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Desde el hampa... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Desde el hampa...

admin @ Sun, 2005-10-09 06:00

Mira”, me confidenció levantándose la manga de la camisa. Y pude ver la escalera de tajos que subían desde sus muñecas. “Uno se los hace para que no te lleven preso y te manden a la enfermería. Pero cuando los pacos te ven las marcas, te mandan al tiro pa' dentro. No hay caso, no puedo salir de esto. Es mi condena”.

Cuando cae el telón enlutado de la noche en Santiago, cada esquina, cada rincón, cada sombra nos parece un animal enroscado acechando. Porque esta urbe se ha vuelto tan peligrosa que hasta la respiración de las calles tiene ecos de asalto y filos de navaja. Sobre todo en fin de semana caminando en el cemento mojado donde los pasos resuenan a fugas aceleradas porque alguien viene, alguien te sigue, alguien se acerca con un deseo malandra y negras intenciones. Y al pedir un cigarro, uno sabe que la llama del fósforo va a iluminar un cuchillo. Uno sabe que nunca debió detenerse, pero estaba tan cerca, a sólo unos pasos, y al decirle que fumo barato, igual me dice que bueno aspirando mi tabaco ordinario. Igual me busca conversa y de pronto se interrumpe. Se queda en silencio mirándome fijo. Y yo, tartamudo, lo cuenteo hablándole sin pausa para distraerlo, pensando que viene el atraco, el golpe, la sangre. En hemorragia de palabras no dejo de hablar mirando de perfil por dónde arranco. Pero el chico, que es apenas un jovenzuelo de ojos mosquitos, me detiene, me chanta con un: yo a ti te conozco, tú soi el escritor, te vi en el diario. ¿No es cierto? Bueno, sí, le digo respirando hondo más calmado. ¿Teníai miedo?, me pregunta. Un poco, me atreví a contestar. A esta hora es muy tarde y uno nunca sabe… No te equivocaste, dijo soltando la risa púber que iluminó de perlas el pánico de ese momento. Yo te iba a colgar, loco, agregó sonriendo, mostrándome una hoja de acero que me congeló el alma colipata. Te iba a hacer de cogote, pero cuando te reconocí me acordé que te leía en Canadá. Pero no creo que el diario llegue tan lejos. ¿Estuviste en el extranjero? No, ni cagando. Yo te digo en cana, en la cárcel, salí hace poco; allá adentro, todos los locos te cachan, y se corren tus crónicas, y nos cagábamos de la risa con las güeás que contái. Por eso no te colgué, porque te cachamos como de nosotros. ¿Cómo así?, dije sorprendido. Con alma de navaja, pos, loco. Allí pude reírme relajado y lo escuché contarme su vida entera. Íbamos caminando por la calle húmeda, estilada de estrellas, libres en la noche pelleja del Santiago lunar. No había pasado más de una hora desde ese aterrado encuentro, y ya éramos cómplices de tantos secretos suyos, de tanta vida aporreada por sus cortos años chamuscados en delincuencia y fatalidad. Y qué otra cosa voy a hacer, me dijo triste. ¿Cómo voy a trabajar con mis papeles sucios? En todas partes piden antecedentes y si me encuentran los pacos les tengo que mostrar los brazos. Mira, me confidenció levantándose la manga de la camisa. Y pude ver la escalera de tajos que subían desde sus muñecas. Uno se los hace para que no te lleven preso y te manden a la enfermería. Pero cuando los pacos te ven las marcas, te mandan al tiro pa' dentro. No hay caso, no puedo salir de esto. Es mi condena. Pero se pueden borrar con aceite humano o rosa mosqueta, le dije para consolarlo. No resulta, igual vuelven a aparecer las cicatrices, por eso en verano no uso manga corta.

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