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Intervenciones ante el Sínodo en la mañana del 8 de octubre ...... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Intervenciones ante el Sínodo en la mañana del 8 de octubre ......

admin @ Sun, 2005-10-09 18:00

CIUDAD DEL VATICANO, domingo, 9 octubre 2005 (ZENIT.org ).- Publicamos el resumen que ha distribuido la Secretaría del Sínodo de los Obispos de las intervenciones de los padres sinodales que tomaron la palabra en la mañana del sábado, 8 de octubre, durante la décima congregación general de la asamblea.

El primer Sínodo del que participé fue el de 1983.En los últimos 15 años tomé parte en todos los Sínodos excepto en uno. En el curso de las presentaciones formales, durante la disceptatio generalis, me parece que el esquema de intervención no ha cambiado mucho de un Sínodo al otro. Según mi humilde opinión, parece que existe la tendencia, con alguna excepción, a hablar en términos formales y generales, sin centrar los problemas específicos y proponer posibles soluciones prácticas.

Considero que las interventiones liberae que se desarrollan cada tarde son más productivas porque se centran en problemas específicos y proponen soluciones posibles.

sacerdotes en cuanto celebrantes de la Eucaristía. Desde el punto de vista ascético y espiritual es uno de los mejores y más inspirados libros sobre el sacerdocio que yo haya leído. Subraya el gran don y la dignidad del sacerdocio, que es el don más grande que Dios pueda dar al hombre. El amor a la Eucaristía y su centralidad en la vida y en la fe de nuestro pueblo, depende en gran medida del sacerdote, de su fe, del tipo de vida que conduce, de su vida de oración, de su simplicidad de vida, de su disponibilidad en llevar a la Misa los propios sacrificios y del modo en el que celebra la Santa Eucaristía.

Deseo atraer vuestra atención sobre un libro titulado “Spirit of the Liturgy”, publicado en el año 2000 por el entonces cardenal Joseph Ratzinger. El libro es una síntesis excelente de desarrollo histórico y teológico de la Santa Liturgia de la Misa y aborda todos los aspectos de la Liturgia, desde la arquitectura de la iglesia al tipo de música. Este libro podría ayudarnos en nuestras resoluciones, porque propone discernimientos muy prácticos.

Una de mis preocupaciones e inquietudes más grandes es que considero que algunos de nuestros sacerdotes y hasta a algunos obispos, hoy han perdido su fe en la Santa Eucaristía y celebran la Santa Misa simplemente como una responsabilidad profesional.

Para concluir, si la Santa Eucaristía debe ser fons et culmen de la Vida y de la Misión de la Iglesia, tenemos necesidad sobre todo de sacerdotes de fe profunda, de oración, de espiritualidad y de dedicación.

Pienso que debemos dejar este Sínodo con una decisión más profunda de vivir una vida más santa, sacrificial, que se refleje en nuestra celebración de la santa Misa.

La Palabra de Dios está viva y activa, tiene la capacidad de cambiar las mentes y los corazones. Es capaz de darles un rumbo a las necesidades del individuo y de la comunidad reunidos para escuchar la Palabra de Vida. Ella constituye una fuente importante de la actividad transformadora del Espíritu Santo en la Liturgia.

Hoy el mismo Cristo está siempre presente en la proclamación de la Palabra. Él es el Verbo encarnado, y por esto la Palabra de Dios se nos presenta como persona y acontecimiento, no como concepto, y nos llama a lo que nuestras oraciones no se atreven a esperar.

Ha sido puesta en evidencia la coherencia temática de las lecturas que acompañan el ciclo litúrgico. Se debe hacer más para que las lecturas salgan al encuentro de las necesidades pastorales. En el artículo 47 se menciona la homilía como parte de la Liturgia de la Palabra. El Instrumentum laboris recomienda poner un cuidado especial en las homilías temáticas que trazan los grandes lineamientos de la fe cristiana.

Quisiera solicitar que se ayude a los predicadores. El Catecismo de la Iglesia Católica y el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia son instrumentos providenciales para enseñar la misión de la Iglesia. Semejante texto universal, si fuese utilizado como soporte de la exposición de las lecturas del ciclo litúrgico, podría ayudar al predicador a ilustrar las Escrituras en respuesta a los signos de los tiempos. Si los asuntos difíciles de nuestra época se presentan a la familia humana por medio de las cadenas televisivas locales, internet, las revistas globales en términos globales, ¿por qué la respuesta de la Iglesia a estas cuestiones no debería hacerse ser también en términos globales?

La experiencia de mi país ha demostrado el poder transformador de la Liturgia de la Palabra y la homilía. Muchas veces, en ocasión de grandes tragedias y violencias, la fuerza de la Palabra y de la homilía para transformar actitudes de cólera, venganza y represalia en actos de reconciliación, perdón y curación ha sido consoladora y estimulante a la vez. Ha sido gratificante notar que algunas palabras de las Sagradas Escrituras, como justicia, paz, perdón se han vuelto la “lengua franca” del proceso de paz.

Recientemente un momento histórico de este proceso político ha sido el desarme de la mayor organización paramilitar. A dos hombres de Iglesia que trabajaron intensamente durante años en la promoción del diálogo y la reconciliación, un antiguo jefe de la Iglesia Metodista, y un sacerdote redentorista se les solicitó que firmaran el acto de desarme. Quizás esto sea debido al reconocimiento, entre otras cosas, del papel desempeñado por los Ministros de la Palabra de Dios en la creación de las condiciones de paz y reconciliación. Esto da testimonio del poder de la Palabra, bajo la acción del Espíritu Santo, para hacer nuevas todas las cosas.

A comienzo de los años 80, cesada la represión, nuestro pueblo retomó la práctica religiosa interrumpida. De una manera u otra, se notó, a diversos niveles, una marcha con ritmos distintos dentro de mismo contingente humano.

La explotación del petróleo en los últimos cinco años, ha introducido en la vida de este pueblo unos cambios vertiginosos, que, si por un lado, ciertamente apuntan a una evolución en lo material, por otro, también afectan alcomportamiento de sus moradores. Creemos que con ello se manifiesta un “hambre de vida verdadera”, con diferentes matices.

Es en este contexto donde se presenta como prioridad pastoral, retomar el propio itinerario cristiano, sobre las raíces claras de los valores con mayor raigambre a nuestro pueblo. Uno de esos valores, que sigue tocando los corazones de nuestra gente, es la realidad de la familia ampliada, afirmada visiblemente en el tiempo y en el espacio.

En el ''Dies Domini" se reúne bajo la “casa grande” del Padre común, donde lo escuchan siempre con interés y devoción filial.

- Con su Palabra, de verdad garantizada y creadora, no sólo opina y aconseja, sino que orienta con imparcialidad, a todos sus hijos, por el camino de una vida y una tradición, que arrancan del pasado lejano, y sigue construyendo hoy, y sigue dando cohesión a una única “familia”, ampliada en el en el tiempo y en el espacio.

