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UN PAYASO ARREPENTIDO...

admin @ Mon, 2005-10-10 20:00

Lunes 10 de Octubre del 2005 — Actualizado a las: 22:00:31 pm.

¿Sabes, tovarich? Hace mucho tiempo leí un libro donde el protagonista -un asesino, un verdadero tío duro con cojones- decía una vez que matar a un hombre producía la misma impresión que matar a una mosca.

Como lo oyes. Recuerdo que entonces, cuando leí aquel libro, juzgué exagerada aquella extravagante afirmación. Literatura, pensé. Pura basura literaria es todo. Hoy, cuando hasta las moscas han dejado de resultarme molestas, puedo asegurar que aquel hombre del libro tenía razón, camarada. Toda la razón.

Alcánzame esa cantimplora, Dimitri, eeeso es. Estáte quietecito mientras bebo, ¿eh? Tengo el dedo en el gatillo y me importaría bien poco disparar. ¿Qué eres tú, después de todo? Un cerdo rojo, un cabrón de comunista más. No me importaría nada hacerte otro agujero en tu roñosa piel, te lo juro por todo lo que es santo. Pero quiero charlar, compañero. Tu vida a cambio de unos segundos de charla. ¿Verdad que te emociona la idea? Billy, el yankee, haciéndose el marica delante de Dimitri, el bolchevique. Ag, toda una historia.

¡No te muevas! ¡No te muevas y déjame hablar, hijo de puta! ¡Escúchame, cabrón! ¡Así! ¡Quieto así! ¡Sin chistar! Muy bien, muy bien, muchacho. Veo que sabes hacerte querer. Eres una buena persona, comunista. Me gustaría no tener que matarte. Bien, bien, bien, puedes bajar los brazos, pero ándate con ojo.

¿Te imaginas dónde estaba yo cuando empezó esta piojosa guerra? ¡En el colegio, sí señor! ¡Mirándole las piernas a una puta de maestra que nos enseñaba ruso! La muy pendona... creo que ella también era comunista, pero la verdad es que estaba muy requetebuena, ¿sabes? La llamábamos el conejo de hielo, Vladimir, porque era fría como una noche en Siberia. Fue una lástima que termináramos linchándola cuando todo estalló, pero la muy guarra tuvo la culpa. ¡Se le acabaron las ganas de contonearse, compañero! ¡Cómo pataleaba y chillaba, la hija de la gran puerca! Fue muy divertido todo, en especial cuando la clase enterita se la pasó por la entrepierna, rusky. Al final ya no le quedaban fuerzas ni para cagarse en nuestros muertos. Ella tuvo la culpa. No se puede ser rojo en este mundo, camarada. Está prohibido.

¿Y a que no aciertas dónde coño estaba yo cuando me llamaron a filas? ¿A que no? Date por vencido, Kruschev, no lo adivinarías nunca. Estaba en el cine. Estaba viendo una película de indios y en mi casa me esperaba la citación del gobierno. Qué putada. Yo riéndome cada vez que uno de los cochinos apaches recibía un tiro en plena boca y esa maldita citación en el buzón de mi casa. Qué putada, chico. Un auténtico alarde de humor negro. Ni ese malnacido que Dios confunda, el sargento Walton de las narices, lo hubiera preparado mejor.

Ya imaginas, muchacho. Salí del cine, compré un poco de hierba, dos burgers y unas cuantas cervezas, dejé a Cindy en su casa y volví a la mía caminando a lo largo de la calle desierta. Todavía me sentía como Clint Eastwood. Ni remota idea de lo que me estaba esperando.

Ma estaba en la puerta, sentada en el porche con la carta abierta en las manos. Creo que lloraba. Pa estaba despatarrado en una hamaca, gordo y fofo como Noé, escuchando las noticias de las once. El presidente, maldita sea su cara sonriente, iba a hablar dentro de un rato. ¿Otra batalla que hemos perdido?, pensé en voz alta. ¡Alegrad la cara, tíos, que no se acaba el mundo!

