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La revolución familiar... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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La revolución familiar...

admin @ Sun, 2005-10-09 10:00

Ángela no es una madre soltera en sentido estricto. En esta casa no hay padre, ni presente ni ausente. Son madre e hija. Una familia completa en sí misma. “Mucha gente que antes no quería o no podía formar una familia tradicional, ahora sí puede crear una. No la clásica, la de siempre, sino la suya propia. Seguramente, si no hubiera tenido la vía de la inseminación, ahora yo estaría sola. Habría una familia menos”, dice la madre de la criatura.

La ciencia, el aumento de la esperanza de vida en quince años de media, la creciente independencia de las mujeres, el desarrollo económico y la tolerancia social hacia el ejercicio de las libertades personales están detrás de la historia de Ángela y Ana y de otras muchas familias españolas. De una metamorfosis que se viene gestando de puertas adentro en los hogares desde hace 25 años. La revolución familiar.

La aprobación en el Congreso de los Diputados, el pasado 21 de abril, de la ley de matrimonio entre parejas del mismo sexo –y las 40 bodas a que, por ahora, ha dado lugar– es sólo el último y más llamativo episodio de una serie de cambios complejos en el entramado familiar de este país. La familia nuclear clásica, compuesta por un hombre y una mujer casados y con voluntad de tener hijos, sigue siendo el modelo mayoritario, pero, desde luego, ya no es el único que se practica abiertamente y que goza de plena aceptación social.

Surgen, orgullosos, otros tipos de familia que antes o no existían –como la maternidad asistida y en solitario de Ángela–, o no contaban con gran prestigio social –segundas parejas, madres o padres separados con sus hijos, individuos que viven solos–, o, directamente, permanecían en la semiclandestinidad, como las parejas y familias homosexuales con hijos.

En los ochenta, en los noventa, cada vez con más frecuencia y en todas las clases sociales, todo el mundo empezó a tener amigos divorciados, familiares que se iban a vivir juntos sin casarse, vecinos que vivían solos porque sí o algún conocido que convivía con una pareja del mismo sexo. Pero la demografía no es una ciencia de respuesta rápida y diez años es el periodo que considera mínimo para revisitar una población y comprobar qué hay de nuevo. Fue el censo de 2001 el que puso las cartas sobre la mesa. Ese año, además de contarnos, el Instituto Nacional de Estadística, nos preguntó cómo y con quién vivíamos. Las respuestas eran voluntarias. Los resultados, una foto fija de una realidad muy movida, dejaron pasmados a los propios profesionales.

Más de un millón de personas viven –vivían en 2001– en pareja sin estar casados, un 155% más que en 1991. Uno de cada cinco bebés nace fuera del matrimonio, el doble que en 1991. Hay casi medio millón de hogares encabezados por una persona (mujer, en un 87%) divorciada con sus hijos a cargo, el doble que una década atrás. Casi tres millones de españoles viven solos. Y, por primera vez en la historia de la demografía española, 10.500 hombres y mujeres declaraban libremente que son homosexuales y que conviven con sus parejas afectivas del mismo sexo.

Ésta era, en 2001, la realidad de la familia española. El retrato seguramente se ha quedado viejo. En cualquier caso, es el último. El único que, con documentos en la mano, podía tener en mente el arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela, cuando declaró, el pasado 15 de mayo con motivo de la legalización del matrimonio gay y en vísperas de asistir a la manifestación contra la misma convocada por el Foro de la Familia: “La familia atraviesa uno de los momentos más difíciles de su historia”.

Son muchos los que no comparten esta apreciación. Algunos de los nuevos –y de los viejos– modelos familiares que conviven en las ciudades y los pueblos españoles ilustran estas páginas. Sus protagonistas han querido presentarnos a su familia.

–Ésta es Jana –dice Marina a sus amigas del cole en la fiesta de su noveno cumpleaños señalando a una invitada más pequeña, siete años, que el resto de la panda.