- Viendo en su seno a ancianos jóvenes y niños, se dirige a Él como el Dios de “ayer, de hoy y de siempre” (Hb 13,8), que garantiza la sagacidad y la experiencia del anciano, asegurando la estabilidad, e impulsa la ilusión del joven progresista que llega a su pueblo para renovarlo con nuevos proyectos de vida.

Allí, cuando vibran en celebraciones largas y multitudinarias, refuerzan la “alegría de vivir”, aprenden la” hospitalidad” y reconocen la “solicitud de unos por otros”, la “generosidad” por la donación gratuita de las “ofrendas” llevadas en procesión al altar, el “amor” de un Padre que escucha y acoge a todos, pese a la “diversidad de las edades y de las etnias..”..

1. la manera más clara de presentar la Eucaristía, como el encuentro con Jesús, que nos sacia, al final de un itinerario, que empezó con la búsqueda y seguimiento de su Verdad.

2. Cómo enseñar, frente al creciente egoísmo y el acaparamiento de hoy, la realidad de la Eucaristía como donación gratuita, sacrificada y generosa de Dios, que como Padre sustenta a todos sus hijos.

3. Cómo, en fin, frenar el acaparamiento que crea tantas divisiones, resaltando la Eucaristía como don abundante de Jesús, que el gesto de multiplicar el pan hasta que sobró, porque sólo Él puede darnos vida abundante.

indisoluble entre la mesa de la Palabra y la de la Eucaristía", sin que entre ellas puedan admitirse "fracturas". Ya en el s. XIII, san Francisco de Asís habla de esta unidad. El Cristo que sigue tan radicalmente es el que "ve" en "el cuerpo y sangre del Señor" y "en las santas palabras del Señor" (cf, Carta a los clérigos, 3).

Esta unidad es claramente reafirmada por el Vaticano 11 cuando en la Dei Verbum afirma: La Iglesia ha siempre venerado las Sagradas Escrituras como lo ha hecho con el Cuerpo del Señor (DV21).

- que los ministros de la Eucaristía tengan una adecuada formación bíblica y litúrgica para que puedan suscitar en el propio corazón y en el corazón de los fieles el estupor por el misterio eucarístico y el estupor por el misterio de la Palabra.

- que todo proyecto de evangelización esté animado por la Palabra, centrado en la Palabra y orientado a la obediencia a la Palabra de Dios.

Este Sínodo ha de buscar caminos para que la Palabra de Dios se convierta en "alimento para la vida, para la oración y para el camino cotidiano" (Caminar desde Cristo, 24), de tal modo que, en una sociedad profundamente herida por la "dictadura del relativismo" (Benedicto XVI), la Palabra celebrada, escuchada y vivida pueda ser un punto de referencia sólido sobre el cual edificar la vida de la comunidad eclesial y la vida personal de todo creyente.

Mi intervención se refiere al tema de este Sínodo: “la Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y la misión de la Iglesia”, con especial énfasis en la “Centralidad del misterio pascual” y la “Eucaristía dominical” del Instrumentum laboris números 35 y 70.

Los países del Cuerno de África - Yibuti, Eritrea, Etiopía y Somalía - están constantemente hambrientos de los frutos de la Eucaristía: justicia, paz y amor que sólo Nuestro Señor Jesucristo puede darnos. Al no ser considerados importantes por los países poderosos de la tierra, se encuentran en un estado constante de instabilidad , guerra, sequía y hambre. La tensión continua entre Eritrea y Etiopía, debido a su conflicto por los confines, parece no encontrar solución por parte de la comunidad internacional. O pensemos en Somalia, un país sin gobierno central desde hace catorce años!. Hay sólo están cuatro religiosas, en todo el país, que guardan escondido el único Tabernáculo del Señor en Mogadiscio. Somalía se ha convertido en un puerto libre y franco para el tráfico de armas de pequeño calibre en el Cuerno de África y en África central.

Sólo mediante la Eucaristía, el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor Jesucristo, es posible construir y promover la reconciliación y la paz.

La celebración de la “Eucaristía dominical” supone que exista un “Domingo” - el día del Señor - establecido, y que la Eucaristía, el domingo, pueda ser celebrada libremente.

En algunos lugares del mundo esto es imposible: por ejemplo, en Arabia Saudita o en otros países musulmanes, el domingo es un día de trabajo, y la Eucaristía no se celebra porque no hay ni iglesias ni sacerdotes, o simplemente porque no existe libertad religiosa.

Muchos cristianos de Eritrea y Etiopía viven y trabajan en países musulmanes. Se trata sobre todo de los Cristianos de las Iglesias Ortodoxas Tewahdo de Etiopía y Eritrea. Trabajan allí principalmente como empleados domésticos o cuidando niños y ancianos. No tengo estadísticas a mano sobre el número de los cristianos que se encuentran en Arabia Saudita, Yemen, los estados del Golfo y otros países con mayoría musulmana. Son cientos de miles: sólo en Beirut trabajan más de 20.000 etíopes. Estamos agradecidos a Caritas de Líbano por la ayuda que brinda a estos cristianos.

Antes de ir a trabajar en estos países musulmanes, ellos están obligados a cambiar su nombre cristiano por otro musulmán y, en especial, las mujeres se ven obligadas a llevar prendas al estilo musulmán. Un vez llegados a destino, se les quita el pasaporte y son víctimas de todo tipo de abusos y de opresión. En esta situación, a muchos se les obliga a hacerse musulmanes.

Se ven obligados a ir a los países musulmanes debido a la pobreza de sus países de origen, y también porque las puertas de otras naciones cristianas están cerradas. Sabemos que muchos cristianos africanos mueren atravesado el desierto del Sahara o ahogados en el Mediterráneo mientras tratan de alcanzar las naciones cristianas de Europa y de América.

La pobreza los obliga a deshacerse de su patrimonio cristiano, de su cultura cristiana y hasta de su dignidad humana.

Se les niega el derecho de profesar la propia religión: la celebración de la Eucaristía y la Misa dominical. Es una de las persecuciones religiosas de los tiempos modernos.

Les pido a los Padres sinodales, especialmente a los que trabajan en los países musulmanes, donde los cristianos pobres acuden en busca de trabajo, que extiendan su cuidado pastoral a estos cristianos y pidan a los gobiernos musulmanes que respeten la libertad religiosa de los cristianos.

- La primera dijo que sus ídolos no eran imágenes, sino dioses verdaderos.

- La segunda dijo que la imagen ante la que rezaba no era dios “per se”, porque el dios verdadero está en los cielos. La imagen tenía el aspecto del dios y por tanto le ayudaba a rezar.

- La tercera persona dijo que la imagen es un símbolo sensible, útil para favorecer la visualización y la concentración (cfr. E.B. Idowu ATR, definición en la página 123).

Quiero usar estas tres respuestas como punto de partida para la discusión sobre el significado de la presencia y la representación sacramentales que están en la base de la adoración y veneración eucarística en la Iglesia, a la luz de los números 65, 72-74 del Instrumentum laboris. ¿Cómo se puede relacionar con los cristianos que proceden de una formación religiosa tradicionalmente africana?

