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El corazón humano de María: ejemplo de fe... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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El corazón humano de María: ejemplo de fe...

admin @ Sun, 2005-10-09 18:00

San Lucas hace dos referencias al corazón de la Santísima Virgen que llaman poderosamente la atención. La primera nos describe a los pastores quienes, convocados por un ángel del Señor, encontraron a la Sagrada Familia.

“Reconocieron las cosas que les habían sido anunciadas sobre este niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron de cuanto los pastores les habían dicho. María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón”. (Lc 2, 19).

En el mismo capítulo dos del evangelista, tras el episodio del niño perdido y hallado en el Templo, encontramos una segunda y muy similar referencia: “...Y su madre guardaba estas cosas en su corazón”. (Lc 2, 51).

La madre del Salvador guardaba estas cosas en su corazón. A la luz del Evangelio valdría la pena preguntarnos si esas cosas de Dios que aprendemos en la Sagrada Escritura, en algún retiro espiritual o en la Eucaristía misma, las estamos guardando en nuestro corazón. Pero además la dulcísima Madre de Cristo no sólo las guardaba, sino que además las ponderaba. ¿Sólo María era capaz, en su pureza y plenitud de gracia ponderar y guardar las cosas de Dios en su corazón?

Pensemos que la Virgen no solamente ha sido el más grande ejemplo de fe al decir al Ángel Gabriel: "Hágase en mí según tu palabra”, sino que la vemos como un modelo de amor humano. No es difícil imaginar a la Virgen Santa con el niño Dios en los brazos derramando amor y ternura, entregando su corazón plenamente a esa frágil criatura que es Dios mismo hecho hombre. Esa Madre amorosa que abrazaba al pequeño Niño es la misma que acogió en su regazo el cuerpo inerte del crucificado.

El mismo corazón que se llenaba de gozo y pronunciaba: “Mi alma glorifica al Señor”, es el que con el cuerpo exánime de Jesús en los brazos parecía escuchar: “¿A dónde se fue tu amado ¡Oh! la más hermosa de las mujeres? ¿A dónde se marchó el queTú quieres, y le buscaremos contigo?”. (Cant V, 17). Ese corazón entregado enteramente a Dios, aún antes de la anunciación, es el mismo que gime y solloza al pie de la cruz. Ese mismo corazón en el que se guardaban las maravillas que ocurrían en torno al Salvador es el que se remueve con fuerza de terremoto ante el sacrificio del Rey de Reyes. Y era un corazón humano el que daba tanto amor y sentía el más profundo de los dolores. Y ese corazón, el de María, era humano. Como el tuyo o como el mío.

Santa María no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús. Una vida y un corazón humanos pero de Jesús. ¿Podemos, acaso, tú y yo amar y entregarnos de igual manera? El corazón humano de María pudo hacerlo. Tú y yo tenemos su propio corazón como un escalón a la Puerta Santa que es Jesús. Con el ejemplo de la Santa Madre de Dios, no sólo sabemos que podemos amar a Cristo, debemos amarle así porque la tenemos a Ella misma como intercesora.

Corazón generoso y tierno corazón como por naturaleza es el de toda mujer que es madre, el de María nos inspira profundamente. Y podríamos admirar a la Virgen por amar al Niño Dios, de igual manera que admiramos a cualquier madre que sostiene a su pequeño en los brazos.

Si con facilidad podíamos imaginar la ternura de la escena en el pesebre, con gran dificultad podemos apenas hacer un esbozo en la imaginación de la Santísima Virgen recibiendo de José de Arimatea el cuerpo ensangrentado de su hijo. ¿Cómo imaginar el dolor de una Madre que limpia, con mano trémula, la sangre de su hijo? Remueve en lo más profundo aún a nuestro propio y durísimo corazón el pensar en la mirada de María ante el rostro desfigurado y atrozmente golpeado de Jesucristo. Y su corazón dolido estaba ahí, fiel, al pie de la cruz. ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Al pie de la cruz como el de la Santísima Virgen o escondido y alejado como el de los discípulos que abandonaron al Señor?

El corazón de María nos muestra todas las encontradas emociones que un corazón es capaz de sentir. Es el corazón de la Virgen uno tan grande y tan generoso, que es además nuestro propio refugio. Su corazón es, además de ejemplo y con dignidad sobresaliente para ser admirado, el consuelo para la aflicción.

Es a la Madre de Dios a quien hemos de acudir para pedirle que nos enseñe a amar más, a entregar más, a ser más justos, a rogarle que con su corazón dulcísimo nos proteja, nos enseñe, nos guíe.

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