Qué coño de batalla ni qué leches. Ma me explicó entonces de qué iba el rollo y Pa empezó a entonar un viejo himno de los fusileros de Texas. Supe que estaba borracho, compañero. Como una soberana cuba. Le arranqué a la vieja la citación y tuve que leer el telegrama dos veces antes de comprender. Me cagué, viejo. Me cagué patas abajo de miedo y de odio. Un millón de tíos en la edad cumplida y el Tío Sam tenía que elegirme a mí. Maldita sea mi puñetera mala suerte. Recuerdo que destrocé la radio cuando el hijo de puta del presi empezó a hablar con ese condenado tono sureño suyo.

¿Que si no pensé desertar? Desde el primer momento. Pero no había adónde ir. Tarde o temprano me encontrarían y sería el paredón. Oh, claro, yo quise escapar. Prefería ser el último desesperado solitario, un nuevo Billy the Kid, antes que el primer cadáver de uniforme entre Praga y Moscú. Lo preparé todo y me dispuse a pegarme el pire aquella misma noche. Pero cometí el error de ir a despedirme de Cindy.

Cindy era mi novia, imbécil. Una chavala estirada y pecosa con unas piernas así de largas. No estaba muy bien que digamos, pero era mi novia. Todo lo que había podido conseguir, chico. Otros las tenían peores o no las tenían. La competencia era dura y las tías buenas estaban ejerciendo de putas en todas las esquinas del país o bien andaban metidas en lo del Ejército de Salvación (en la Cofradía de las Putas Volantes, como las llamábamos), reclutando fondos para nuevos misiles de cabeza atómica. Tanto unas como otras cobraban un huevo por un simple revolcón, así que yo nunca fui cliente asiduo suyo. Una vez que robamos la gasolinera del viejo Luke Higgins sí que fuí. Dos a la vez y sin descanso. Las tías me cobraron toda la pasta que había podido sacar, pero me trabajaron bien. ¿Tú no echas de menos en esta maldita guerra a ninguna mujer? Una buena hembra con tetas así de gordas... ¿Sí? ¡Vaya, yo creía que estas cosas a los rojos os la traía floja! ¡De veras, chico, bienvenido al Club de los Masturbadores Solitarios! ¡Barras y Estrellas!

Así que fui a casa de Cindy, dos cuadras más arriba, y me colé de rondón en su cuarto y se lo conté todo. Que me iba, que no tenía ninguna puñetera gana de venir aquí a Europa a que me pegárais un tiro, que me esperara. Ella se echó a llorar en mis brazos (estaba coladísima por mí) y entonces yo... qué coño, hice lo que tenía que hacer. Era la oportunidad que había estado esperando desde hacía tiempo; ella estaba en camisón y olía a sueño. Además, le había estado dando a la coca. Había esnifado una buena porción de nieve y ahora andaba con unas ganas locas de comerse algo. Bueno, pues me la tiré en su misma alcoba y luego nos cogimos una curda de escándalo bebiendo whisky y ron que habíamos mangado de la bodega de su padre. Lo pasamos bien aquella noche: tres seguidos y sin descanso. Y porque el alcohol nos pudo.

El caso es que a la mañana siguiente yo estaba todavía allí. En cueros vivos y con una resaca horrible. Cindy estaba enroscada junto a mí, pidiendo más guerra, la muy puta. Bien, pues en esto van y llaman a la puerta. Yo me temí lo peor, porque creí que sería su padre. Una mierda. Siempre he tenido muy poca imaginación. Ojalá hubiera sido el viejo. Una buena patada en los cojones y a correr; pera no. Eran dos cabos de la Navy, dos tíos enormes como castillos, mandíbulas cuadradas y demás. No sé cómo puñetas sabían que yo estaba allí, pero se colaron en la habitación como los cowboys de las películas y me agarraron por las piernas y por los brazos, me dieron un par de hostias y me obligaron a vestirme. Cindy vio como se me llevaban por debajo de las sábanas, dio un par de gritos y juró y perjuró que me amaría siempre. Todo esto a lágrima viva. Al diablo con su amor, que se lo metiera en lo más hondo. Lo que yo quería era quedarme en casa.

¿Te aburro, compañero? Si te aburro tú lo avisas, porque yo te pego un tiro y santas pascuas, a contarle mi historia a las cucarachas. A ti no te dé corte. Puede que mi vida no te interese, pero te la vas a mamar enterita si quieres vivir, muchacho. ¿Sigo? De acuerdo, Ilia, eres todo un compañero.