La adoración eucarística no puede compararse con ninguno de estos tres módulos. Sin embargo, parece encerrar elementos comunes a los tres.

1. En la Santa Eucaristía, Cristo está verdadera, real y sustancialmente presente. Pero su presencia tiene que ser entendida por lo que es, o sea presencia sacramental y representación sacramental. Gracias a la naturaleza única de esta presencia, el alma está llamada a dedicarse con su “mente y corazón” a la contemplación de Jesús en la Eucaristía como un fin en sí mismo y no sólo como un medio. Según este punto de vista, la delicada línea de demarcación entre lo que es real y lo que sólo es “representación de la realidad” se hace aún más sutil y casi invisible. Este Sínodo necesita desarrollar una teología de la “presencia”, en la que la Iglesia explique lo que significa presencia real, y también lo que no significa. Por ejemplo, no significa presencia física, sino sacramental.

2. En virtud de la naturaleza profunda del misterio de este Sacramento, no hay palabra humana que pueda sola captar su significado. Los hombres sólo pueden hablar de Dios de forma antropomórfica, y nuestro lenguaje humano es limitado a la hora de expresar la realidad de Dios. Por lo tanto, tendríamos que ser más tolerantes con el uso de otras expresiones, como transignificación y transfinalización, que pueden ayudar a captar algún destello del misterio eucarístico, sin por esto perjudicar el hecho de la presencia real.

3. Hay otras formas de “presencias” de Cristo que debemos reconocer, y la devoción a la Eucaristía puede ser un medio para reconocer a Cristo en sus otras formas de presencia. Los Padres del Concilio Vaticano II hablaron de estas otras presencias, cuando escribieron acerca de la presencia de Cristo: en las Sagradas Escrituras, cuando es proclamado; en los demás Sacramentos; en la Iglesia; en la persona del ministro que ofrece el sacrificio de la Misa (cfr. Sacrosanctum Concilium n. 7).

4. La devoción eucarística debe conducir a la transformación personal. Por lo tanto, las preciosas reflexiones contenidas en los números 72-74 del Instrumentum laboris tendrían que seguir desarrollándose en el documento que salga al final como fruto de nuestro compromiso.

Eso pasa porque, como ha dicho el Papa Juan Pablo II : “De por sí, el sacrificio eucarístico se orienta a la íntima unión de nosotros, los fieles, con Cristo mediante la Comunión” (Ecclesia in Eucharistia, 16-17).

Mientras admiramos y aplaudimos los logros positivos sobre la Eucaristía, así como el interés y el entusiasmo que ella suscita entre los fieles, lo que yo veo son dos retos importantes: primero, una sana catequesis para que la fe en la Eucaristía sea cada vez más comprensible, y segundo, un compromiso para llevar a la práctica la sana doctrina, es decir, conseguir la transformación personal que refleja el misterio que celebramos en la Eucaristía.

De no ser así, nuestros detractores, que observan y respetan el principio de la existencia de una delicada línea de demarcación entre lo “real” y lo que es ante todo un símbolo, describirán nuestro trabajo hermoso y loable sobre la Eucaristía como el realizado por una “cábala de curas o de intrigantes eclesiásticos” dirigido a explotar la debilidad humana con el fin de perpetuar la importancia de su oficio sacerdotal.

Según las estadísticas del gobierno brasileño y las investigaciones de la Iglesia en Brasil, el número de los brasileños que se declaran católicos ha disminuido rápidamente, en el orden del 1% anual. En 1991 los brasileños católicos eran aproximadamente el 83%, y hoy, según nuevos estudios, son apenas el 67%. Nos preguntamos con angustia: ¿hasta cuándo Brasil seguirá siendo un país católico? Según esta afirmación, resulta que en Brasil por cada sacerdote católico hay ya dos pastores protestantes, la mayor parte de las iglesias pentecostales.

Es importante, además, poner en evidencia el hecho de que la mayor pérdida de católicos se verifica en las zonas periféricas más pobres de las ciudades.

Muchos indicios muestran que lo mismo es válido para toda América Latina y, entonces, también nos preguntamos: ¿hasta cuándo América Latina será un continente católico?

La Iglesia debe prestar más atención a esta grave situación. La respuesta de la Iglesia en Brasil es, en primer lugar, proponer las misiones, incluidas las visitas de los misioneros domiciliarios permanentes. Las parroquias deben organizar a sus fieles y prepararlos para ser misioneros.

Una Iglesia misionera debe ser también profundamente eucarística, porque la Eucaristía es fuente de misión. La Eucaristía hace crecer al discípulo, anunciándole la palabra de Dios y conduciéndolo al encuentro personal y comunitario con Cristo, a través de la celebración de la muerte y Resurrección del Señor y a través de la comunión sacramental con Él. Por este encuentro, realizado en el Espíritu Santo, el discípulo es impulsado a anunciar también a los demás lo que ha vivido y experimentado. El discípulo se convierte, de esta manera, en misionero. Desde la Eucarística se parte para la misión.

Brasil y América Latina tienen urgente necesidad de esta acción misionera alimentada por la Eucaristía.

El número 74 del Instrumentum Laboris urge la importancia de una catequesis que ponga de manifiesto el vínculo entre la Eucaristía y la construcción de una sociedad justa.

Este mismo número 74 expresa, "la grande esperanza que la Iglesia tiene en sus jóvenes, siempre atentos a la Eucaristía".

1) De que se debiera enfatizar más la importancia que juegan y se espera de los jóvenes, con un saludo y un llamamiento específico e invitación directa a los jóvenes a participar "en" y vivir "de" la Eucaristía.

Le pregunté a un joven qué mensaje él quería que yo transmitiera al Sínodo de parte de los jóvenes, y la respuesta fue: "que se nos escuche".

Ante la realidad que viven hoy los jóvenes, particularmente en los países desarrollados, se hace necesario y urgente ofrecerles y presentarles, y celebrar la Eucaristía, de manera que, en palabras de Juan Pablo II, sientan que "la Eucaristía es el centro vital en torno al cual se reúnan los jóvenes para alimentar su fe y su entusiasmo".

2) Y de que se profundice en la Catequesis. Hoy se habla de la pérdida del sentido del pecado.

Muchos católicos están muy lejos de poder rendir o dar razón de su propia fe, tal como propone San Pedro en su primera carta: "estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere".

Por otra parte, no se puede amar lo que no se conoce. Y si no se tiene conocimiento, de la Iglesia, de la Eucaristía, de la fe cristiana, mal se puede amar la Iglesia, la Eucaristía y la misma fe cristiana.

Catequesis es lo que se necesita. A mi parecer se adolece de falta de catequesis. Tengo la impresión de que no se está haciendo catequesis sólida y profunda. Nuestro pueblo agradece mucho y tiene hambre de catequesis, de que se expliquen las verdades de la fe.