Marina es tan explícita como Ana. Los niños dicen siempre la verdad. Los Martínez-Arranz son, en la jerga sociológica, una familia reconstituida. Una de las 233.000 que se declararon como tales en el censo de 2001. José y Lourdes, cuarentones, divorciados de sendos primeros matrimonios, crearon un nuevo hogar cuando tuvieron a Vera, de dos años, su única hija común. José tiene una hija de su anterior esposa: Marina. Lourdes, dos: Helio y Jana. Viven todos juntos. Bueno, Marina viene y va. Este curso escolar le toca estar con su padre, pero el anterior y el próximo estuvo y estará con su madre, dado que ambos ex cónyuges tienen la custodia compartida de la niña. La madre de Lourdes es viuda y vive en casa a temporadas para cuidar de todos mientras su hija, azafata de Iberia, vuela por el mundo. No, las teleseries no se inventan nada. La realidad es mucho más interesante.

políticos y estudiantes se reunieron en un palacio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid) para debatir sobre familias como la de Ana Bautista o la de Marina Martínez. La socióloga Constanza Tobío fue la directora del curso Nuevas formas familiares del siglo XXI, programado por la Universidad Complutense. Los cambios en la estructura familiar y su visibilidad social han sido tan rápidos que los especialistas tienen que pararse a pensar. “Aparecen nuevas formas de parentesco distintos a la concepción clásica de lazo de sangre o conyugal. ¿Qué relación hay entre hijos de uniones anteriores que no son hermanos, ni hermanastros, pero que conviven como tales? ¿Es eso parentesco, es familia? Creo que sí, son nuevos vínculos, pero no sabemos aún cómo llamarlos”, admite Tobío.

Esta profesora de la Universidad Carlos III, bregada en muchos congresos internacionales, está acostumbrada a ilustrar a sus colegas extranjeros sobre las peculiaridades del caso español. El ejemplo de España es inédito en el mundo, sostiene. “Es como si la historia hubiera estado congelada durante 40 años y, a finales de los setenta, empiezan todas las transiciones”, sostiene. “La política, claro, pero también la demográfica y la revolución de género. La esperanza de vida sube. La natalidad cae en picado. Las tasas de actividad laboral de la mujer se doblan (del 30% en 1975, al 70% hoy) y se produce un desplazamiento de cinco años en la edad de la primera maternidad (hoy, 29 años)”. Y todo eso ocurre muy rápido y todo a la vez. Esos cambios, que en otros países se inician tras la Segunda Guerra Mundial y ocupan 50 años, aquí culminan en 25. Y llevan consigo una profunda transformación social.

“La familia nuclear clásica pierde su hegemonía desde el punto de vista de su práctica y su aceptación social, y ahora vemos una situación de gran desarrollo y diversidad familiar”, añade Tobío. “Es la primera gran revolución de la familia desde el punto de vista de la voluntad y de la libertad. Ya no se trata sólo de crear familia como espacio de supervivencia, sino como una elección personal y una búsqueda de la felicidad. Hay una eclosión de distintos tipos de familia, de enriquecimiento de la misma como institución social, y, todo, con unos índices de normalidad y tolerancia social enormes. Cuando cuentas esto fuera, muchos sesudos demógrafos y sociólogos sajones o nórdicos, habituados a ser los más desarrollados, se quedan perplejos”.

una flemática profesora de Sociología de la Universidad de Oslo. La señora Noack vino a El Escorial a dictar una ponencia sobre la evolución de las parejas homosexuales registradas en Noruega en los 12 años de vigor de la ley en ese país. Una norma que las excluye expresamente de la adopción y el acceso a la reproducción asistida. “Los homosexuales se casan en menor proporción que los heterosexuales. Hay más uniones de gays que de lesbianas. Ambos se divorcian en mayor grado que los heterosexuales. Y, atención, las lesbianas se separan el doble que los gays y el triple que los heterosexuales”, vino a decir.

cuando claudicó ante el bombardeo de preguntas de los asistentes. “¿Es usted partidaria de que los homosexuales adopten? ¿Cómo evolucionan los hijos en las familias homoparentales? ¿Qué le parece la ley española de matrimonio gay?”. Noack, muy científica, presentó sus excusas: “Sólo tenemos 70 niños nacidos en parejas del mismo sexo y aún no hay datos sobre su desarrollo. Y, por supuesto, no tengo opinión al respecto. Creo que se está produciendo una sobrevaloración de un fenómeno que es aislado. La familia más común en Noruega es la de un hombre y una mujer que se casan y tienen dos hijos”, zanjó, sobrepasada.

