admin @ Fri, 2005-10-07 03:00
Para algunos teólogos, el bautismo de los niños parece que es una antigualla, nociva además, que hay que mandar a un desguace, que está resultando bastante general. Dicen que se bautiza a los niños por temores irracionales al demonio, al infierno y al pecado original, contra los cuales actuaría el rito como un remedio mágico. Así piensan y afirman, respaldados en su propia autoridad.
Son libres de hacerlo y lo es también quien quiera de seguirlos. Por mi parte al menos prefiero acogerme a la autoridad de la Iglesia Católica, que siguiendo la tradición apostólica nos dice en su Catecismo, en el párrafo 1250: «Puesto que nacen con una naturaleza humana caída y manchada por el pecado original, los niños necesitan también el nuevo nacimiento en el Bautismo para ser librados del poder de las tinieblas y ser trasladados al dominio de la libertad de los hijos de Dios, a la que todos los hombres están llamados. La pura gratuidad de la gracia de la salvación se manifiesta particularmente en el bautismo de niños. Por tanto, la Iglesia y los padres privarían al niño de la gracia inestimable de ser hijo de Dios si no le administraran el Bautismo poco después de su nacimiento».
El rigor de esta doctrina no es más que una muestra más del amor exigente que la Iglesia profesa a Jesucristo, de cuyo Corazón traspasado nació.
Si cree que ella es el Sacramento universal de salvación, es lógico que exija a todos que pongan en pertenecer a ella un empeño tan serio, al menos, como el que se pone en las grandes responsabilidades de la vida, empeño, sin embargo que no lleve a la desesperación a quien, a pesar de su buena voluntad, las circunstancias le impidan llegar al bautismo.
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