La ausencia de catequesis y formación religiosa puede quizás explicar también la facilidad y el por qué algunos de nuestros fieles se van a otras denominaciones o sectas religiosas, atraídos por la luz de bengala que les ofrece una pseudo ciencia religiosa, porque no se les supo iluminar a tiempo con la luz del Evangelio a través de una buena y oportuna catequesis.

Santo Domingo reconoce que "América Latina y el Caribe configuran un Continente multiétnico y pluricultural (2441) con no menos de cincuenta millones de indígenas, de más de quinientos pueblos, cada uno con su propia identidad cultural. Lo mismo podemos afirmar de muchos países y aún jurisdicciones eclesiásticas. En la Prelatura de Bocas del Toro conviven cuatro pueblos indígenas, que constituyen el 60% de la población total.

Es evidente que los pueblos indígenas se hallan en diferentes situaciones de desarrollo humano y religioso y de reflexión teológica; pero todos están concordes en sus aspiraciones de inculturación de la liturgia de la celebración eucarística.

El "Instrumentum Laboris" asume el tema de la "inculturación de la Eucaristía" en la p. 77, nros. 80 y 81, en los que acepta que en muchas "regiones geográficas la cuestión está adquiriendo cada vez más prioridad pastoral"

1. Reconstruir el sujeto indígena de la inculturación: las comunidades cristianas indígenas, con sus obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, catequistas indígenas de las mismas comunidades.

2. Preparar los recipientes indígenas para la inculturación: rescate, valoración, asimilación de la espiritualidad indígena, donde se hallan las "semillas del verbo".

3. Iniciar y consolidar procesos de apropiación indígena del Evangelio, de la Iglesia, de la liturgia, con amplio protagonismo de los indígenas.

Hermanos sinodales: los invitamos a considerar el trabajo que, con el título de "Inculturación de la celebración eucarística en las comunidades indígenas cristianas de América Latina", hemos depositado en la Secretaría General del Sínodo. Gracias.

Eucaristía y unidad están íntimamente ligadas. De hecho la Eucaristía, como acto de ofrenda cumplido por Cristo en la cruz, tiene como objetivo la unidad de todos los hijos de Israel y del género humano. La Eucaristía es el acto fundacional de la Nueva Alianza que Dios ha establecido con los hombres en su Hijo Jesús. Pero si la Eucaristía vuelve a establecer la comunión entre Dios y los hombres, ella es, ante todo, el lugar de una unión íntima entre Padre e Hijo.

En la oración sacerdotal de Jesús (Jn, 17), que precede la pasión (Jn, 18), el Padre y el Hijo están unidos de manera consustancial: “todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío” (Jn, 17,10).

Del mismo modo, lo que precede el acto eucarístico es esta comunión profunda del Padre y del Hijo que la tradición llama con el término “pericoresi”o “inhabitación” del Padre y del Hijo.

La Eucaristía, acto de ofrenda de Cristo porque procede de la unión del Padre y del Hijo, comunica a los hombres la vida divina. Alimentados en la misma fuente y con el mismo pan, los cristianos viven de la unión del Padre y del Hijo.

En épocas de Pablo, la unidad de la comunidad cristiana de Éfeso estuvo amenazada, entre otras cosas, por la discordia entre cristianos y por la influencia de las doctrinas heréticas. Frente a estos peligros, Pablo exhorta a los cristianos a la unidad que se funda en el hecho de que hay un “solo cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza” (Ef. 4,4). En otras palabras, quien come el mismo pan y bebe en la misma copa, cualquiera sean sus orígenes y su estado social, ya está configurado en Cristo, indisolublemente unido al Padre.

La problemática de la unidad de los cristianos no se limita solamente al ámbito de una comunidad cristiana particular o de una Diócesis. Después del Concilio Vaticano II, la pluralidad de las Iglesias cristianas han impulsado a la Iglesia Católica a favorecer el diálogo. La finalidad de este diálogo, también denominado ecumenismo, es la de promover la unidad entre los cristianos. Este diálogo iniciado por el Concilio pone a los cristianos ante el escándalo de la división y la paradoja según la cual Cristo instituyó una sola y única iglesia en la que los cristianos están divididos. Estas divisiones representan para la conciencia humana, una violación de la voluntad de Jesús, y un obstáculo a la evangelización.

1.La Eucaristía y la unidad son términos equivalentes, ya que en el sacrificio de la cruz se da cumplimiento a la unidad entre todos los que Dios ha rescatado con la Sangre de su Hijo.

2. En medio de las discordias ideológicas, económicas... los cristianos tienen el deber imperioso de mantener la unidad entre sí en virtud del “mismo cuerpo, la misma sangre y la misma esperanza” que Jesús ha comunicado a todos.

En Japón, la Primera Asamblea Nacional para la Evangelización se realizó en 1987. El propósito de este encuentro de fieles y ministros de la Iglesia fue el de reflexionar sobre el futuro de la evangelización en Japón. Uno de los temas que surgieron con mayor frecuencia fue “la distancia existente entre fe y vida”. La Asamblea pidió algunos esfuerzos“para llevar a cabo una liturgia que pueda llegar a los corazones de los fieles y fortalezca la misión”.

El problema pastoral más importante relacionado con la Eucaristía es: ¿Hasta qué punto está la Eucaristía ligada a “las alegrías y las esperanzas, a las penas y las angustias de nuestro tiempo”? ¿Cómo responde la Eucaristía a las preocupaciones de la gente, o cómo cambia, en el pueblo de Cristo, el sentido de la vida? Si la vida del fiel no está ligada a la Eucaristía, La Eucaristía, no puede influir en la vida de los fieles.

- multiplicar las modalidades de Celebración Eucarística sin cambiar su esencia de manera que se puedan celebrar los misterios de la vida de los fieles de acuerdo con los diferentes períodos y eventos.

El papel de la Conferencia Episcopal en la Inculturación Litúrgica.

Desearíamos que en las iglesias locales se facilitara lo más posible el poder de las Conferencias Episcopales para adaptar la liturgia al ambiente cultural local. Si la Eucaristía debe ser una auténtica celebración de la iglesia local, se necesita entonces, y sobre todo, una inculturación adecuada. En este sentido es importante para la evangelización incluir elementos de las festividades indígenas.

Por lo tanto, es necesario que la Santa Sede confíe en las Conferencias Episcopales cuando aprueban la traducción en las lenguas locales de los textos litúrgicos. En la preparación de éstos es importante evitar una traducción literal, así como se debería examinar y encontrar las palabras apropiadas a las culturas locales ya que éstas respetan la cultura e historia de cada nación. Cuando la Comisión para la Liturgia de la Conferencia Episcopal del Japón examina los textos litúrgicos destinados a la Iglesia del Japón, no se concentra sólo en la revisión de los giros de las frases, sino que también se esfuerza en crear una liturgia que toque las “fibras” más sensibles del pueblo japonés. En cada iglesia local, especialmente en Asia, debemos tomar conciencia de que la liturgia está destinada a todas las personas que viven en la cultura local. Por consiguiente, a veces deberíamos proponernos la reorganización de nuestros libros litúrgicos.

