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Bailando con mi delito... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Bailando con mi delito...

admin @ Sun, 2005-10-09 06:00

El mensaje de todos estos chicos versaba más o menos así: “Si no puedo llevar la molotov en la mochila, al menos quiero llevar mi maquillaje”. La rebeldía era hacia la figura del padre, que no quiere tener un maricón en la casa. Se trata, en definitiva, de una protesta en el plano de lo doméstico.

“El baile de los niños” tiene una segunda parte que fue escrita durante mi permanencia en la “peni”. Antes, yo era un observador de lo que sucedía, pero a partir de aquí me vuelvo un partícipe más de este baile, como posibilidad de tristeza y de protesta. Y también surgió una culpa por haber tenido una actitud tan facilista cuando estaba libre. “Entienda, amor mío, / Que si no le escribo la violencia entre sus piernas lampiñas y sus curvas de fuego / Es porque a mí también me duele este cielo tan cruel con nosotros”.

En la “cana”, cuando se hablaba de “bailar” quería decir “pelear”, y yo no estaba acostumbrado a ello. Durante estos tres meses imaginaba que los presos -como estos chicos de la Blondie- funcionaban desde el abandono. Y tal como en la Blondie, me dediqué a buscar los detalles: los tatuajes, los cortes de pelo, los colores de la ropa. No podíamos usar ropa verde para confundirnos con los gendarmes. Tampoco usar extensiones de pelo, y cuando alguien llegaba con tatuajes, se le contaban, porque eran parte de tu ficha. Algo así como marcas de nacimiento. Así es que de un día para otro mi identidad desapareció. El nivel de represión era absoluto.

Pasaron los días y la posibilidad de una libertad próxima. Como en la cárcel hay que aportar con tus habilidades y la mía era escribir, me dediqué a redactar cartas de amor, reivindicaciones políticas del sector donde yo me encontraba (los pocos presos políticos que quedan) y peticiones varias. Así adquirí respeto, porque -contrariamente a lo que se cree- los que saben leer y escribir son muy pocos. Recuerdo a un compañero que escribía a estas cosas de “La Cuarta” para conseguir niña, y le resultó. Yo le leía las cartas de su “amada” que llegaban con la dirección postal de la “peni”, sin saberlo ella seguramente. ¡Fue muy bonita esa historia! Me gustaría saber cómo terminó, si finalmente se conocieron o qué. A veces pienso que debería ir de visita.

Paralelamente a la cantidad de cartas que yo escribía, las únicas misivas de escritores que recibí, dándome su apoyo, fueron las de Pedro Lemebel y Raúl Zurita. A Pedro lo conocía de antes, pero a Zurita no, y fue raro saber que yo existía para él. En todo caso, estaba consciente de que no me encontraba solo.

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