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Los amantes del Calle Calle... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Los amantes del Calle Calle...

admin @ Sun, 2005-10-09 06:00

Le duele que le digan enana, sueña con conocer a su ídolo, Don Francisco, y se marea de miedo ante la posibilidad de que un día a su hija Catalina le avergüence su aspecto físico. Está enamorada de José Luis Gallegos, su novio de casi dos metros y padre de la niña. Están juntos contra viento y marea. Puro amor.

La primera vez que hablé con Leslie Mardones sentí un nudo en el estómago. Era el 9 de agosto. Ella llevaba casi un mes fuera del Hospital de la Universidad de Chile. Catalina, su pequeña hija prematura, nacida el 8 de julio, permanecía en el recinto hospitalario tratando de alcanzar los dos kilos que le aseguraran el alta médica.

Yo guardaba su imagen de pequeña mujer luchadora, la misma que hemos visto a través de los medios de comunicación, incluida Argentina, donde fue invitada estelar de Susana Jiménez y donde apareció junto a las personas más importantes de su vida: su hija, su madre, Gladys Alarcón, y su novio y padre de la niña, José Luis Gallegos.

Después del comienzo de su travesía santiaguina, pude verla en su conmovedora inmensidad de 94 centímetros. Mi estómago nuevamente se apretó cuando la vi avanzar como un ave zigzagueante. Valdivia estaba sofocada ese día por un calor veraniego y el río Calle Calle lucía resplandeciente. Leslie se protegía en la pequeña cabaña de su tía Maruja. Su antigua casa la ocupan su hermana mayor (Ingrid, de 26 años) y sus cinco hijos. “Pero mañana nos cambiamos con mi mami y la Catita a una cabañita que nos arrendó mi tía”, decía optimista, aunque la falta de dinero y trabajo las tuvieran viviendo de la generosidad familiar y pública.

Arrodillada junto a su hija, a Leslie ya le cuesta cargarla. Está agotada, pero enamorada de esta hija que jamás estuvo entre sus planes. Porque ella nunca pensó que podría ser madre, nunca se ha proyectado y es así como también ve su futuro. “No pienso en el mañana, lo único que quiero es que la Catalina sea feliz, que tenga todas las oportunidades que yo no tuve y que no pase por todo lo que yo pasé”, explica.

Y asegura que Dios la bendice, porque así como su hija está sana y no heredó la enfermedad que va debilitando sus huesos cada día más (síndrome de Morquio), piensa que no murió al dar a luz porque aún tiene muchas cosas que hacer. “Creo que ahora sí soy algo importante…”, suelta, pero su madre, que no se le despega, la interrumpe: “¿Cómo que ahora eres importante? Tú siempre has sido importante”, le susurra acariciándole la nuca. Leslie sonríe, asiente dulcemente, tratando de parecer convencida y feliz, como siempre.

Porque Leslie “Dulzura”, en sus 21 años nunca lo ha pasado bien. Su mirada cautelosa y desafiante la delatan en sus amarguras. Las mismas que le han dado la firmeza con la que enfrenta la vida, a pesar del miedo que casi la devoró cuando los médicos le recomendaron ir a Santiago para terminar su embarazo. “Me dijeron que la niña venía bien, pero que era yo la que corría peligro de morir o quedar paralítica. Siempre tuve miedo, pero nunca se lo dije a nadie porque mi hija era lo más importante. Yo le había a dicho a José Luis que si llegaba a pasar algo, él tenía que salvar a la niña, porque ése era mi deseo”, afirma con bravura.

Balanceándose en el sillón como una niña y con las manos entrelazadas hacia el cielo, repasa este año de exposición pública que la tienen convertida en alguien “famoso”, pero que en su inocencia reconoce con tristes costos personales: “Me dolió que me dijeran enana. Siempre me ha molestado esa palabra, desde chica que la vengo escuchado, y no sé, es triste porque yo nunca me he gustado como soy y verlo en todos los medios me hizo sentir mal”, cuenta con sus ojos perdidos en la ventana de la habitación.

Leslie nació con una asfixia grave el 20 de septiembre de 1984, pesando 2.960 gramos y midiendo 50 centímetros. Recién a los ocho días de nacida dio su primer llanto y permaneció hospitalizada por otros 31. Pero nada en su infancia despertó sospechas del mal que la aquejaba. A los ocho años se le confirmó su enanismo, unido a un retardo leve en el desarrollo sicomotor y la posibilidad de padecer el síndrome de Morquio. La enfermedad sólo le fue confirmada a los 13 años, cuando ingresó a la Teletón de Puerto Montt, ante el progresivo desgaste físico que día a día le quita fuerza a sus huesos y va consumiendo su movilidad.