Dos días más tarde ya me tenían pelado al cero, desinfectado, desintoxicado y sobrio. Me habían dejado este cachete de color púrpura y a cambio me colgaron un fusil en los brazos. La instrucción, chico. Seis semanas para acostumbrarme a las armas, al rancho, al cansancio y al sargento. ¡Oh, el sargento! ¡Ese era el peor bastardo que nadie haya podido conocer! ¡Cómo lo odiábamos, compañero! ¡Hasta se bromeaba diciendo que era de los vuestros, que nos trataba tan mal porque estaba a sueldo de los soviets!... Pero lo peor de todo fue cuando me hicieron colocarme esa maldita armadura. Las pasé putas cuando me vi metido allí dentro. Nadie quiso creerme cuando les hablé de mi claustrofobia.

Los jefazos del Pentágono sostenían que con aquello ganaríamos la guerra en cuatro meses. Yo me pregunto qué idea tendrían ellos de lo que es esto. Lo importante, decían, era que vosotros no teníais en vuestro poder un arma semejante. Decían que con una buena ofensiva os iríais todos al carajo bailando una mazurca. Panda de ilusos... Tres semanas más tarde ya habíais perfeccionado el invento. Sois como la peste, cerdo. Estáis en todas partes.

Creo que he perdido el hilo... ¿por dónde iba? Ah, sí, por la armadura. Mierda para quien la inventó. Mierda para él y para el Hombre de Hierro. Nunca fue un personaje que me entusiasmara. Pasarte la vida encerrado en metal, qué asco. ¿Quién me iba a decir a mí cuando tenía seis años que un día iba a convertirme en una versión pobre del super-héroe que menos me gustaba? Una armadura para repeler radiaciones. Una batería incorporada para no dejar nunca de avanzar. Buena aleación metálica para que pocas balas la pudieran atravesar. Uh, le debo la vida a mi armadura. Es algo que tengo que reconocer. Sin ella la habría cascado el primer día de batalla, cuando desembarcamos cerca de Lisboa. O quizá sin ella ya en los momentos de instrucción me habrían dejado tieso. Usábamos fuego real, Karpov. Y había que tener los tres ojos bien abiertos para que no te reventaran como a un tomate.

La armadura... Cuando después de tres años dejó de ser útil, cuando se demostró su incapacidad, yo ya me había acostumbrado a ella. Costó quitármela, tanto como debe, costar quitarse uno su propia piel. A veces, todavía, me quedo dormido de pie, como en aquellos horribles años en que comía, cagaba, mataba y meaba de pie, sin descanso, sin un solo minuto de pausa.

¿Ves? Ya me ha dado la vena triste. Recuerdo lo feliz que yo era antes de venir aquí y me siento feliz. Me acuerdo de todos los días de miedo y de odio y también de la sensación de querer morir de una vez y me pongo muy triste. Me enervo. Los días en que deseaba la muerte. Los días en que quería parar y escupir directamente al suelo y ofrecer mi cabeza como blanco a un soviet y acabar con todo de una vez. Los días en que el miedo me oprimía el pecho y me negaba en redondo a morir. Y las noches –cuando me daba cuenta de que era de noche- tan terribles. Pero con este sermón no te descubro nada nuevo. Supongo que en vuestro bando pasará cada día lo mismo. Sois humanos después de todo, ¿no?

