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Sendereos polvosos... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Sendereos polvosos...

admin @ Mon, 2005-10-10 17:00

Por Alfonso Villalva P. /MEXICO, D.F. OCT. 9, 2005 (NOTIMEX).- Estas notas son para ti. Sí, tú que en este minuto preciso sostienes el periódico en las manos, o navegas cándidamente por el internet y por casualidad, destino o decisión propia, te encontraste con esta columna. Son para ti, exclusivamente, para nadie más. Para ti que lo mismo estás vigente en estas épocas modernas de la cultura light, las dietas bajas en carbohidratos y la pérdida de formalidad en los chats públicos.

Vigente igual que en aquéllas otras épocas no menos azarosas que han tenido como bandera las conquistas, las reconquistas, las revoluciones políticas, culturales e industriales, las cruzadas, la traición fraternal en las cortes reales del medioevo, las reivindicaciones artísticas, los senderos polvosos que se recorrían prácticamente descalzos en tiempos de los grandes emperadores romanos, helénicos, chinos, fenicios, etruscos, aztecas o eslavos.

Para ti, que quizá aún sin enterarte, eres la depositaria de miles de años de historia y tradición. Eres la plenipotenciaria representante de millones de mujeres que han muerto a través de los siglos y que hoy no pueden decir esta boca es mía.

Que han muerto en su mayoría ahogadas en la plenitud del anonimato porque no todas las de tu clase o condición, o debiera decir oficio, profesión, han sido privilegiadas o ajusticiadas por la historia, de manera tal que les haya permitido tener un sitio y, sobre todo, un nombre propio para recordar.

Son notas reivindicatorias, verás. Sin juicios de valor porque me parece al menos arrogante hacer una valoración de alguien cuyas circunstancias fueron generalmente incontrolables, o cuyos gustos son, dijéramos, singulares.

No creas que me arrogo un derecho de hablar como mandatario designado de muchos que hasta hoy, sea por vulgar mezquindad, conveniente demencia, mariconería acusada o, simple falta de foro adecuado, no han tenido la forma cuadrada de valor, necesaria para reconocer los servicios que has prestado a tu comunicad, porque esa es otra, aún sin juicios de valor de por medio, nadie puede negar los efectos de las prestaciones de tu gestión.

Porque, sabes, nos obnubilamos con esa figura moderna de los sicoanalistas tipo neoyorkino, muy figurines, con anteojos muy de moda en color verde o carmesí, camisas italianas y divanes de cuero francés, que cobran por hora y, en muchos casos, hasta en divisa extranjera.

Prestando servicios tendientes a mantener a raya los irreprimibles deseos de una esposa que desea estrangular a su marido, de un hijo que tiene sueños perversos respecto de la herencia de sus padres, de algunos parroquianos que no atajan la causa de su timidez, indecisión o deseo de autoflagelación, y algunos otros colegas por allí que, simplemente, desean externar la furia que le provocaron las bofetadas públicas de su padre cuando apenas tenía unos pocos años.

Pero existen medios alternativos ancestrales para manejar el estrés, la soledad y la impaciencia. Porque gracias a mujeres como tú, en la historia se han tomado resoluciones a todos los niveles de trascendencia; en todos los ámbitos de la expresión humana.

Porque ha habido ejércitos que han logrado no enloquecer gracias a tus certeras ministraciones; generales y mariscales de campo que han tocado la gloria la mañana siguiente a una velada en tu compañía; senadores y líderes políticos que han evitado el arrebato o el genocidio merced a ciertas libaciones e intercambios cariñosos contigo.

Es obligado, no hay otra opción, preguntarse cuantas vidas habrás alejado del suicidio vulgar y ordinario, cuantas almas habrás mantenido a resguardo, cuantos matrimonios habrás salvado, cuantos colegas se habrán sentido comprendidos, escuchados, amados, admirados. Cuanta dosis de autoestima habrás regresado a esos corazones.

Cuantas como tú que han ejercido orilladas por el destino, por la segregación social o económica. Cuantas que fueron mancilladas en su honor e inocencia incluso por parientes cercanos y después..., después a la calle, con hijo en la panza, doce o catorce años y un hambre descomunal.

Cuantas no hay que, perdidas en las alucinaciones de la adicción, son vilmente explotadas, son un instrumento pavloviano de aquellos que llenan su bolsillo con tu desgracia o tu condición.

Cuantas otras que simplemente ofician dentro de la más recatada y exquisita sociedad por diversión, emoción, desequilibrio o revancha. Cuantas lo hacen a cambio de un apartamento, auto de lujo y cenas obscenas en restaurantes de moda.O a cambio de una churumbela de diamantes o como contraprestación por un buen ascenso en el escalafón burocrático, un bono navideño o un jugoso aumento salarial.

Sin diferencia alguna, si partimos de la base de que el pago, jurídicamente hablando, puede liquidarse con dinero, bienes o servicios. Sin diferencia alguna, con el orgullo amarrado en las entrañas, sin quejas, sin mariconadas, sin una lagrima quizá.

Con la sangre fría del profesionalismo que no admite quebrarse, que no encuentra un rellano -igual al que tú provees- para consolarte. Con la resignación de que para ti, para ellas, no habrá ese momento de esparcimiento que evite, al menos temporalmente, tener el alma en un hilo.

No se puede juzgar tu profesión con la hipocresía de aquéllos que te utilizan corporalmente y al mismo tiempo invocan a Belcebú ante tu existencia. No se puede, con la sonrisa farisaica de los que utilizan la ambigüedad de tu oficio desde una tribuna política, desde un púlpito, desde una agencia de policía.

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