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Entrevista a Mons. Javier Echevarría... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Entrevista a Mons. Javier Echevarría...

admin @ Mon, 2005-10-10 12:00

La sede central del Opus Dei está en la calle Bruno Buozzi 75 de la Ciudad Eterna. Exteriormente parece una casa de pisos. Por dentro, es la suma de una serie de edificios de diferente suerte que van desde la antigua embajada de Hungría ante la Santa Sede —bastante aparente— hasta bloques de diferente estilo y gusto. Toda una manzana que incluye pequeños jardines interiores con fuentes y esculturas que dan cierto desahogo al conjunto.

En uno de estos patios tiene lugar la entrevista con el Prelado del Opus Dei. Le envié un cuestionario previo que me entrega en mano nada más saludarme, pero la entrevista continuará mientras hacemos las fotografías y durante un buen rato después. Habla rápido y en voz baja, con un acento que me recuerda al italiano. Mira con intensidad. Las primeras preguntas son, necesariamente, sobre el sínodo de obispos que comenzará al día siguiente y en el que el obispo prelado del Opus Dei participará por expreso deseo del Papa Benedicto XVI.

Pues se equivocará. El Santo Padre lo que quiere es escuchar a todos los obispos del mundo y a los teólogos y especilistas que ha invitado a asistir. Estoy seguro de que se van a analizar cuestiones que ayudarán a todos a vivir mucho mejor el sacramento de la Eucaristía y que, las decisiones que se tomen serán de una gran ayuda para la Iglesia universal.

Aunque aún no tenemos muchos datos sobre su contenido, lo que está claro es que la Iglesia sigue estando abierta a todos. El Papa va dando facilidades para que la gente se vaya acercando a Dios, para recuperar almas para Dios. Y los que busquen la verdad, lo encontrarán.

En la Basílica de San Pedro se han colocado 150 estatuas de santos de todos los tiempos. Pienso que la bendición de esas esculturas por parte de los Papas posee un gran valor simbólico: pone ante nuestros ojos que también los santos contribuyen a edificar la Iglesia y la adornan con sus virtudes; a la vez, nos manifiesta que la Iglesia presenta a los católicos el ejemplo atractivo de esos hijos fieles.

En el caso concreto de San Josemaría, su figura en la Basílica nos hace presente también que la Prelatura existe para servir a la Iglesia, y que ese cometido constituye el más ardiente deseo de todos sus fieles.

Como puede comprender la bendición impartida por Benedicto XVI fue para mí un motivo de gran alegría. Al mismo tiempo, en aquellos momentos me venía a la cabeza lo que habría comentado San Josemaría: todos los días, también los extraordinarios, hemos de cuidar lo corriente, lo pequeño, lo que para muchos pasa inadvertido.

El Opus Dei es un organismo vivo, que crece y madura con el tiempo, con la gracia de Dios y siguiendo sus planes, con el esfuerzo de cada hombre, de cada mujer, por luchar, y también con los errores personales, que son siempre una estupenda escuela personal de aprendizaje.

En estos 30 años ha habido, como es natural, un aumento en personas, en países, en nuevas labores. Se ha modificado el contexto en la Iglesia y en el mundo: basta pensar en lo que ha supuesto el Pontificado de Juan Pablo II. No cambia, en el Opus Dei, lo sustancial: su espíritu fundacional, las implicaciones de la llamada a la santificación y al apostolado en la vida ordinaria, en el trabajo profesional, en el ejercicio de los deberes comunes de los cristianos.

Quizá los cambios más grandes —por utilizar sus palabras— obedecen a dos acontecimientos de gran trascendencia que se han producido después de 1975: la configuración del Opus Dei como Prelatura, algo que ya había previsto San Josemaría desde el inicio, y la canonización de este santo sacerdote. Estos dos hitos conllevan consecuencias de algún modo incalculables. Entre otras, puede decirse que han venido a confirmar, de modo solemne, la finalidad espiritual del Opus Dei en el seno de la Iglesia.

Opino que, con la canonización, los fieles de la Prelatura se han sentido empujados a aumentar su responsabilidad, su compromiso evangelizador. En los meses que precedieron a ese evento, yo, al menos, me repetía que la canonización tenía que apuntar a una nueva propuesta de conversión, de búsqueda de Dios.

Los apostolados dependen de las necesidades del propio entorno: ante nuevas necesidades de la sociedad o de las almas, nacen las labores adecuadas. En concreto, en los últimos años están surgiendo numerosas iniciativas en el ámbito de la familia, de carácter muy variado. Tengo la fortuna de poder escuchar a muchas personas que me hablan de los proyectos que promueven, cada una a su modo: actividades de formación espiritual para mujeres y hombres casados, cursos sobre el amor conyugal o la educación de los hijos.

Me parece lógico que aparezcan iniciativas tan abundantes; ésas y otras, porque la familia constituye una fuente de vida y de felicidad, ahora y siempre. Se percibe cada día con mayor claridad la importancia de cultivar esa dimensión familiar de la existencia, que aporta el imprescindible ambiente de cariño, y que al mismo tiempo fortalece la sociedad civil.

En el Opus Dei, los apostolados se realizan de persona a persona, de amigo a amigo. La eficacia de la evangelización no depende sólo de las estructuras, ni de las organizaciones. La clave principal consiste en que los católicos sepamos hacer presente a Jesucristo, que ayudemos a los demás a descubrir la hermosura y la verdad de su Palabra, y que tratemos con caridad a quienes nos rodean.