¿Que si pienso que Cindy me estará esperando? ¡Esa sí que es buena! ¿Te estará esperando a tí tu Alejandrova? ¡Mi Cindy le cogió gusto al mete saca y se casó cuatro meses más tarde! ¡Sí que me esperó! Nosotros acabábamos de entrar en París y entonces me llegó su carta. Bueno, no me enfadé demasiado. Cuando te estás jugando la vida dos veces por minuto no te da por ponerte romántico ni sientes ningún tipo de deseo sexual. Eso viene después, cuando la batalla ha terminado y das gracias al Señor porque te ha dejado vivo. En París la lucha había sido encarnizada (¡Dios Santo, tres semanas disparando sin cesar!) y no quedaba tiempo de pensar en memeces. Uno lucha por salvar la vida, no por los ideales de la Patria. En ese momento no te acuerdas de tu madre, y menos aún del cornudo de tu padre, y por supuesto ni miguita de la chalada ninfómana que tienes por novia. Cuando los chicos del batallón, hartos de lucha, se quitaban los cascos esperando una bala de suerte, tú, desde luego, no te acordabas de nada. Solo te decías a ti mismo: Tom sí tiene valor. Ha acabado con todo y tú todavía estás aquí, haciendo el capullo. Quítate el casco y será el adiós, al diablo con el mundo. Y sabes que nunca serás capaz de hacerla porque entonces sí que te acordarás de tu pobre madre que te zurce los calcetines, y de aquel día en que el viejo te enseñó a montar en bicicleta, y en lo hermosas que eran las tardes en casa escuchando la radio. Entonces te pones a pensar que tu vida vale por todo eso y que Tom fue un idiota que no pudo esperar un poquito más y sigues y sigues y sigues disparando.

Cindy se casó, pero el gusto le duró poco, porque un mes después su esposo era reclutado. Parece que el ejército estaba empeñado en joderle su vida sexual, ¿no tiene gracia? El bueno de Fred vino a mi misma compañía, en Hamburgo, y los dos nos hicimos muy amigos. Cuando no teníamos mujeres a mano (y esto era muy frecuentemente), nos contábamos uno a otro nuestras experiencias con Cindy, cómo era su piel, la forma especial que tenía de susurrar, cómo le gustaba que la tratasen los hombres, y así íbamos tirando. Fred tenía muchas más cosas que contar, claro. El y yo nos hicimos muy amigos, y Cindy se nos fue olvidando un poco a los dos. Se nos convirtió en una especie de diosa, un sueño que habíamos tenido en comandita en un tiempo remoto que se nos hacía agrio y dulce. Fred y yo nos hicimos muy amigos, sí señor. Yo lo odié siempre, por supuesto. Quieras o no, me había robado a mi novia. Cuando una bala especial anti-armadura (una de las primeras que inventásteis) le partió las piernas, yo me alegré. Lo sentí por el amigo que era y me alegré porque se lo merecía. Era el castigo por haberse metido en caños que eran de los demás. El chico lloraba. Sin piernas no podía avanzar. Sin piernas iba a diñarla como un perro. Los demás seguimos y lo dejamos en medio de un sembrado de coles. Una forma muy dura de morir. El sargento Walton me ordenó que volviera atrás, y que, ya que era mi amigo, le acortara sufrimientos. Yo obedecí. Regresé sorteando balas y explosiones, le desenrosqué el yelmo y le disparé. Fue un tiro seco y breve. Era mi deber. Obedecí la orden. Creo, sin embargo, que en el último momento ladeé el disparo y no lo maté. Creo que después de irnos, el bueno de Freddy seguía vivo.

Pero lo peor fue en Berlín. Otra carta, esta vez de mi tío Louie, me traía más malas noticias. Ma le había puesto adornos a Pa, y el bueno de Pa la había hecho pedazos con un hacha, luego se había pegado fuego y había muerto defendiendo su honor. Nunca pudo comprender, me explicaba en su carta el tío Louie, que Ma se dedicó a hacer la carrera por él. Que sin dinero no podían vivir y que su conejo estaba tan bien pagado como el de una chavala de quince años. Desde luego, había que estar zumbado para hacer una cosa así. ¡Ma siempre fue un cardo! ¡En serio, hombre! En ella, la palabra fea era un piropo, de verdad. ¿Complejos de Edipo? Yo nunca he pasado por ahí. Una leche para los arreglacocos y su psicoanálisis.

Te decía que lo peor fue en Berlín. Las pasé negras, chico, y todo por querer hacer el listo. En ese tiempo se corría la voz de que si estabas tocado del ala te devolvían a casa. Que el pegar tiros continuamente y todo eso te ablandaba el coco y que si estabas ido no debías seguir en esta cochina guerra. Y yo, imbécil de mí, me lo creí. Me hice el loco. Sí, de verdad. Terminé de leer la carta del tío Louis y me la comí. Luego empecé a gritar y venga a gritar. Ni me acuerdo de las tonterías que dije. Mi mamá ha muerto, mi papí la mató. Vengan y llévenme de nuevo a casa. Chorradas por el estilo. Después comencé a pegar tiros al aire. No me habían hecho mucho caso, pero en el momento en que fui un peligro me pararon los pies... Y de una forma brutal. Mira, ¿ves? Perdí ese día todos estos dientes. Cardenales a manta, todo el cuerpo lleno de señales, Me internaron en un hospital de campaña. Allí estuve dos meses.

