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Balance del cardenal Rouco sobre el segundo Sínodo de los Obispos ......

admin @ Sun, 2005-10-09 18:00

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 9 octubre 2005 (ZENIT.org ).- Publicamos la intervención sobre la segunda asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos que presentó en la tarde de este sábado el cardenal Antonio María Rouco Varela, arzobispo de Madrid, en el acto de conmemoración del cuadragésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos.

El Siervo de Dios, Su Santidad el Papa Juan Pablo II, me hizo el gran honor de nombrarme Relator General de la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar en Roma del 1 al 23 de octubre de 1999. Recuerdo con viveza y emoción aquellos días de intenso trabajo y diálogo fraterno; como todas la Asambleas sinodales a las que he podido asistir, fue un verdadero acontecer de Iglesia. Las deliberaciones desembocaron en la confección de un amplio elenco de Propositiones que el Papa citará ochenta y seis veces en su memorable Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa”, firmada el 28 de junio de 2003.

A modo de evocación, sin pretensión alguna de exhaustividad, recordaré brevemente algunos datos referentes a la ocasión de aquella Asamblea Especial de 1999, a su composición y a sus argumentos centrales, retomados y ampliados luego en “Ecclesia in Europa”.

La ciudad de Berlín, símbolo de la división que marcó al Viejo Continente durante buena parte del siglo XX, fue el lugar escogido por Juan Pablo II para anunciar la convocatoria de la II Asamblea Especial para Europa, durante su viaje a Alemania en 1996.

Ése habría de ser, sin duda, para Europa el trasfondo del examen de conciencia al que la celebración del Gran Jubileo de la Encarnación en el año 2000 invitaba a toda la Iglesia Católica. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente, de 1994, el Papa había previsto la convocatoria de un Sínodo de carácter continental para América, Asia y Oceanía "en la línea de los ya celebrados para Europa y África" - escribía en aquel momento(2). No dejó de causar cierta sorpresa que, dos años después, en 1996, manifestara su voluntad de convocar de nuevo también un sínodo continental para Europa para "analizar la situación de la Iglesia ante el Jubileo" con la mirada puesta en la nueva evangelización del Continente. La II Asamblea para Europa vino así a ser la última de las continentales convocadas en orden a la renovación jubilar de la vida de la Iglesia, con las peculiaridades propias de la situación europea aludida.

Los 288 participantes que formaban la II Asamblea Especial para Europa procedían de todos los países del Viejo Continente y eran de todas las edades, desde veinticinco a ochenta y cinco años. La mayoría, como es natural, eran miembros del episcopado europeo, junto con algunos pocos de otros continentes. Allí estaban los presidentes de las 32 Conferencias Episcopales de Europa y de otras 10 circunscripciones eclesiásticas, 76 obispos elegidos expresamente por sus respectivas Conferencias para participar en esta Asamblea y 23 nombrados por el Santo Padre. A estos se añaden, igualmente como miembros de pleno derecho, 27 presidentes de los dicasterios romanos y 8 superiores elegidos por la Unión de Superiores Generales de institutos de vida consagrada. Con voz, pero sin voto, formaron parte del Sínodo 38 auditores, clérigos y laicos representantes de diversos ámbitos significativos de la vida eclesial, así como 10 delegados fraternos, representantes de otras confesiones cristianas. Por fin, 17 teólogos al servicio de la Secretaría especial y los 24 asistentes.

Este amplio grupo humano, en particular los obispos, hablaba todas las lenguas de Europa, conocía por experiencia situaciones tan diversas como las de las grandes ciudades del oeste y del este, desde Lisboa a Moscú, la de sociedades industrializadas y democráticas desde hace siglos o la de sociedades que habían salido hacía tan sólo diez años de la dura experiencia de los regímenes comunistas y se encontraban sumidas en la inestabilidad social y en la pobreza. El mayor de ellos, el cardenal Casimiro Swiatek, de Bielorrusia, con ochenta y cinco años, había sufrido durante largos años las cárceles soviéticas y había logrado escapar de una condena a muerte; el más joven, el obispo de la Rusia Europea, Klemens Pickel, con treinta y cinco años, vivía la experiencia del humilde, pero vigoroso renacer de la vida de la Iglesia en su inmensa diócesis. Allí estaban obispos que ejercen su ministerio en sociedades homogéneamente católicas (al menos culturalmente) y otros que trabajan en entornos donde sus comunidades no son más que una pequeña minoría.

Para la mayoría de los participantes, aquélla era la primera vez que se veían. Más de la mitad de los obispos ni siquiera habían participado nunca en una Asamblea sinodal. Sin embargo, la diversidad y el desconocimiento muto, como es habitual en nuestras Asambleas, cedieron ante la unidad católica casi palpable en tantas cosas: la liturgia, actuante de la presencia del único Señor; la presidencia del Papa, haciéndose puntualmente presente en el aula sinodal, mañana y tarde, y el mismo procedimiento sinodal.

Juan Pablo II, en su alocución a los hombres de la cultura y la ciencia en la catedral de Maribor-Eslovenia, citada en el Instrumentum Laboris (n° 24), había afirmado, en mayo de 1996, que "ésta es la hora de la verdad para Europa". El Mensaje final del Sínodo de 1999 fue una vibrante llamada a la esperanza a una Europa en la que se percibían, ciertamente, signos de vida, pero también preocupantes muestras de desfallecimiento y resignación. Entre los sinodales había una profunda sintonía en torno a este diagnóstico y también sobre los motivos fundamentales de la seriedad que encierra.

