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Conmemoración de los 40 años de institución del Sínodo de los ......

admin @ Mon, 2005-10-10 22:00

CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 10 octubre 2005 (ZENIT.org ).- En la tarde del sábado 8 de octubre de 2005, se conmemoró en el Aula Nueva del Sínodo en el Vaticano el cuadragésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos.

Publicamos las intervenciones en el acto conmemorativo.

● Presentación de S.E.R. Mons. Nikola ETEROVIĆ, secretario general del Sínodo delos Obispos.

Introducción del Secretario General del Sínodo de los Obispos, S.E.R. Mons. Nikola ETEROVIĆ.

Es una grande gracia de Dios Uno y Trino celebrar el 40º aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos en el curso de una Asamblea sinodal. Tal providencial coincidencia sitúa los participantes en este acto conmemorativo in medias res. De hecho, es superfluo describir detalladamente la actividad sinodal a quienes están tomando parte de ella activamente.

Sin embargo el 40º aniversario del Sínodo de los Obispos es una ocasión para profundizar la naturaleza teológica y jurídica de esta institución que, nacida en el Concilio Vaticano II, trató de mantener el espíritu y la metodología de trabajo adaptada a sus propiedades. Sin entrar en los resultados concretos, tema que supera estas palabras de ocasión, durante cuatro décadas, el Sínodo de los Obispos tuvo el gran mérito de desarrollar la dimensión sinodal del corpus episcoporum de fomentar la colegialidad episcopal entre los Obispos y con el Santo Padre, Obispo de Roma y Jefe del colegio mismo en un ambiente de profunda comunión eclesial. En las Asambleas sinodales se experimenta la verdadera colegialidad episcopal, aunque de manera diferente que en los concilios ecuménicos.

Antes de escuchar la palabra de los Em. Oradores, quisiera indicar algunos datos estadísticos relativos al Sínodo de los Obispos.

Instituido el 15 de septiembre de 1968, el Sínodo de los Obispos tuvo hasta el momento cuatro Presidentes, cuatro Pontífices: Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Su Santidad Benedicto XVI está presidiendo por primera vez un Sínodo de los Obispos. Durante su breve pontificado, Juan Pablo I prácticamente no tuvo manera de ejercitar su función de Presidente del Sínodo. Pablo VI y Juan Pablo II. Por lo tanto, fueron los dos Romanos Pontífices que han marcado la historia del Sínodo de los Obispos. De las once Asambleas Generales Ordinarias, celebradas hasta ahora, cuatro tuvieron lugar en el curso del Pontificado del Siervo de Dios Pablo VI, respectivamente en 1967, 1971, 1974 y 1977. El mismo Pontífice presidió una Asamblea General Extraordinaria en 1969.

Por la cantidad de Asambleas Sinodales celebradas, el Siervo de Dios, Juan Pablo II puede ser llamado el Papa del Sínodo. Presidió seis Asambleas Generales Ordinarias, en 1980, en 1983, en 1987, en 1994 y en 2001; 1 Asamblea General Extraordinaria, en 1985, y 8 Asambleas Especiales: 1980 para Holanda, 1991 para Europa, 1994 para África, 1995 para Líbano, 1997 para América, 1998 par Asia, 1998 para Oceanía y 1999 II para Europa.

En su ya insigne historia, el Sínodo de los Obispos tuvo 4 Secretarios Generales: desde 1967 a 1979 su Excelencia Mons. Ladislao Rubin, desde 1979 hasta 1985 su Excelencia Mons. Jozef Tomko, desde 1985 hasta 2004 Su Eminencia el Card. Jan Pieter Schotte, C.I.C.M.. Desde el 11 de febrero de 2004, tal cargo fue recubierto por Su Excelencia Mons. Nikola Eterović.

Entre los resultados de las experiencias sinodales se cuentan: 8 Exhortaciones Apostólicas post-Sinodales: La Evengelii nuntiandi; Catechesi tradendae; Familiaris consortio; Reconciliatio et paenitentia, Christifideles laici, Pastores dabo vobis; Vita consecrata y Pastores gregis.