No, no sirvió de nada, no. Al principio los arreglacocos tragaron. Deformación en la percepción de la realidad, ideas esquizoides y no sé qué cuento de sobredosis de ácido; ese fue el diagnóstico. Al principio todos se lo creyeron. Y yo en la gloria. Enfermeras de pelo oxigenado que se pasaban el día tomándote la temperatura, contoneando el culo, poniéndote calmantes y hablando en alemán. Comida caliente. Caliente, camarada. ¿Te acuerdas tú ya de cómo huele un buen bistec? Sábanas limpias y una cama de verdad. Montones de tebeos y revistas atrasadas para leer. La gloria, hombre. El paraíso.

La única molestia era tener que pegarte cabezazos contra las paredes cada dos por tres. Había que echarle teatro al asunto, ¿no? Hasta me partí un dedo en un entreacto. Llevé la comedia adelante hasta que los enfermeros empezaron a ponerse duros. Entonces telón, tío. Uno estaba loco pero no era tonto.

Dejé de hacer el indio y claro, a los dos meses me botaron. Dijeron que me habían curado (¡Si yo no tenía nada!), me dieron una palmadita en la espalda, y me devolvieron al regimiento. Otra vez a descabezar soviets. La leche jodida. ¿Sabes una cosa? Creo que me soltaron no porque me hubieran curado (ya te he dicho que yo no tenía nada malo), sino porque hacían falta machos para aguantar a pie firme. La última ofensiva fue de pena, tus camaradas muertos deben saberlo. Cada vez quedábamos menos en cada bando, Rasputín. Como dicen los chistes, tres y el de la corneta. Ya no nos llegaban refuerzos, ni armas nuevas, y a veces hasta nos quedábamos casi sin municiones, Había días enteros en que no pegábamos un solo tiro, porque no había nadie a quien pegárselo.

Ya no quedaban muchos pueblos que ocupar y desocupar, ni burdeles, ni tías que violar a dos bandas. El último invierno fue de coña. Pero los veteranos avanzan sin quejarse, eso nos dijo el sargento Walton, Fueron sus últimas palabras, Un segundo más tarde, tu buen amigo Billy lo mató. Tenía el yelmo quitado y la ocasión era de huevos. Bang, un hijo de puta menos.

Sin ese mal nacido para damos órdenes, los que quedábamos nos lo pensamos bien y le dijimos hasta nunca al Tío Sam. ¡Desertamos, hombre! ¡Nos tomamos la licencia por nuestra propia mano! Los chicos me ascendieron a coronel y yo les di la absoluta a todos. Desde entonces nos dedicamos a funcionar por libre. Nos convertimos en una banda armada que no respetaba a nadie. Llegábamos a los pueblos aislados entonando el viejo «Barras y Estrellas», y los aldeanos salían a recibirnos con los brazos abiertos. ¡Los yankis nos liberan! ¡Viva la democracia! Y entonces nos hacíamos amos del pueblo, colgábamos a un par de tíos para demostrar quién llevaba los pantalones en aquel lugar y luego, todos al lío. Desde la abuela centenaria hasta la niña en edad escolar, toditas a contentar a los libertadores. No era la primera vez, claro. En los cinco años que llevo en esta maldita guerra, pocas son las que han pasado por aquí abajo voluntariamente. Y por voluntariamente debes entender previo pago, ¿O.K? París, Amsterdam... Viena creo recordar. Las demás, todas-todas a la fuerza. Vieja o joven, daba igual. Lo importante era meterla en caliente.