En enero de este año sintió que la vida la golpeaba otra vez. Leslie estaba feliz junto a José Luis, de 23 años de edad, a pesar de los cinco años de un pololeo marcado por la oposición de todo el mundo, salvo la de sus madres y amigos más cercanos. Se quedaron pasmados: un test de embarazo confirmó que ella esperaba un hijo y el miedo los paralizó. Había que decirle a la madre de Leslie. “Ellos tenían miedo de cómo iba a reaccionar, pero ya estaba hecho y había que asumir, con mucho miedo por ella, pero feliz”, cuenta la risueña abuela. “La pequeña madre de Chile” -como dice Leslie que le gustaría que la llamaran- cuenta que su novio es tímido, que no le gusta hablar con gente que no conoce y que quizás por eso no contesta su celular. Habíamos quedado de juntarnos los tres y, alentada por ella, partí a buscarlo a su casa en la población Bernardo O'Higgins de Valdivia.

Una casa rosada de madera flanqueada por dos perros silenciosos me reciben. Los 190 centímetros de José Luis me sorprenden con una sonrisa tímida y amable. Sus ojos azul oscuro gimotean y me invita a pasar. “¿Me puede esperar, por favor?”, me dice nervioso y con la cara sonrojada, como cada vez que habla.

Lo espero en su living-comedor verde acuoso, donde el olor del pan recién horneado en la cocina a gas, plantada en uno de sus extremos, alborota con gusto el sentido del olfato. Las paredes tapizadas de cuadros con diplomas de licenciaturas de sus hermanos -tres mujeres y un hombre-, lecturas religiosas, odas al Día de la Madre y el cuadro de “La última cena” tallada en madera, me entretienen mientras permanezco sentada en un sillón tapado con un cobertor multicolor tejido a crochet, el mismo revestimiento que acompaña a dos sillones más y las sillas del pequeño comedor.

“Estoy listo”, me dice, reversionado ahora con unos pantalones beige deportivos, una polera roja, una chaqueta de buzo azul, el pelo mojado y las dos argollas que le cuelgan de su oreja izquierda.

Leslie nos recibe de regreso y un tímido beso en la cara los acerca. Se sientan en sillones separados y apenas se miran, temerosos pero cómplices, como dos niños que fueran descubiertos en alguna diablura. La señora Gladys y la tía Maruja rondan en silencio.

“¿Qué fue lo primero que te gustó de Leslie, José Luis?”. Su palidez nuevamente se enciende y estalla en sonrisas nerviosas. “Sus ojos… no sé… es que ella es diferente a todas las otras personas, pero no sé cómo explicarlo”, reitera tímido y se queda callado nuevamente. Pero ante la misma pregunta, Leslie descarga desenvuelta que él la cautivó por su simpatía y porque se entienden hablando de todo. “Él se me acercaba a molestarme siempre; me tocaba las manos, como para que yo lo pescara”, cuenta coqueta.

Doña Gladys se asoma y pone a Catalina en brazos de su padre. La cara de José Luis se ilumina y reaparece el niño que habita en ese cuerpo de hombre inmenso. La llena de besos, sus movimientos son suaves y sabe acurrucarla con ternura, meciéndola con cuidado, frente a la cara embelesada de su novia.

“La primera vez que él me besó íbamos saliendo del colegio y allí me tomó por sorpresa, tirité, porque nunca me había pasado algo así”, recuerda Leslie. “Tuvimos muchos problemas porque todos nos criticaron. Los profesores no nos dejaban tranquilos y nos decían que había una regla del colegio que prohibía pololear a los alumnos, pero eso era mentira porque había otros que lo hacían; era con nosotros el problema, porque no les gustaba que ella fuese tan chica y yo tan grande”, relata el novio, citando las penas que pasaron en la Escuela Especial Walter Schmidt de su ciudad natal. Allí ella estudiaba corte y confección, y él panadería, oficio que espera ejercer cuanto antes para poder juntar plata y mantener a sus mujeres.

Ahora se ríen de eso y continúan esperanzados en su matrimonio, que será en algún día de diciembre, con una celebración sólo para la familia y un traje de novia para Leslie que, según cuenta, le fue prometido por una tienda de Valdivia.

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