Se deben mencionar además las 6 Exhortaciones Apostólicas post-Sinodales de las Asambleas Especiales: Ecclesia in Africa, Una esperanza nueva para el Líbano, Ecclesia in America, Ecclesia in Asia, Ecclesia in Oceania, Ecclesia in Europa.

Los documentos mencionados tuvieron una gran influencia en la vida de la Iglesia Católica.

En las 21 Asambleas sinodales han participado 3972 padre, distribuidos de la siguiente manera: en 11 Asambleas Generales Ordinarias 2474, en 2 Asambleas Generales Extraordinarias 311 y en las Especiales 1187. El número más reducido de presencias corresponde al Sínodo para Holanda con 19 padres sinodales. El número más elevado corresponde a la actual 11ª Asamblea General Ordinaria con 256 padres sinodales.

El Sínodo de los Obispos tuvo el privilegio de que dos cardenales Relatores Generales de las Asambleas Generales Ordinarias, respectivamente la de 1974 y la de 1980, se convirtieron en Pontífices. Se trata del Em.mo Card. Karol Wojtyla y luego de Su Eminencia el Card. Joseph Ratzinger.

En los cuarenta años de vida del Sínodo de los Obispos se han producido varias modificaciones en la metodología de trabajo. En esta Asamblea estamos experimentando la última, hecha según las sabias indicaciones del Santo Padre Benedicto XVI, que tiene una gran experiencia sinodal.

El Sínodo de los Obispos está al servicio de la comunión eclesial a través del Colegio Episcopal que tiene por Jefe el Obispo de Roma. Como la Iglesia, siempre viva y joven, por la gracia del Espíritu Santo, así también el Sínodo de los Obispos permanece abierto a la inspiración del Espíritu del Señor resucitado y presente en Su Iglesia, sobre todo en el sacramento de la Eucaristía, para gloria de Dios Padre y para la salvación del mundo.

El signo tangible de la juventud del Sínodo es también el hecho de que más de la mitad de los padres sinodales de la XI Asamblea General Ordinaria participa por primera vez a una asamblea sinodal. Es signo de esperanza para el futuro de la Iglesia que, no obstante las adversidades de distinto tipo, está llena de confianza en la divina providencia, continúa desarrollando la misión que el Señor Jesús le encomendó: “Id, pues y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19)”.

El Cardenal Jozef Tomko, Presidente del Pontificio Consejo para los Congresos eucarísticos internacionales comienza presentando su informe con una introducción sobre sus propias experiencias relativas al tema del Sínodo de los Obispos y su participación en los numerosos Sínodos del pasado. Prosigue con su relación exponiendo diversos puntos concernientes al Sínodo de los Obispos, instituido por Pablo VI con el motu proprio “Apostolica sollicitudo. Sucesivamente, Juan Pablo II reforzó la autonomía e incrementó la autoridad y la colegialidad del Sínodo. El Sínodo de los Obispos fue establecido como “consejo permanente de los Obispos para la Iglesia Universal” bajo la dirección del Papa. Es una institución eclesial natural que representa al conjunto del Episcopado Católico, es perpetua por naturaleza. Tiene como objetivo facilitar información y consejos, y puede deliberar sobre ciertos temas previa solicitud del Pontífice Romano. El fundamento teológico del Sínodo de los Obispos reside en la unidad que la Iglesia expresa mediante la comunión de las iglesias locales y la colegialidad entre todos los Obispos (communio y collegialitas). El Sínodo de los Obispos representa al Episcopado católico en el mundo entero de forma moral y manifiesta, sus decisiones tienen carácter consultivo y pueden ser deliberadas sólo por mandato del Sumo Pontífice. En lo que se refiere a la índole consultiva del Sínodo de los Obispos, Juan Pablo II va más allá de los aspectos formales y jurídicos del voto del Sínodo, enmarcándolo en el contexto de la Iglesia como un organismo de comunión de fe. En conclusión, el Cardenal Tomko compara el Sínodo de los Obispos con un corazón, una maravillosa ósmosis eclesial que sigue viva después de cuarenta años.

El arzobispo de Esztergom-Budapest, S. Em. R. Card. Péter ERDÖ, en el marco de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, hizo una exposición sobre el tema: “Cuatro decenios de desarrollo institucional - Aspectos jurídicos del Sínodo de los Obispos”.