En España también. El censo que destapó en 2001 la diversidad familiar constataba que casi la mitad (45,6%) de los hogares están habitados por una pareja y sus hijos. Como la de Isabel Gaspar y Pablo Sancha, un matrimonio de profesionales cuarentones casados por la Iglesia (7 de cada 10 bodas se celebran ante el altar) y sus hijos Fabio y Mauro. O sus amigos y vecinos, Marival y Fernando, casados por el juzgado (opción que gana terreno, pero minoritaria), y sus hijas, Irene y Lucía.

Pero si se empieza a tirar del hilo y a ampliar el círculo a la familia extensa, a los padres, hermanos, tíos, primos o sobrinos, en casi todas las familias aparece una hermana divorciada, un sobrino que convive con su novia, un nieto nacido fuera del matrimonio. Una casa distinta. Esta revista quiso incluir una fotografía de una gran familia al modo clásico. Abuelos, hijos e hijas, nueras y yernos, nietos y nietas. Todos felizmente casados y con descendencia. No fue posible. Esas sagas existen, faltaría más, pero muchas de ellas ya no son tan ideales, tan homogéneas. Han ido cambiando sobre la marcha.

Los abuelos de hoy, niños de la guerra o la posguerra, han vivido el terremoto sociológico en su casa y en su prole. Muchos padres, unidos en santo matrimonio hace décadas, han casado a sus hijos mayores por la Iglesia, a los medianos por el juzgado y a los pequeños por ningún sitio porque se han ido de casa a los 30 años para vivir con su pareja sin papeles. Eso si se han ido. Ven venir (y llegar) las separaciones; cuidan a los hijos de sus hijas trabajadoras; van a menos bodas, bautizos y comuniones. A muchos no les gusta lo que ven. Pero ahí están. Recibiéndoles a todos a comer una paella los domingos.

que haya sufrido una transformación tan profunda en los últimos 25 años como la familia”, constata Julio Iglesias de Ussel, catedrático de Sociología de la Universidad de Granada y ex secretario de Estado de Educación con el Partido Popular. Recuérdese, apunta, que hasta 1981 no se legalizó el divorcio. Oficialmente, hasta entonces no había matrimonios separados ni familias recompuestas. Las queridas y los bastardos no contaban, por supuesto. “El sistema legal y social imponía un modelo concreto. El Código Penal protegía a la familia nuclear penando, por ejemplo, el adulterio. Eso ha cambiado radicalmente, y la familia ha probado su capacidad de adaptación resistiendo los embates”.

Iglesias de Ussel no ve tanta novedad en los nuevos modelos familiares. “Las pasiones son tan antiguas como la Humanidad, nadie está inventando nada. Antes, también existía la diversidad, la heterogeneidad, lo que se llamaba entonces la desviación, pero o se iban al extranjero o se escondían en casa. Lo que ocurre es que ahora quieren legitimidad y se reivindican como familia”, sostiene.

Ya lo dijo Benigno Blanco, presidente del Foro de la Familia, horas antes de la manifestación que recorrió Madrid “en defensa de la familia” con motivo de la aprobación del matrimonio gay. A la pregunta de cómo define la familia esta organización, Blanco, que también fue secretario de Estado con el PP, detalló: “Estamos defendiendo el matrimonio como una institución formada por un hombre y una mujer libremente, con vocación de estabilidad y en principio abierta a la vida. Familia es el haz de relaciones que sale de esa realidad”. Y sí, explícitamente, según él, la familia se siente “agredida” por el matrimonio gay.

Ussel no ve el peligro. “Aún hay poca secuencia temporal, pero no creo que la familia nuclear heterosexual tenga sombra en su horizonte. La convivencia de modelos no tiene por qué tener efectos perturbadores de uno sobre otro. Entre otras cosas, son porcentajes muy distintos”.