El Nº 87 del Instrumentum Laboris lleva como título: “Eucaristía e intercomunión”. El mismo afirma: “Mientras parece bastante amplio el consenso sobre el hecho que la unidad en la profesión de la fe precede a la comunión en la celebración eucarística, todavía queda por aclarar el modo en el cual debería ser presentado el misterio Eucarístico en el contexto del diálogo ecuménico, para evitar dos riesgos opuestos: el prejuicio de la estrechez de miras y el relativismo”. Me refiero a las comunidades eclesiales que celebran en la Santa Misa el memorial del Señor. En el diálogo ecuménico con estas comunidades se nota, y no pocas veces, una convergencia creciente sobre importantísimos temas : presencia real, carácter sacrificial del memorial, necesidad de la ordenación. Más difícil es la formulación de la naturaleza de la Iglesia y el acuerdo sobre el hecho de que a Ella se le ha confiado la Santa Eucaristía, fuente y cumbre de su vocación y de su misión, por lo cual “sería errado no pertenecer a la comunidad eclesial y querer recibir la comunión eucarística”. Para nosotros no son posibles la intercelebración, la intercomunión, la hospitalidad general ofrecida a muchos bautizados (o incluso presentes). Sin embargo, la participación en la Santa Comunión de los bautizados no católicos, en casos excepcionales y en determinadas condiciones, está explícitamente prevista por el nº 129 del Directorio ecuménico de 1933, que no habla sólo de admisión sino también de invitación, siempre que sean verificadas las condiciones, entre las cuales no fuese computada la pertenencia a la Iglesia católica. Esta posibilidad no debería ser olvidada. Tenerla presente en el comportamiento de los pastores hacia quienes, sin pertenecer a la Iglesia católica, comparten la afligida oración de Jesús para la unidad, deberá ser un camino conocido para alcanzarla cuando y como quiera el Señor “pan vivo que viene del cielo para la vida del mundo”.

Hago referencia al título del Pontificio Consejo de la Cultura, en la IV parte del Capítulo II del Instrumentum Laboris: “Eucaristía , Misión Evangelizadora e inculturación” (78 y 80), y de la conclusión (90 y 91).

1. La Eucaristía es “una fuerza de transformación de las cultura `[...] germen de un mundo nuevo” (IL 90). La transformación del pan y del vino en cuerpo y sangre de Cristo es prenda de la transformación que se obra en nosotros por la Eucaristía. Cada fiel está llamado a asimilar, en la meditación personal y en la oración comunitaria, la realidad del misterio celebrado: Nutrido por esta celebración, él “encarna el proyecto eucarístico en la vida cotidiana, donde se trabaja y se vive “ ( IL 78). De este modo la Eucaristía obra como semilla de una nueva cultura para una auténtica civilización del amor.

2. La evangelización no es el fruto de la inculturación. Ella es la fuente. Viva en el corazón de las culturas, en el vasto mosaico de los pueblos, la Iglesia no deja de evangelizarlos para inculturar el Evangelio. Basta evocar el nombre de San Benito para tener la medida de la fecundidad milenaria de una cultura evangelizada por el testimonio de comunidades eclesiales, de manera especial la vida monástica. Dos milenios de “práctica” eucarística han visto a hombres y mujeres de diversas culturas dar forma, según el genio de la propia cultura, a liturgias inculturadas, como testimonian las Iglesias orientales. Diversos ritos manifiestan y deben manifestar siempre el mismo misterio. Ellos no nacen de una adaptación de la Eucaristía a la cultura, sino de una transformación de las culturas obrada por el Evangelio: la Iglesia busca las formas más apropiadas, purificadas de las escorias, herencia del pecado del hombre, para ayudar a los fieles a vivir en plenitud el misterio revelado que han recibido de su Señor.

3. En diálogo con el mundo de los no creyentes y de la indiferencia religiosa, el Pontificio Consejo de la Cultura constata que la superficialidad, a veces hasta la trivialidad y la negligencia de ciertas celebraciones, no sólo no ayudan a los creyentes en su camino de fe, sino que molestan también a aquéllos que las viven desde afuera. Una excesiva importancia dada a la dimensión pedagógica y al deseo de hacer comprensible la liturgia también para los observadores externos, como si ésta fuese la función principal, produce el resultado contrario. No se incultura una contracultura. La vocación de una liturgia inculturada es la de introducirnos con todo nuestro ser a la magnitud del misterio de la fe en la acción salvífica de Dios en su Hijo Jesús.

4. La liturgia es bella porque manifiesta la belleza de la santidad de Dios (cfr IL 90). Para el creyente la belleza trasciende la estética. Ella da lugar (permite) el paso del “por sí” al “más grande de sí”. La liturgia es bella y por lo tanto verdadera, sólo si está despojada de cualquier otro motivo que no sea la celebración del Señor. La belleza de los ritos, de los signos, de los cantos y de los ornamentos de la celebración litúrgica tienen la única finalidad de introducirnos a la belleza profunda del encuentro con el misterio de Dios, presente en medio de los hombres a través de su Hijo, Él que para nosotros renueva eternamente su sacrificio de amor. Ella manifiesta la belleza de la comunión con Él y con nuestros hermanos, belleza de una armonía profunda que se traduce en gestos, símbolos, palabras, imágenes y melodías que tocan profundamente el corazón y el espíritu y suscitan la maravilla y el deseo del encuentro con el Señor resucitado, “Puerta de Belleza”. La liturgia es bella cuando es “agradable a Dios” y nos introduce a la alegría divina, con todos los santos y la Virgen María, “mujer eucarística por excelencia”.

Esta era la oración eucarística de Teresa, doctora de la Iglesia: “Mi amadísimo, ven a vivir en mí. ¡Oh! ¡Ven, tu belleza me ha raptado. Dígnate trasformarme en Ti!.

1. Somos discípulos de Jesús, habilitados a través de la Eucaristía a compartir su amor con el mundo.

2. Jesús en el Evangelio según San Juan nos dice que, como Él lavó los pies a sus apóstoles, nosotros debemos lavarnos los pies los unos a los otros.

3. A través de la Eucaristía, Jesús nos envía a ser instrumentos de paz y de reconciliación. Ite missa est!

- Nuestra acción de gracias se une a la de nuestros amigos musulmanes que, como nosotros alaban a Dios por su obra creadora y de misericordia. Podemos incorporar espiritualmente sus oraciones en nuestras eucaristías.

- Quedamos admirados en ver a nuestros amigos musulmanes a veces “misteriosamente asociados al misterio pascual” (Cf. GS nº 22, 5). Cuando unimos nuestra vida a la ofrenda de Cristo, de alguna manera unimos también la de nuestros amigos.

- En la medida en que no pueden participar con frecuencia en una celebración eucarística, algunas personas conceden más tiempo a la adoración eucarística, vuelven a descubrir la densidad de una presencia real que da fuerza a su vida cotidiana.

- Nuestras celebraciones eucarísticas reúnen de manera invisible a un pueblo todavía ausente, el pueblo de los que buscan a Dios en la rectitud de sus corazones. Para una Iglesia particular, la manera de vivir la Eucaristía no se puede disociar de su historia concreta con el pueblo al cual el Señor la ha donado.

