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Opinión: Los caprichos del azar... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Opinión: Los caprichos del azar...

admin @ Mon, 2005-10-10 06:00

Pude haber sido un político. Pude haber sido un actor. El azar me salvó de ser aún peor de lo que soy.

Era muy joven todavía cuando un político ilustre me llamó a su despacho y me propuso dar un breve discurso antes de que él hablase en la plaza pública.

Acepté sin dudarlo. Admiraba a ese hombre, quería parecerme a él. Aprendí un discurso de apenas 10 minutos. Decía las mismas zarandajas y pamplinas que dicen siempre los políticos. Repitiendo ese discurso frente al espejo, me sentí un iluminado, un visionario, un hombre tocado por la historia. Era sólo un idiota embriagado de mí mismo.

Me compré un traje y seguí ensayando mi discurso falsísimo. Hablaba del amor a la patria, del compromiso moral de los jóvenes, del cambio por venir, de la urgencia de luchar por la libertad aun a riesgo de la propia vida. Todo era mentira. Todo. Yo no creía en nada de eso. Lo decía porque sonaba bien. Lo decía porque quería que mi padre me viese allá arriba, al lado del político, y aprendiese a respetarme.

Un nuevo líder estaba por nacer. Mi madre tenía razón. Ella siempre me había dicho: mi amor, tú has nacido para ser líder.

Nunca pronuncié ese discurso. Todavía lo recuerdo bien. A veces lo digo en sueños y la gente me aplaude.

También pude ser actor. Estuve a punto de ser actor. Era muy joven y el futuro resplandecía ante mis ojos: un productor de telenovelas me había visto decir boberías graves en televisión y se había convencido (no se sabe si con ayuda del pisco sour) de que yo podía ser un actor. Y no sólo un actor: un galán de telenovelas. Un galán es mucho más que un actor: es un hombre que tiene que simular, en cámaras o fuera de ellas, que se quiere menos de lo que en verdad se ama.

¡Cómo podía no aceptar esa invitación a actuar en la telenovela de moda! Me corté el pelo, me inscribí en el gimnasio, trabajé brazos y pechos, compré ropa ajustada, empecé a caminar más rápido, más seguro, más ganador, y ensayé y dominé siete sonrisas distintas. Con qué amor me miraba en el espejo. Con qué pasión sonreía para mí mismo. Con qué invencible certeza decía mis líneas papanatas.

Llegó el día de la grabación. Yo tenía que hacer de profesor, seducir a una de mis alumnas y darle un beso. El productor me prestó su chaqueta de cuero, pidió que me maquillasen de nuevo y me dijo: cómele la boca a la enana. Esperé con aplomo a que me diesen la señal, dije mis cursilerías, mi alumna dijo las suyas y, cuando estaba a punto de besarla, se cortaron todas las luces. Apagón, gritó alguien. Quedamos a oscuras. Se interrumpió la grabación. El productor nos pidió disculpas. Esperamos una hora, pero no volvieron las luces, así que nos fuimos. Esa noche, repitiendo como un imbécil mis diálogos de profesor y besando imaginariamente a mi alumna, no pude dormir. Al día siguiente, el productor me llamó y dijo que había suspendido las grabaciones porque el canal de televisión no le pagaba hacía meses y ya estaba harto de esos maltratos. Prometió llamarme cuando el canal le pagase. No sé si le pagaron, pero no volvió a llamarme. Y nunca besé a esa chica linda, mi alumna, ni irrumpí en las pantallas como un galán de ropa ajustada.

El azar me salvó de ser aún peor de lo que soy.

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