En la mencionada exposición se hizo referencia a la particular naturaleza y fisonomía jurídica del Sínodo de los Obispos según el derecho canónico vigente. El Card. ERDÖ destacó las funciones y manifestaciones concretadas por el Sínodo en los últimos decenios, poniendo un especial énfasis en algunas líneas fundamentales de su desarrollo y puntos centrales de su ministerio. Señaló, asimismo, el papel que el Sínodo tiene en la promoción de la colegialidad episcopal y de la comunión entre los Obispos, como así también en el estudio y la solución de problemas que conciernen a la misión de la Iglesia en el mundo actual. El Arzobispo se ocupó de subrayar la importancia del Sínodo como órgano consultivo del Papa; analizó también el valor del Sínodo como asamblea que favorece la relación del Papa con los obispos y de éstos entre sí, facilitándoles el planteamiento de cuestiones relativas a las diversas conferencias episcopales en el contexto de la Iglesia universal.

En la misma disertación se circunscribieron las funciones del Sínodo, explicando las diferencias entre general, extraordinario y especial, y se esclareció la relación del magisterio del Santo Padre con el Sínodo, subrayándose el valor de éste en cuanto al tratamiento de temas relativos a la fe y las costumbres, la observancia y consolidación de la disciplina de la Iglesia, la realidad de los sacramentos y la misión de la Iglesia en general, y la particular sensibilidad para abordar temas de la vida cotidiana.

La utilidad del Sínodo fue puesta de relieve por el Card. Péter ERDÖ en cuanto a la oportunidad de exponer principios morales aplicados al orden social y a la facultad de juzgar actividades humanas, cuando lo exigen los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas.

La intervención de Su Eminencia Cardenal Adrianus Simonis, Arzobispo de Utrecht, comienza con los eventos que, a partir del “Concilio de Noordwijkherhout”, llevaron a la convocación de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema “La situación pastoral en Holanda”, que se celebró en la ciudad del Vaticano desde 14 hasta 31 de enero de 1980. El autor advierte que esa convocación tuvo su origen de una intuición del Cardenal Willebrands y del Papa Juan Pablo II, quien supo prever los problemas que debían plantearse a la Iglesia de Holanda en los campos de la fe, la doctrina, la moral y la disciplina, y que mucho pudieran haber influido negativamente en toda la Iglesia . Él brinda una breve retrospectiva acerca de la participación y los resultados de dicho Sínodo. El texto concluye con una breve presentación de las decisiones acogidas favorablemente durante el Sínodo, y que en su mayoría no fueron aceptadas, y también de la labor post-sinodal, que la realidad ha confirmado. En efecto, las generaciones actuales están marcadas principalmente por la polarización que caracterizó los años de la convocación del “Concilio de Noordwijkerhout”, y sólo quieren ser católicos en comunión con la Iglesia universal.

S.E.R. Mons. Paul Verdzekov, Arzobispo de Bamenda, tomó la palabra para referirse a la Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos convocada alrededor del tema “La Iglesia en África y su misión evangelizadora hacia el año 2000: “Seréis mis testigos” (Hech 1, 8)”, que tuvo lugar en la ciudad del Vaticano desde el 10 de abril hasta el 8 de mayo de 1994. Esta Asamblea tuvo un impacto particular en la evangelización del Continente Africano, su objetivo fue el de promover “una orgánica solidaridad pastoral en toda África y en las islas limítrofes” y “examinar todos los aspectos importantes de la vida de la Iglesia en África”, de manera particular, temas como “la evangelización, la inculturación, el diálogo, el cuidado pastoral en campo social y los medios de comunicación social”.

Los Padres Sinodales, continuó el Obispo, habían examinado los deberes de los líderes políticos africanos, poniéndolos en guardia contra la conquista violenta del poder, que se ha convertido casi en una norma en el comportamiento de los poderosos, subrayando la necesidad de la democracia, de la lucha contra la corrupción y el tráfico de armas, poniendo el acento en que, sin la superación de estos fenómenos, África nunca habría podido tener paz y desarrollo.