Si la Iglesia ha formulado directivas relacionadas con la admisión a la Eucaristía de los cristianos no católicos y si rechaza la inter-comunión, es porque la comunión eucarística no es un punto de partida, sino que más bien expresa y lleva a su perfección una comunión que presupone en su integridad: comunión en la doctrina de los apóstoles, en los sacramentos y comunión con el colegio apostólico del cual Pedro es el Jefe.

Sucede que esta posición no es comprendida y nuestros hermanos protestantes la consideran injustamente dura. Es, por tanto, un deber fraternal que la Iglesia manifieste que no está en su derecho disponer según su voluntad de lo que es un don recibido del Señor. Su actitud es de adoración, de alabanza, y de obediencia.

Me refiero a los números 86 y 87 del Instrumentum Laboris y al tema: Eucaristía y Ecumenismo: Estoy agradecido por lo que se ha dicho en estos puntos, y en la Relación General, sobre la Eucaristía como sacramento de unidad y quiero antes que nada subrayar lo que en el Aula sinodal ya ha sido dicho sobre eclesiología y Eucaristía, que es de gran importancia para el movimiento ecuménico.

El tema “Eucaristía y unidad” se remonta a lo que San Pablo dice en la primera Carta a los Corintios: “porque uno sólo es el pan, aún siendo muchos, un sólo cuerpo somos, pues todos participamos del mismo pan” (1 Co 10,17). Esta afirmación “un único pan - un único cuerpo” y “participación en el único cáliz”, que significa “comunión en el único cuerpo”, ha modelado toda la tradición de la Iglesia en Oriente y en Occidente. La encontramos antes que nada en san Agustín y de nuevo en santo Tomás de Aquino. Para santo Tomás, la res , es decir la cosa o la finalidad de la Eucaristía no es la presencia real de Cristo, que Tomás sin duda enseña, pero para él la presencia real es solamente “res et sacramentum”, es decir una realidad intermedia; la res, la finalidad de la Eucaristía es la unidad de la Iglesia.

Esta visión ha sido renovada por el Concilio Vaticano II, que ha descubierto a la Iglesia como comunión a través de la común participación en el único Bautismo y en el único pan eucarístico. Sobre este punto concordamos con las Iglesias orientales; la Comunidades que se remontan a la Reforma tenían en sus orígenes la misma concepción, sólo la han abandonado recientemente. Por lo tanto, la concepción católica acerca del íntimo vínculo entre comunión eucarística y comunión eclesial no es - como algunos son propensos a creer- una concepción ecuménica cualquiera, sino una concepción ecuméncia en sentido propio.

Pero por esta razón la terminología, que lamentablemente se encuentra también el el Instrumentum Laboris, y que habla de “intercomunión”, es ambigua y en sí misma contradictoria. Debemos evitarla. Porque no se trata de una comunión “inter” es decir “entre” dos comuniones (dos Comunidades), sino más bien de una comunión en la comunión del único cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.

Existe aún otro punto débil en el Instrumentum Laboris. El mismo se refiere a la “communicatio in sacris” solamente como un principio, mientras que el Concilio Vaticano II habla de dos principios: la unidad de la Iglesia y la participación en los medios de la gracia, afirmando que la unidad de la Iglesia además prohíbe la admisión de un no católico a la Eucaristía, pero no la participación en los medios de la gracia y, algunas veces recomienda la admisión de un no católico a la Eucaristía (Unitatis redintegratio, 8; cfr. Directorio ecuménico, 129). Por lo tanto el Papa Juan Pablo II ha escrito, que para él es “motivo de alegría” que los ministros católicos en determinados casos particulares puedan administrar los Sacramentos de la Eucaristía, de la Penitencia y de la Unción de los enfermos a otros cristianos (Encíclica “Ut unum sint”, 46; Encíclica “Ecclesia de eucaristía” 46).

Dichas formulaciones - "recomendar", "motivo de alegría" - quieren decir que no se trata de una simple concesión o excepción, sino de una posibilidad fundada positivamente en la concepción cristiana de la persona humana, es decir, en la unicidad de cada persona y en la unicidad de cada situación de salvación. La persona humana no es nunca un caso de un principio general. El derecho canónico respeta la unicidad de cada persona y, sobre la base y en los límites de la ley general, en determinados casos particulares - donde la posibilidad de escándalo es remota - da espacio no a la conciencia privada, sino a un acto canónico de admisión por parte del obispo competente; o por decirlo de mejor manera, da espacio a un discernimiento espiritual, a un juicio prudencial y a la sabiduría pastoral del obispo (cfr. CIC can 844).

En lo que se refiere a los criterios sobre dicha decisión prudencial ya tenemos un desarrollo desde que se publicaron los dos Códigos de Derecho Canónico. Los criterios, como han sido enumerados en el Catecismo de la Iglesia Católica (nºs. 1398-1401) y en el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (nº 293) sobre las comunidades eclesiales, son cuatro: un grave motivo, la solicitud espontánea, buena disposición y manifestación de la fe católica sobre el Sacramento.

Estoy convencido personalmente de que con estos criterios los problemas efectivamente pastorales pueden resolverse en sentido positivo. Puesto que estas cuestiones en muchos países son de gran importancia pastoral, quiero recomendar que sean incluidos en el texto final o en las propuestas.

El descubrimiento de este gran tesoro que es la Eucaristía, se revela, por otra parte, como un gran esfuerzo en el proceso de inculturación. Un paso importante ya ha sido dado siguiendo las huellas del Concilio Vaticano II ¡Qué alegría oír que Dios, a través de Jesús, nos habla en nuestra lengua materna! En nuestras pequeñas islas del Océano Índico, nuestra gente, que proviene de diversos horizontes y a quienes el drama de la esclavitud ha arrancado de su cultura de origen , ha debido acuñar una lengua, el criollo, para lograr comunicarse y elevar al Señor sus sufrimientos y sus esperanzas ¡Qué dignidad poder dar gracias a Dios, a través del memorial de la muerte y resurrección de Jesús, en nuestra lengua y con nuestros “tambores”, nuestros bom, triángulos y acordeones”, con nuestros cantos en criollo. Sin embargo la inculturación no puede resumirse solamente en las expresiones litúrgicas. Como un nuevo Pentecostés, debe poder llegar al hombre contemporáneo en el corazón de su cultura. En el contexto de la secularización, de la globalización económica, del crecimiento a ultranza de las comunicaciones de masa, nuestras comunidades tienen necesidad de desarrollar algunos valores evangélicos como la gratitud, la gratuidad, la búsqueda de sentido, el gusto por la belleza, el silencio y la interioridad. Hay que hacer una renovación cultural unida al Evangelio, para que los fieles, sobre todo los jóvenes, vayan con mayor facilidad a beber de la fuente viva de la Eucaristía, fuente y cumbre de toda la vida cristiana.