En España no existe una contabilidad tan meticulosa como la que lleva la profesora Noack en Noruega. Pero Julia y Teo son dos de los contados niños nacidos en el seno de una pareja homosexual española. Cuando Julia Sevillano los adopte tras casarse con Esther, su madre biológica, serán hijos de mamá y mamá. En la práctica, ya lo son. Julia, Esther y sus hijos se consideran una familia. Como Isabel, Pablo, Fabio y Mauro. Como Ángela y Ana. Como José y Lourdes y todos los niños que crían, cada uno de su padre y de su madre.

Si se les pregunta qué es una familia, qué argamasa mantiene unida a la suya, las respuestas varían poco. “Quererse, hacerse bien, vivir y crecer juntos”, dicen las madres de Julia y Teo. “Amor, respeto, atención, curiosidad, optimismo”, enumera Isabel. “Amor, ganas de estar y evolucionar juntos”, redunda Elena, madre de Yun, de dos años, a la que fue a buscar en febrero a un orfanato de Chongqing (China), en cuyas calles la habían abandonado sus padres biológicos. “No soy una defensora acérrima de la familia”, aporta Ángela Bautista, la madre de Ana, “también las hay nefastas: padres que machacan, madres que castran, hijos que maltratan. Pero es el sistema menos malo que hemos encontrado para crecer y desarrollarnos”.

para que todo siga igual. Y es que la familia sigue siendo, con todos sus avatares, un lugar donde apetece estar. “El ser humano necesita una estructura de acogida fiel y segura para poder desarrollarse en armonía emocional e intelectualmente. La familia es un lugar de encuentro intergeneracional, un espacio de privacidad y un entorno de confianza que no es fácil hallar en otro lugar en nuestro mundo”, apunta Francesc Torralba, filósofo y teólogo de la Universidad Ramón Llull y experto en bioética y nuevas familias. “A pesar de todos los cambios, no han surgido comunas ni eremitas que se vayan a vivir al monte, la gente quiere hacer familia”, concluye, más gráfico, Iglesias de Ussel.

“La familia es, por encima de todas, la institución mejor valorada en todas las encuestas”, ilustra Constanza Tobío. “La familia a secas, sin especificar cuál, incluyendo el hogar familiar y la red familiar”. Por algo será. Expertos de distintas tendencias políticas coinciden. La familia ha sido y es, entre otras cosas, el colchón de las personas frente a una Administración que la ignora. “La crisis de los ochenta fue en gran parte superada gracias al soporte invisible que ha sido para los jóvenes que no se han emancipado”, dice Iglesias. “La nueva familia extensa, esos abuelos al quite, ha permitido el acceso de la mujer al mundo laboral, supliendo la falta de políticas de conciliación eficaces”, añade Tobío. “Son una ONG: abuelos sin fronteras”, asiente José, el papá de Marina. “Yaya –la madre de Lourdes– y mis padres son como la red que protege a los trapecistas”.

Amparo Marzal, directora general de las Familias, fue otra de las invitadas en El Escorial. El plural de su cargo da idea de la apuesta del actual Gobierno por la diversidad familiar, pero de momento Marzal sólo pudo avanzar proyectos en marcha, como “la futura ley de atención a los dependientes, la mejora de los permisos a madres y padres por necesidades familiares, el incremento de la oferta de educación para menores de tres años, o la regulación de los efectos jurídicos, sociales y fiscales de los distintos modelos familiares”.

a rebufo de la realidad. Hasta este verano, 17 años después de la aprobación de la Ley de Reproducción Asistida, no se reformó el artículo del Código Civil que obligaba a incluir un nombre de varón como padre en la partida de nacimiento. Aunque no hubiera padre. De hecho, Ana Bautista, concebida por inseminación de donante anónimo, figura en su libro de familia como hija de un tal José. “Dije que, como me obligaban, pusieran Pepe –de padre putativo–, pero me contestaron que no se podía poner un diminutivo, así que le ascendí a José”, recuerda la madre de la niña.

las nuevas y las viejas, votan. La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, poco sospechosa de vanguardismo en materia de costumbres, ha prometido viviendas públicas para separados. Y acaba de desmarcarse del anunciado recurso de inconstitucionalidad a la ley de matrimonio homosexual anunciado por el Partido Popular proclamando que “no es oportuno políticamente”. “Soy la presidenta de todos los madrileños, también de los gays y lesbianas”, declaró. Margarita Uría, portavoz del PNV en el Congreso, se mostraba ufana de haber conseguido, con motivo de la reciente ley que agiliza el divorcio, introducir un artículo que “obliga a los cónyuges a compartir las tareas domésticas”. “Es la iniciativa de mi grupo que mayor interés internacional ha despertado nunca”, presumía su señoría.