“Para servir, servir”, afirmaba con frecuencia San Josemaría. No dudo de que esas palabras se pueden aplicar a la labor evangelizadora de la Iglesia: si servimos a los demás, seremos útiles a la Iglesia como transmisores del Evangelio. De ese modo podemos resumir las credenciales del cristiano.

Antes de responder, deseo precisar los términos de su pregunta, porque la Prelatura no “tiene” cardenales ni obispos. Los cardenales y los obispos dependen del Papa en su trabajo. Pero incluso iría más lejos, aun a riesgo de parecer exagerado: el verbo “tener” no es apropiado tampoco para referirse a ningún fiel de la Prelatura. Ciertamente, suele decirse que una persona “pertenece” al Opus Dei, o que una diócesis “tiene” tal número de sacerdotes o de fieles. Pero, como resulta obvio, esa pertenencia no significa propiedad, sino otra forma de relación.

No, perdón. Digo esto porque me parece que en ocasiones se habla equivocadamente de la Iglesia como de una institución que de algún modo puede “manejar” a sus fieles, cuando en realidad la Iglesia es un hogar donde se vive en libertad. Y, en el Opus Dei, el primer defensor de la libertad propia y ajena ha sido siempre San Josemaría.

El hecho de que algunos sacerdotes de la Prelatura sean nombrados Cardenales y Obispos supone una pérdida de brazos para los apostolados peculiares del Opus Dei, que se acepta con la alegría de servir también de este modo a la Iglesia universal.

Abrigo serias dudas de que se pueda formular una afirmación tan absoluta. Considero que buena parte de la sociedad española es cristiana y que, en no pocos aspectos, casi toda la sociedad española lo es: basta recordar, por ejemplo, las abundantes tradiciones, arraigadísimas y muy populares, que poseen un significado eminentemente religioso. También resulta necesario precisar que en realidad quienes son cristianas son las personas.

Bueno, por lo que se refiere a la fe, el futuro está abierto. Por una parte, los católicos confiamos sobre todo en la gracia y en la misericordia de Dios, no en nuestra capacidad humana de persuasión. Por otra, como la fe se transmite mediante el apostolado, el futuro se encuentra en nuestras manos: si los católicos nos animamos unos a otros a ser coherentes, alegres, serviciales, humildes, íntegros, trabajadores; si participamos en la vida pública del país, ejercitando nuestros derechos y nuestros deberes ciudadanos, entonces el panorama de la Iglesia en España se presenta prometedor.

El ambiente externo ciertamente influye, pero el futuro de la fe depende sobre todo de la fidelidad de los cristianos.

Quienes han participado en el encuentro de Colonia han experimentado las ansias de encontrar a Dios por parte de muchos cientos de miles de jóvenes, y también de personas maduras que se han removido ante esa movilización surgida desde todos los continentes.

Tiene usted razón: muchos otros síntomas hablan de que, por desgracia con demasiada frecuencia, los hombres nos alejamos de Dios, miramos a otro lado. No se trata de enumerar de nuevo los motivos de preocupación, los brotes de violencia, la plaga de la soledad, el desprecio a la vida, la difusión de una mentalidad relativista, tan claramente denunciada por Benedicto XVI, etc. Pero no me detengo en la descripción de los males de nuestro tiempo; ni deseo olvidar jamás los numerosos elementos positivos de la sociedad actual.

En todo caso, la respuesta al mal no consiste en la queja, ni en el lamento, sino en la decisión humilde y alegre de aportar nuestro grano de arena en la construcción colectiva del bien. Me viene a la mente otra expresión muy querida por San Josemaría: “sembradores de paz y de alegría”. Así hemos de movernos los cristianos.

Pienso que la actitud de algunos, que usted describe —menos de los que se piensa—, refleja el problema al que me he referido antes: el desenfoque que supone ver a los católicos en general, o a los fieles del Opus Dei en particular, como piezas de un engranaje, parte de una organización, que obedece ciegamente órdenes venidas de lo alto, y actúan como un bloque en materias políticas. Nada más alejado de la realidad: los millones de personas que han conocido de primera mano el Opus Dei en España, en sus casi 80 años de existencia, dan testimonio unánime de la libertad que han encontrado.

Pienso que a medida que se vaya entendiendo mejor la libertad de los católicos en la vida pública y política, y que se superen esquemas ideológicos que pertenecen al pasado o que responden a mentalidades poco abiertas, se comprenderá mejor que los fieles del Opus Dei gozan de la misma libertad que los demás ciudadanos, ni más ni menos.

Uno de los síntomas más claros de progreso de nuestras sociedades es que cuentan cada vez más los derechos del ciudadano, del hombre común. Las comunidades humanas se forman con el libre ejercicio del voto, con el pago de los impuestos, con el trabajo profesional cada día más cualificado, etc. Son los ciudadanos quienes toman las decisiones que configuran la sociedad.

Por supuesto. Nada más lógico y natural que la Iglesia desarrolle su labor de proclamar el Evangelio entre los laicos, porque a ellos corresponde, con libertad y con responsabilidad, poner la luz de la fe en el corazón de las actividades humanas, dignificar todas las tareas nobles, construir una sociedad a la medida de la admirable dignidad de la persona, creada a imagen y semejanza de Dios.

El destino de la Iglesia y el destino del mundo no se contraponen ni caminan separados. Uno y otro dependen de la responsabilidad de los ciudadanos, de los católicos, especialmente de los laicos.

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