Hablo de la Parte IV del Instrumentum Laboris, especialmente de la “espiritualidad eucarística” y de la “misión” del cristiano (IL, 73 Y 78). La Eucaristía permite, de modo admirable, revelar el sentido de la vida con la “clave” del misterio pascual de Cristo (cf. 1L, 9-10), mediante la pedagogía de la liturgia. "La Eucaristía es la respuesta a los signos de los tiempos de la cultura contemporánea" (IL, 10). La Eucaristía se hace “razón”, “fuente”, “fuerza”, “impulso”, “principio”, “manantial”, “pujanza” y “anticipo” en la vida concreta (cf. IL, Prefacio). Para superar ese cierto alejamiento que se da también entre nosotros de la vida pastoral respecto de la Eucaristía, y la dramática y escandalosa falta de conexión entre vida y misión; es necesario cultivar aquella actitud eucarística, tan propia de los santos y de la Santísima Virgen María, “mujer eucarística” (cf. IL, 77).

1. Habrá que poner una mayor énfasis en la catequesis de niños, jóvenes y adultos en la importancia de la celebración dominical de la Eucaristía, que ayuda a ver el mundo con una “luz especial” (cf. IL, 70). Es una escuela de vida cristiana poderosa a la que no se puede faltar sin verse afectada la madurez en la fe, que los tiempos actuales exigen a los fieles cristianos.

1. El número 90 del Instrumentum laboris define el nuevo mandamiento como “el amor de Dios y del prójimo”. Esta definición no es exacta. Efectivamente, el nuevo mandamiento consiste en amarse los unos a los otros “como Cristo nos ha amado”, es decir, con un amor perfecto y universal que comprende a los enemigos y que lo llevó hasta el sacrificio de sí mismo por ellos en la muerte.

2. El Instrumentum laboris habla de la violencia y del terrorismo en los números 79 y 84. Lo que falta en el texto es la aclaración de la relación entre el nuevo mandamiento y la victoria sobre la violencia: porque Jesús ha vencido la violencia y el terrorismo amando a sus enemigos, perdonándolos y orando por quienes lo llevaron a la muerte..

3. El número 37 desarrolla la idea del sacrificio. En este fragmento falta la explicación de que el sacrificio de Jesús consistió en rechazar la victoria sobre el mal para testimoniar el amor universal de Dios que, condenando el pecado, perdona a los pecadores.

4. Estas tres ideas deben recordarse en la Anáfora Eucarística, por ejemplo, de la manera siguiente: “En la noche en la que fue traicionado o, más bien, se entregó a sí mismo para testimoniar el amor universal de Dios, como un cordero conducido al sacrificio, rechazando responder al mal con el mal, amando a sus enemigos y orando por aquellos que lo condujeron a la muerte, según su mandamiento nuevo: «amaos los unos a los otros como yo os he amado», tomó el pan ... etc.”.

En la Eucaristía celebramos el encuentro con el Señor resucitado, pan de vida, cuya muerte y resurrección reconciliaron al hombre con Dios Padre. Es el Señor quien, después de la resurrección dio su paz a los discípulos, que casi habían perdido la esperanza luego de que el Señor de la vida había sufrido una muerte violenta en la cruz. Mientras estaban llenos de temor, detrás de las puertas cerradas, Él apareció y les dijo “ La paz con vosotros” (Jn 20,19. Y los discípulos, al verlo, se llenaron de alegría. Además lo reconocieron en la fracción del pan .

Jesús por lo tanto hace de la Eucaristía un don de paz. Jesús eucarístico ahuyenta el miedo y trae paz y alegría interior. No podemos celebrar y recibir la Eucaristía y continuar viviendo en el miedo y en la violencia, porque Cristo vino para darnos la paz, como cantaron los ángeles en su nacimiento: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quien él se complace” (Lc 2,14). Antes y después de su muerte, nos ha dado su paz.:”Os dejo la paz, mi paz os doy” (Jn 14,27). Él sigue dándonos la paz. Ese don de paz que ha ofrecido en el saludo pascual, se dona siempre aquí y ahora, sobre todo en la Eucaristía. Sin embargo no podemos recibir y gozar de esta paz si no estamos reconciliados con Dios y con nosotros mismos. Por ello Él nos invita a reconciliarnos antes de ofrecer el sacrifico (cf Mt 5,24-25). La reconciliación, de hecho, es el camino para la paz. Porque es incompatible unir nuestro sacrificio al de Cristo en la celebración eucarística con el corazón lleno de odio, rencor y sentimientos de venganza.

La Iglesia que celebra la Eucaristía ha mandado dar y conservar la paz de Cristo en la tierra. La Iglesia, como Cuerpo Místico de Cristo, tiene el deber de ser “Sacramento de paz”. Tiene el deber de ser constructora de paz, de hecho “Bienaventurados los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9). La Eucaristía debería llevar a las personas a encontrar la paz en Cristo a través de su unión con Él: el Papa Juan Pablo II ha pedido a los africanos, y a todos los pueblos, yo creo, “ testimoniar a Cristo también mediante la promoción de la justicia y de la paz en el continente y en el mundo entero” ( Juan Pablo II, Ecclesia en África, 1994, Nº 105).Recibir la Eucaristía exige de nosotros dar testimonio a Cristo, en ese sentido. La misión evangelizadora de la Iglesia impone también “trabajar por la paz” (Juan Pablo II, Mensaje para la Jornada mundial de la paz, enero de 2000, Nº 20).

En la celebración de la Eucaristía la Iglesia reza por la paz. Cualquiera que participe en la celebración y sobre todo quienes se acercan a la Eucaristía deben, en consecuencia, comprometerse a trabajar por la paz, la justicia y la reconciliación. La Eucaristía debe representar una fuente y una fuerza para un compromiso de ese tipo, un compromiso que es crucial, sobre todo para un católico.

La reflexión sobre el significado eucarístico y su importancia para los tiempos actuales plantea algunas preguntas: ¿Cómo puede el significado de la Eucaristía explicar la tarea de los fieles de ser misioneros en su sentido más amplio? ¿Y cuál es la relación entre el significado de la Eucaristía y la misión? ¿Hasta qué punto puede ser inculturada la parte fundamental de la celebración eucarística? ¿Es posible subrayar la influencia de la celebración eucarística de la vida cotidiana en las actividades misioneras de manera que promueva una nueva cultura, una nueva costumbre para una vida mejor?

Podemos iniciar la reflexión y responder a las preguntas recordando la tarea fundamental de la Iglesia. “La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Ad Gentes nº 2; cfr. Lumen Gentium nº 1). La celebración de la Eucaristía necesita absolutamente de la fe. La falta de fe puede tener un impacto negativo sobre el espíritu misionero. El objetivo de las actividades misioneras es, entre otras cosas, el de responder a las necesidades de la situación actual.