En este sentido existe el riesgo de, como advierte Constanza Tobío, “pasarse de modernos”. “Se ha anunciado que la ley de Igualdad contemplará un permiso de paternidad. Estupendo. Pero es empezar la casa por el tejado. Eso se hizo en los países nórdicos cuando ya había una malla de guarderías públicas, mientras aquí, de momento, ni siquiera existe la figura del permiso por enfermedad de un menor”, dice. Esto no es Suecia. La realidad es la que es. En 2004, sólo el 1,4% de las bajas por nacimiento fueron disfrutadas parcialmente por los padres de las criaturas.

La realidad se complica. Tobío y sus colegas de El Escorial no pueden bajar la guardia. “Antes, seguir a un individuo era relativamente sencillo: nacía, se casaba, enviudaba y fallecía. Ahora, ese mismo individuo puede pasar por media docena de estados civiles –emparejado, casado, divorciado, emparejado pero sin convivir, padre solo– a lo largo de su vida, y eso sin registrarse en ninguna parte. Habrá que espabilar o ponerles un GPS”, bromea. Hay realidades que les han dejado sin palabras.

De momento, desde los expertos con tres carreras hasta los niños de 10 años acuden, como Marina Martínez, a una acumulación de frases subordinadas: “Jana es la hija de la novia de mi papá”.

para nombrar el vínculo que une a Jana y a Marina, dos niñas que viven juntas y son cada una de su padre y de su madre. El abuelo paterno de Marina, José María Martínez, tiene 77 años y es natural de Cabezamesada (Toledo): “En mi pueblo se llamaba el andao al hijo que aportaba al matrimonio un viudo cuando se volvía a casar. O una madre soltera que se casaba con otro hombre. Digo yo que fuera porque esos niños ya iban andando a la boda. Mire usted en el diccionario, que seguro que viene”.

Diccionario de la Real Academia de la Lengua. ‘Andado': “(Del latín ante natus: nacido antes)”. Definitivamente, como dice Ussel, casi todo está inventado. Lo que sucede es que ahora todos quieren su sitio en la plaza, bajo el sol.

Su historia es un bolero. Novios a los 20, se reencontraron casi a los 40, separados y con hijos. Pero “20 años no es nada” y volvieron a enamorarse. Cada uno en su casa, intentaron “espacios de convivencia”: días libres, vacaciones, para “ensamblar la relación de todos con todos”. “Eso y el que los niños fueran pequeños facilitó el acople; eso sí, con discusiones, alianzas y contralianzas cotidianas, es decir, como hermanos”. Vera, un “nexo” adorable, inauguró la casa común. Marina va y viene, pero siempre está al llegar. “La custodia compartida es la mejor decisión que tomamos mi ex mujer y yo por nuestra hija”, dice José. “Esta casa es un lío, sí, pero la vida es compleja y somos felices”. En la nevera, un forges: un crío le pregunta a otro: “¿Tus padres se llevan bien”. Respuesta: “Casi todos, sí”.

Son una nueva familia de libro. Esther parió a los mellizos, concebidos por inseminación artificial. Antes lo había intentado Julia. Comparten dos casas gemelas con Rafa (padre biológico de los niños) y su novia, Rosana. Pero oyéndolas, su historia suena muy familiar. “Llevas diez años juntas. Ves que tienes casi 40, que te sigues amando, que quieres compartir el cuidado y el cariño de unos hijos y no te quieres arrepentir de no haberlo intentado. Pensamos que sería más bonito que el padre fuera un amigo querido, como Rafa, que un donante anónimo. Una familia son las vivencias, vivir y crecer juntos. Nos queremos, nos hacemos bien. Quizá no reproduzcamos el modelo familiar tradicional, pero la base es ésa, lo que mamamos en casa, el calor y el amor que tuvimos en la infancia”.