Ahora tengo que confesarte algo que me da mucha vergüenza... ¿Quieres oírlo? Una vez intenté hacerlo con un cadáver. Fue antes de que me metieran en los arreglacocos, antes de entrar en Berlín. Pasamos junto a un sitio que había sido un burdel y una de las tías estaba muerta en medio de la carretera, con un tiro en los ojos, las dos tetas apuntando al cielo. Aquella noche me escapé y volví atrás, para verla. Ya puedes imaginar lo demás... Claro, hacía más de ocho semanas que no me comía una rosca... No, no lo conseguí. No del todo. En ese justo momento empezásteis un puñetero bombardeo y tuve que subirme los pantalones y echar a correr. Supongo que habría vuelto al terminar, si una de vuestras condenadas bombas no la hubiera hecho pedazos. Sí, después he sentido mucha vergüenza, mucho asco.

¿En dónde me había quedado? Ah, sí, en nuestra carrera de asaltantes de pueblos. Billy the Kid y su Comando Infernal. Así tiramos dos o tres meses, no recuerdo. Pero nos fuimos al carajo cuando la gente se nos sublevó. Pasaron a cuchillo a todos los compañeros y a mí casi me vuelan el coco. ¿Qué cómo fue? Sencillo. La Revolución, tovarich. El pueblo en armas. Habíamos bajado la guardia, hombre. Yo, por ejemplo, había estado pegándole a la hierba y ni me enteré. Estaba amodorrado en una casa que había ido a visitar (pistola en mano, ya me entiendes). Luego del jueguecito, me quedé roque. Me dormí como un lirón, vaya. Solo me desperté cuando sonó un disparo.

La tía cayó sobre mí, más muerta que la momia de mi madre. El cráneo hecho puré. En la puerta estaba Mickey, pálido como mi culo, con los ojos desencajados de miedo y con una metralleta en las manos. ¡Vístete, coño, que nos fríen!, dice el tío, y yo allí, todavía volando, sin saber a qué jugábamos. ¡Los pueblerinos, coño, que se nos echan encima! Nada, yo viajando. La muerta desnuda encima de mí, todavía caliente, manchándome de sangre. ¡Al carajo contigo, que nos van a matar! Así hasta que Mickey me agarró, me dio dos tortas y me quitó el sueño. Entonces lo capté todo. Me di cuenta de que la tía se había aprovechado y que un segundo más y no lo cuento. Tenía mi pistola -esta pistola- a punto de volarme el coco. Dimitri, un poco más y no lo cuento.

Nos escapamos; claro, si no yo no estaría aquí. Tiros y granadas, y por fin fuera del pueblo. Mickey, dos más y yo. Los últimos supervivientes de la gloriosa LVII Compañía y de los Comandos Infernales de Billy the Kid. ¿Ves esta bala que llevo colgada del cuello? Es la bala que aquella mal nacida estuvo a punto de disparar. La marqué con mi nombre. ¿Ves? Aquí quiere decir cómo me llamo yo. Lo vi hacer en una peli. Es una cuenta que tengo con alguien Allá Arriba. Esta bala me avisa que tengo que ser bueno, porque el tiempo que estoy viviendo ya no me corresponde. ¿Bonito, no? Esto es algo que se llama poesía, hombre. Po-e-sí-a.

¿Y luego? ¿Y luego qué, qué? Ah, y luego de escapar del pueblo. Otra vez la mala suerte. Nos pegamos de boca con otra compañía, esta al mando de un general y todo. ¿Desertores?, preguntaron apuntándonos con una escopeta del tamaño de un bazoka. No, mi general, supervivientes de la LVII. Andamos perdidos como hace cosa de tres meses. Bien, pues ahora pertenecéis a la LXIV. ¡En marcha!

Y otra vez a la lucha. Esto ha sido desde enero hasta hoy. Once meses más, camarada. Cada vez más frío, más sueño, más hambre, más muertos. Y Moscú a punto de caer. Lleva así ni me acuerdo cuánto tiempo. La guerra no puede durar mucho más, eso decía el general allá por marzo. Los vendedores de material bélico de todo el mundo ya no tienen más que crear. No hay hierro, no hay metal, no hay nada más que hambre y muertos. Ja. Todavía quedamos nosotros, mi general. Y entonces el tío me respondía: ¿Sólo nosotros? Y yo me quedaba sin saber qué responderle.