El mundo moderno está caracterizado por una cultura de muerte, por el terrorismo, por el individualismo, el materialismo y el hedonismo. Por ello es importante subrayar el significado de la Eucaristía basada en la fe viva, un nuevo habitus, cultura de la vida en la paz y el amor. En la carta pastoral de la Conferencia Episcopal indonesia se ha trabajado sobre el tema de la necesidad de un nuevo habitus para que la fe, expresada a través de actitudes morales y concretas, pueda influir en la vida de las personas. En este caso, la celebración eucarística suscita una inspiración rica y profunda. Nuestra misión, en su sentido más amplio, parece testimoniar lo importante que es trabajar juntos con las personas de otras religiones para que se cumplan todos los deseos humanos de paz y amor en la sociedad.

En el objetivo de la misión pueden distinguirse dos aspectos conectados entre ellos. La misión está dirigida, por un lado, ad intra y, por otro, ad extra. En lo que respecta a la Eucaristía, su celebración, en primer lugar, conduce a los fieles hacia una fe más profunda a través de la Palabra de Dios y hacia la santificación personal a través de la conversión y el acceso a la Santa Comunión. Desde este punto de vista, la Eucaristía es fuente de fuerza moral para crear nuevos hábitos entre los católicos. A su vez, la misión fundada en el significado eucarístico exige a los fieles que asuman su responsabilidad de ser activos y de participar en la misión de la Iglesia en el mundo, es decir, de construir una sociedad pacífica en cada parte del mundo, fundada en la misión de Jesús. Es ésta la misión ad extra basada en la celebración eucarística.

El problema que se plantea es de qué manera la celebración eucarística creará un nuevo modo de vivir, una cultura de fe viva. “La cultura es el espacio vital en el que la persona humana se encuentra cara a cara con el Evangelio” (Ecclesia in Asia 21). En otras palabras, “La fe se transforma en cultura y hace la cultura” (Instrumentum laboris 80). Parece que todos los esfuerzos de inculturación siguen centrados en el encuentro dinámico entre los elementos de la cultura y los valores espirituales del Evangelio. En lo que respecta a la liturgia en general, la Eucaristía, como fuente y cumbre de la vida y de la misión cristiana (cfr. RM 54), debería animar a los fieles a realizar su labor misionera y a llevar la Buena Nueva a los pobres, los oprimidos y los necesitados.

Con el fin de elaborar la relación entre Eucaristía y Misión para la nueva cultura, no es suficiente abrir los documentos y producir otros nuevos, sino que hay que apoyar los esfuerzos, moverse y crear nuevos hábitos, para que la Eucaristía sea verdaderamente significativa, tanto para los fieles como para la gente de todas las religiones.

La cuestión que planteo nace de una exigencia práctica. En Ucrania, la situación de la vida diaria con todos sus problemas y desafíos del post-comunismo es del todo normal tanto para nosotros los greco-católicos como para los ortodoxos.

El canon 702 del CCEO prohíbe expresamente la concelebración de la Divina Eucaristía con los presbíteros no católicos y viceversa. Este canon nace de la necesidad de mantener la unidad entre las Iglesias. Aún que estoy de acuerdo, creo que hay revisar este canon revalorizando algunos puntos fundamentales de la Eucaristía y del ecumenismo, explicando también el término “no católico” usado en el citado canon.

Hay que subrayar la íntima relación entre Palabra y Sacramento. El anuncio de la Buena Noticia se dirige a todos. El Sacramento está reservado a quienes han aceptado el anuncio y abrazado la fe. El Bautismo introduce en el Cuerpo de Cristo, y la Eucaristía hace crecer, y hace efectiva la incorporación. De esta manera, la Eucaristía no sólo expresa la unidad de la Iglesia, sino que la produce. En cuanto elemento constitutivo de la unidad, no puede venir después sino que tiene que ser acogido como momento clave para hacer reales nuestras aspiraciones ecuménicas.

En cuanto expresión de la unidad visible de la Iglesia, en sentido ontológico, es decir, de la plenitud de los medios de la salvación, es también promesa de la realización fenoménica de la unidad visible. La Eucaristía produce la plena unidad visible de la Iglesia. Por consiguiente, al hacer participar a los no católicos ortodoxos en la comunión, hacemos real la unidad entre nosotros.

Por ello, una común participación en la celebración de la Eucaristía entre católicos y ortodoxos y viceversa podría ser la luz que nos ilumina para realizar el anhelo de nuestro único Señor Salvador y Pastor: “Ut unum sint”.

Tal vez, estas exigencias no están presentes como debieran en las relaciones oficiales entre nuestras Iglesias que, sin embargo, se hacen cada vez más evidentes en nuestro trabajo pastoral cotidiano.

El Papa Juan Pablo II al hablar de la comunión, nos advertía lo equivocado que es promover iniciativas concretas, sin promover una espiritualidad que nos ayude a superar las tentaciones que constantemente nos acechan. Nos señalaba que sin un camino espiritual, los medios externos se convierten en máscaras, en medios sin alma.

Por eso, al tratar sobre la Eucaristía, quiero recalcar la importancia de cultivar una espiritualidad eucarística que nos permita, no sólo celebrar la Eucaristía de manera correcta y decorosa, sino que nos impulse a vivirla como fuente, centro y culmen de nuestra vida sacerdotal y eclesial.

Formarnos para la Eucaristía, es ciertamente formarnos para seguir con fidelidad un ritual que nos permita hacer nuestras las palabras y los gestos que el Redentor realizó en la última cena, pues en la Eucaristía "transmitimos lo que nosotros hemos recibido".

Pero, si no queremos dejar que el pan ázimo de nuestras eucaristías se contamine "con la levadura de los fariseos", formarnos para la Eucaristía es también y sobre todo formarnos para hacer nuestros los mismos sentimientos y actitudes eucarísticas del Redentor.

Formarnos para la Eucaristía, por tanto, es formarnos en la experiencia de la gracia, en la contemplación de las maravillas que Dios obra. Es sentirnos agraciados, experimentar la gratuidad de todo lo que somos y tenemos.

Es formarnos para "dar gracias siempre, en todo lugar y en todas las circunstancias de la vida", apreciando la vida con sus tristezas y alegrías y descubriendo que "todo acontece para bien de aquellos a quienes ama el Señor".

Es formarnos para hacer de nuestra vida una Eucaristía, para amar y servir a Dios y a los hombres con amor agradecido, para hacer de nuestra persona una ofrenda viva y permanente.

Formarnos para la Eucaristía es formarnos para dar culto al Padre "en espíritu y en verdad". Tal vez, siete años de seminario parezcan demasiados para aprender a decir misa, pero son demasiado pocos para aprender a celebrar la Eucaristía.

El Insrumentum laboris recoge aportaciones que denuncian prácticas negativas. No son simples trasgresiones a las rúbricas, sino expresión de actitudes que ignoran o deforman el sentido de la reforma conciliar.

Si la precipitación en aplicar la reforma litúrgica nos ha llevado a perder el equilibrio, al buscar de nuevo ese equilibrio, antes de proponer iniciativas concretas, debemos promover una espiritualidad que nos permita superar tanto el ritualismo pasivo como la excesiva creatividad, a fin de que el misterio hable a través de la liturgia.

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