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Soles y manchas...

admin @ Sun, 2005-10-09 06:00

La política -como el amor- se articula en torno al poder, y se basa siempre en una cesión de autoridad. Así como no hay amante al cual no le brillen los ojos cuando el otro se le entrega, así tampoco hay político a quien no le resplandezca la mirada al tener, finalmente, el poder en sus manos: como un animal triunfante gozará, y con pleno derecho, de su proeza.

Tal como hay amor del bueno, se da también entre nosotros el cariño malo: atormentado, neurótico, terrible. Todo depende de cómo nos comportemos, o de qué manera nos traten, o incluso de la suerte impía, que diría la Violeta Parra. Sin embargo, por muchas que sean las amarguras del amor, no renunciamos a sus deleites. Desaparecería la especie si así lo hiciéramos.

Si del amor suele aparecer primero el lado feliz, ese resplandor del alma o del cuerpo en anhelo, en el caso de la política -que también es un arte de los demás- vemos ante todo la suciedad. Siempre hay alguien dedicado con entusiasmo a señalar la mugre. Ambos ejercicios, el de la política y el del amor, se desarrollan en base a relaciones con otros, y son indispensables para nuestro bienestar. En los dos casos hemos de lidiar tanto con afectos como con odios, con la parte hermosa y el lado oscuro de las personas, con esa capa de halitosis y mala leche que todos los humanos llevamos como regalo de nuestra naturaleza dual.

Tal como hay un amor que nos conviene y otro que no, también existe una política decente y otra que no lo es. La diferencia es que mientras el amor, pudoroso, esconde sus pasiones en la zona del dormitorio o en otros lugares privados, la política es -debe ser- una actividad abierta. Aquella política basada en secuestrar personas o cortar miembros humanos no ha sido proclive a dar la cara: sus autores y sostenedores decían antes que no pasaba nada, y hoy, comprobado todo, sostienen que no eran ellos... Pero no sólo se esconde la política durante las dictaduras. También en democracia persisten los actos opacos de una política mala, hecha a espaldas de sus usuarios, los ciudadanos: no quiere mostrarse el poder cupular en esas zonas donde los candidatos del mismo bloque se sacan entre sí los ojos y los candidatos de posiciones encontradas, en cambio, fluyen en amable compañía porque los cargos están precocinados. Aunque venial, el pecado subsiste y su principio es el mismo.

La política -como el amor- se articula en torno al poder, y se basa siempre en una cesión de autoridad. Así como no hay amante al cual no le brillen los ojos cuando el otro se le entrega, así tampoco hay político a quien no le resplandezca la mirada al tener, finalmente, el poder en sus manos: como un animal triunfante gozará, y con pleno derecho, de su proeza. No es fácil el amor, ni gratis la conquista del poder público. Y si es sabio tolerar y hasta celebrar los traspasos de poderío en el ámbito privado, ¿por qué no habría de serlo en el ámbito público? Lo relevante no es tanto el deseo de poder, o la satisfacción al obtenerlo o cederlo, sino el modo como se conquista y el talante con el cual se ejerce: esa es la zona viva de la política. Ahí está lo medular del debate.

Pero nos quieren vender hoy la idea de que todo uso del poder es abuso, y que la política es de por sí despreciable. Quienes alegan en contra del poder venga de donde venga insisten en no distinguir lo bueno de lo malo. Devoran felices las mieles de la democracia, pero en cuanto pueden ensucian el plato o muerden las manos de quienes les dan de comer. Del mismo modo que en otro tiempo la izquierda creía que el dinero siempre es malo, así también hoy estos ideólogos de la suciedad cívica parecen gozarse de los fracasos colectivos. ¿Por qué va a ser siempre amarga la política? ¿De dónde emerge esta idea tan caprichosa? Hay naciones que prosperan bajo el gobierno de políticos responsables y prudentes. Las hay, en cambio, que se hunden en los fangos de la corrupción, la discordia, la apatía o la falta de logros colectivos.

El poder existe, y es determinante para nuestra seguridad y prosperidad. De lo que se trata es de dejarlo ejercer y ejercerlo a la vista de todos, con virtud, como decían los clásicos. Virtud no es un producto que podamos encontrar en los supermercados: se trata del antiguo equilibrio de las cosas humanas.

Opinaba Lutero que en todo coito, siempre, hay pecado: la idea era negar la sexualidad, tal como la idea de hoy es negar la política. Contra estas visiones algo primitivas se nos despliega la razón final de los esfuerzos humanos: relacionarnos con los demás, buscar el fruto común, asumir los riesgos de la existencia, sentir la pasión en el cuerpo y el espíritu, siempre atentos a la brújula de la sensatez.

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