“Me enamoré de Pablo a los 16 años y sigo así. Yo trabajaba de modelo y tenía el campo abierto. Pero en vez de tirarme al monte, me tiré al redil”, ríe Isabel. Se casaron por la Iglesia, “por marcar un antes y un después, por institucionalizar la pareja”. “El juzgado me parecía cutre e irnos a vivir juntos era como salir por la puerta de atrás”, añade. Tuvieron a los niños cuando se estabilizaron laboralmente. Isabel es “quien lleva la casa” y tiene un modelo: “Mi madre, que siempre estaba ahí”. “Ella tuvo que renunciar a mucho, pero yo no renuncio a ser mujer, pareja y profesional, son otros tiempos”. Se consideran una familia “clásica de hoy”. “Familia es un hombre y una mujer. Aún me cuesta ver con naturalidad una pareja homosexual con hijos. No sé justificarlo con argumentos, pero así lo siento”.

Ramón Lara y Charo Rodríguez se casaron hace 47 años en la Santa Iglesia Magistral de Alcalá de Henares. “Hasta que la muerte nos separe”. Tuvieron tres hijas (Ana, Marival y Chus), un hijo (Juan Ramón, 33 años, ausente en la foto) y, por ahora, seis nietos. Una familia de toda la vida. Pero la hoja de ruta ha sido distinta de la que imaginaban. Han vivido en su casa muchos de los cambios que han sacudido a la familia española. Su hija mayor, casada joven, se separó pronto y volvió a casarse. Su nieta Adda, a la que casi criaron, vive con su novio sin papeles. Unos hijos se casaron por la Iglesia; otros, no. Unos nietos están bautizados, otros no. No ha sido una fiesta continua, pero tampoco un drama: “Hemos vivido la vida como ha venido. Los hijos buscan su felicidad. Les ves sufrir, ves las crisis antes de llegar, las vives con ellos. Nuestros hijos no han sido ni los primeros ni los últimos y nuestro sitio es estar siempre con ellos. Para eso somos una familia”.

Ángela siempre supo que iba a ser madre. “Era una cosa de tripas, pero no estoy loca. Lo hice cuando pude, cuando me asenté laboral y emocionalmente”. Como no encontraba un hombre con el que quisiera procrear, a punto de cumplir los 35 comenzó el proceso –seis inseminaciones– que la convirtió en madre de Ana año y medio más tarde. El abuelo, el tío, los amigos de mamá, su pareja… en la vida de Ana no faltan figuras masculinas. Pero no hay padre. “Tengo papá”, aclara la niña, “pero no se sabe quién es y él tampoco sabe que soy su hija, sólo dio su semillita. Mi familia somos mamá y yo”. La madre está “orgullosa” de su paso. ¿Lo peor? “La soledad cuando Ana cae enferma”. Lo mejor está a la vista. Eso sí, ni pensar en un hermanito. “¿Dos como ella? Demasiado para mí”.

La Nochevieja de 2000, María vagaba por Madrid huyendo de la fiesta y se encontró “tres veces” a Walla. Flechazo. “Había estado en Cuba becada como bailarina y allí me había enamorado de lo africano. Además salía de una relación con un niñato y Walla me pareció un hombre de verdad”. En marzo, él se instaló en su casa. “Estar con un africano no es mejor ni peor. Necesitamos un periodo de adaptación mutua, como tantas parejas. Hemos tenido crisis. Nada es blanco ni negro, nunca mejor dicho”, bromea María. Walla salió de Angola a los 16 años huyendo de la guerra –“su hermano Toy pisó una mina y le falta una pierna”–; pidió asilo, pero se lo denegaron. Sigue sin papeles. “Casi siempre le mantengo yo, pero estoy con quien quiero, me compensa”. María detesta, “tanto como el racismo puro”, el “multiculturalismo de salón”. “A Walla le invitan a sitios para dar color y ese punto de parque temático me molesta”. Por eso quiere que Iano sepa su orígen. “Viviremos un año en África, antes de que me pida la play, para que vea que hay niños como él que juegan con el barro”.

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