el ajuste y afinación que provocó admiración y unos solistas de instrumentinos impecables, sumados, lógicamente, a sectores de las cuerdas de ejemplar disciplina y sonido aterciopelado.

Pero no todo había terminado con la calurosa ovación. Fuera de programa se escucharon tres memorables versiones de composiciones muy gratas, en primer término la obertura "Egmond", de Beethoven, en una entrega impecable y mucho más honda que la octava que comparativamente queda pobre. Luego dos obras españolas: el encantador momento sinfónico de "Goyescas", de Enrique Granados, y la colorida, ágil y vistosa obertura de "La boda de Luis Alonso", de Jerónimo Giménez en ejecuciones de tanto ardor y autenticidad estilística que quedó al desnudo la indudable capacidad de Rafael Frühbeck de Burgos para contagiarles a sus músicos el espíritu español, pero sin cambiarles en un ápice el placer de conservar el sonido de una tradición de la que son sus custodios. Es que el músico forma parte de la más eminente raza de artistas de España, caracterizada por su sencilla manera de hacer música con honestidad, precisamente la que emana de su sólida formación.

En definitiva, un concierto para agregar a los grandes acontecimientos de la temporada musical de Buenos Aires.

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