Era un buen tipo, ese general. Una vez había sido profesor de literatura. Creo que en Yale, o tal vez fuera en Harvard. No era un militar, no en el sentido del sargento Walton o de otros jefazos que he conocido. A él le gustaba esta matanza tanto como te puede gustar a ti o a mí, o a esos diez millones de muertos que hemos ido sembrando desde Portugal hasta Yugoslavia. Era un buen tipo, ese general. Pero no pudo aguantar más allá de mayo. Se pegó un tiro. Se rodeó de un puñado de libros de Heminghway y se mató. Como su escritor favorito, comentó alguno. ¿Quieres lárgarte al infierno?, le contesté yo.

Así hemos sobrevivido hasta ayer. La última batalla del intrépido general Custer. Ayer todos se fueron al carajo, Dimitri, y solo nos hemos quedado tú y yo. ¿Quién sabe cuánto tendré que andar para encontrarme con otro ser humano? No, no un ruso. Un ser humano. Semanas. Seguro que por lo menos tres semanas. Lo menos hasta Berlín no hay un alma. ¿No es curioso? Llegamos hasta Moscú y luego todo lo que uno desea es volver. Dicen que la guerra termina mañana. Que el Politburó y el Pentágono han encontrado una solución final. Qué bien. Qué maravilla. Que se la coman hasta reventar. La guerra termina mañana, muchacho. Y mientras, tú y yo haciendo por mi cuenta un alto el fuego.

La guerra termina mañana. ¿Tú lo entiendes? La meta era conquistar Moscú, acabar con todos los rojos y colocar nuestra bandera en el Kremlin. Cinco años de lucha y mañana todo se termina. ¿Tú lo entiendes? Moscú está a menos de una semana de marcha. Rojos deben quedar ya pocos, pero todavía quedan. La guerra se termina y los amigos yankis se vuelven a pasar la Navidad en casa. ¡Ni siquiera vamos a ganar nada esta vez! Nos hemos estado matando para nada. Ni vosotros ni nosotros nos hemos llevado el puñetero gato al agua. Me han vuelto loco, han matado a mis padres, me han obligado a hacer las cosas más horribles, y ahora me dicen que la guerra se termina mañana. ¿Han consultado acaso mi opinión? ¿Han venido a pedirme permiso para decidir por mi cuenta? ¡No-o-o! Ellos firman y sonríen y dicen que todo terminó. Ellos limpios y aseados y yo aquí, con los huevos helados de frío esperando una orden para seguir disparando. Ellos bebiendo vodka y whisky y champán y con caviar y langosta como primer plato y yo aquí sin comer desde hace nueve días, con telarañas en las tripas muerto de ganas de comerme aunque fuera un simple trozo de alga.

La guerra se termina mañana. ¿Quieres creerme? No me alegro.

La guerra se termina mañana y a mí solo me han enseñado a sobrevivir. En la paz seré una mierda. Una bisagra podrida. Un veterano zumbado que tendrá que colaborar como un mico para levantar otra vez el país. Este año ganarán seguro los republicanos. Más impuestos, otra vez la jodida publicidad, tímidas ofertas de trabajo en los diarios. Ya no seré más el terror de las campesinas, el diablo loco que masacraba soviets. Allí solo seré Billy, el que estuvo en la guerra. Billy, el que se quedó sin madre porque su padre la mató. Billy, que tuvo una novia que ahora comanda el burdel más caro del pueblo.

¿Sabes, tovarich? Yo no quiero volver a casa. No tengo nada allí. Mi vida es todo esto. Yo soy esta guerra. ¿Ves esta pistola con la que te he estado apuntando todo el rato? ¿La ves bien? Está descargada Descargada, sí. En la matanza de ayer gasté todas mis municiones. ¿Te hace gracia? ¿Verdad que la broma ha sido buena? ¡Deberías verte la cara, compañero! Solo me queda una bala. Esta del cuello, la bala que lleva mi nombre. Ten. Hazme un favor, tovarich. Coge la pistola y dispárame. Acaba tú conmigo, antes de que me arrepienta.

Anoche, pese a los muchos canales digitales, tuve que tirar de DVD, así que acabé dándole un repaso a La novia era él, la desopilante película de Cary Grant que dirigiera ese maestro hoy ...

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