Tras la reunificación geográfica y política, pudo percibirse mejor la magnitud del daño espiritual causado por el humanismo inmanentista en sus diversas versiones ideológicas. En muchas regiones de los antiguos países comunistas la mayoría de la población está sin bautizar, mientras que en los países de tradición católica la transmisión de la fe a las nuevas generaciones aparece con frecuencia en peligro. La familia, la escuela, el trabajo y el ocio se alejan de la inspiración cristiana en la vida y en las leyes.

Sin embargo, siendo ésta la hora de la verdad para Europa, es por eso mismo igualmente la hora del Evangelio. La convinción de los sinodales era en este punto clara y esperanzada. El Papa aludía también a ella en la homilía de la misa de clausura: ésta es, como en el tiempo de la predicación de San Pedro, la hora del anuncio renovado del kerygma; "después de veinte siglos, la Iglesia se presenta en el umbral del tercer milenio con este mismo anuncio, que constituye su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él y en ningún otro está la salvación”(3).

En efecto, tampoco en Europa se puede presuponer ya nada. No se puede presuponer el conocimiento ni la comprensión de lo más elemental de la vida y de la fe cristiana. Hay que comenzar por el principio.

La palabra ha de ser fundamentalmente kerygmática, es decir, una propuesta esencial y nítida del misterio de Cristo(4). Una palabra que, por tanto, no se reduce nunca a hacerse eco de los tópicos, ni siquiera de los valores de la cultura europea de hoy, sino que remite al juicio de salvación que Dios ha pronunciado en la cruz del Hijo eterno sobre la humanidad. Una palabra que anuncia el perdón de los pecados, la resurrección y la vida eterna; que abre los horizontes del ser humano, tentado de encerrarse sobre sí mismo y alienado en la cultura de la pura inmanencia, a los horizontes de la Verdad, del Bien y de la Belleza plenos. La palabra de la nueva evangelización anunciará con humildad, pero con firmeza, que sólo el Espíritu de Cristo conduce al hombre a la verdad y a la libertad plenas, porque sólo en Jesucristo se ha dado el encuentro victorioso de Dios mismo con el tiempo y con la muerte.

La vida sacramental de la Iglesia es también parte ineludible de la nueva evangelización(5). En ella se prolonga el encuentro vivo del Resucitado con cada uno de sus seguidores de hoy. De la Eucaristía y de los demás sacramentos, brota la vida cristiana, que pone en los labios de la Iglesia la palabra y hace de su corazón y de sus manos instrumentos de la caridad del mismo Cristo. Los sinodales hablaron mucho de la renovación de la vida sacramental a la que va unida necesariamente la vitalización de la diaconía, del servicio del amor(6). De este servicio también se habló mucho, dado el inmenso abanico en el que puede y debe ejercerse: desde las instituciones de la vida política, social y cultural de Europa, hasta las obras de acogida de los inmigrantes y de apoyo de los que no tienen trabajo, de los ancianos y, en general, de los marginados en las sociedades "satisfechas" de occidente o en las todavía "insatisfechas" con los cambios recientes en el este.

La nueva evangelización tiene y busca sus instrumentos, de los que se habló con amplitud en la Asamblea sinodal; y tiene también su estilo. El diálogo es el instrumento y el estilo, a la vez, de la nueva empresa del anuncio de Jesucristo a los europeos de hoy: el diálogo con la cultura y con la sociedad, a través de instituciones adecuadas, entre las que destacan los centros escolares y universitarios, así como los sanitarios y asistenciales, sin olvidar, según recordó el cardenal Sodano, la presencia eclesial específica en las instituciones políticas; el diálogo ecuménico entre las diversas confesiones cristianas: se destacó, en particular, la necesidad de la mutua inteligencia y caridad entre católicos y ortodoxos, que no debe cesar de avanzar a pesar de las dificultades existentes; el diálogo interreligioso con los que profesan credos distintos, cuyo número crece hoy en Europa; diálogo que, como los anteriores, se ha de basar en la verdad y la comprensión recíproca a un tiempo.

En lo que toca, por así decir, al interior de la Iglesia católica, los llamados nuevos movimientos y comunidades eclesiales son uno de los instrumentos que el Espíritu Santo ha regalado a la Iglesia en orden la nueva evangelización. Pero en el Sínodo se hizo también un llamamiento al diálogo entre todos: los movimientos nuevos y las instituciones antiguas; y, por supuesto, a la comunión de todos con el Obispo en la Iglesia local, una de cuyas instituciones fundamentales sigue siendo la parroquia. La nueva evangelización nos convoca a todos y nos necesita a todos.

La Vieja Europa espera palabras de futuro y de esperanza. El Sínodo de 1999 y la Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa” salen al paso de esa espera con una propuesta y una llamada: Jesucristo y la conversión a Él, que tiene palabras de Vida eterna.

(1) Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Europa, Declaración 1, 1.

(3) Citado en Ecclesia in Europa, 18; CL 13-14; 18-22.

(4) Cf. Ecclesia in Europa, Capítulo III: "Anunciar el Evangelio de la esperanza".

(5) Cf. Ecclesia in Europa, Capítulo IV: "Celebrar el Evangelio de la esperanza".

(6) Cf. Ecclesia in Europa, Capítulo V: "Servir al Evangelio de la esperanza".

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