Seguidamente se puso el acento sobre la Exhortación Apostólica post-sinodal Ecclesia in Africa que tenía como objetivo la aplicación de las directivas y orientaciones indicadas por el Sínodo: la proclamación de la Palabra, la inculturación del Evangelio, la búsqueda del diálogo, de la justicia y de la paz y el uso correcto de los medios de comunicación social.

Además fue recordada la famosa frase de Pablo VI, pronunciada en Uganda el 31 de julio de 1969: “Desde ahora en adelante, vosotros los africanos, sois los misioneros de vosotros mismos”.

La intervención se concluyó con el anuncio de la convocatoria a la Segunda Asamblea Especial para África del Sínodo de los Obispos, ya prevista por Juan Pablo II, y, luego confirmada por el Papa Benedicto XVI en fecha a establecerse.

El texto del padre sinodal S.E.R. Mons Cyrille Salim Bustros sobre “El Sínodo de los Obispos en la asamblea especial para el Líbano” presenta, en forma de relación, una reflexión sobre los resultados de la asamblea reunida en torno al Papa Juan Pablo II en noviembre de 1995. Partiendo de las causas del conflicto entre cristianos y musulmanes, que explotó en Beirut en 1975, examina las razones de la convocatoria de la asamblea sinodal y las reacciones a la Exhortación Apostólica “Una esperanza nueva para el Líbano”, promulgada por el Papa Juan pablo II el 10 de mayo de 1997. La Exhortación Apostólica del Santo Padre fue acogida por la sociedad libanesa, civil y religiosa. La presencia en el Sínodo de las delegaciones ortodoxa, protestante y musulmana (chiíes, suníes y drusos) atestiguó de esta manera la unidad y el espíritu de colaboración que la sociedad libanesa debe perseguir con espíritu de diálogo y de convivialidad entre las religiones. El Líbano, había afirmado el Papa Juan Pablo II, es más que una patria, es un mensaje, para oriente y para occidente, de convivialidad. entre distintas religiones. El informe presenta, en fin, un balance de los cambios sociales surgidos de la reflexión sinodal y del encuentro entre musulmanes y cristianos.

Su Santidad Juan Pablo II de feliz memoria, tuvo una intuición profética que se convierte en una tarea para los pastores y fieles del Continente Americano. En 1992, al celebrarse en Santo Domingo los 500 años del comienzo de la evangelización del Nuevo Mundo, dijo el Papa a los obispos ahí reunidos para la IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano que sería conveniente celebrar alguna reunión con los obispos de América del Norte.

La propuesta del Papa nos sorprendió por lo inesperada, pero se fue difundiendo y encontró un eco positivo en los episcopados de uno y otro hemisferio. De tal manera que en 1994 pudo el Papa precisar su idea y convocar a un Sínodo de América en el contexto de la preparación del Gran Jubileo de la Encarnación.

Estábamos acostumbrados a hablar de América del Norte, del Centro, del Sur y del Caribe y sobre todo, estábamos acostumbrados a vivir, en lo que a Iglesia se refiere, paralelamente. No obstante algunas sugerencias sobre la terminología en uso, el Papa mantuvo firme la expresión "Sínodo de América" para indicar sobre todo una tarea, la de construir la unidad del Continente Americano en base a la fe en Cristo.

Eran dos Iglesias: la de Estados Unidos y Canadá de más reciente fundación, nacidas en medio de una sociedad prevalentemente protestante, y la de América Latina que nació católica desde sus orígenes por la acción evangelizadora de España y Portugal. Dos iglesias que vivieron separadas, en las que se dieron contactos esporádicos, pero podemos decir, que ni oficiales ni programados.

Ya durante los trabajos de preparación los integrantes de la "Comisión Preparatoria del Sínodo", nos fuimos percatando de los muchos elementos de unidad del Continente. El primero y más importante de todos, la fe en Cristo. América es hoy el continente cristiano, con un 62% de católicos y poco más de un 30% de hermanos protestantes de distintas denominaciones; el deseo de libertad y de democracia con la valoración del individuo tienen su asiento en América; la presencia multiétnica de europeos: sajones, latinos, eslavos, así como de los indios aborígenes y los grupos de americanos de origen africano, se da en varios países; problemas comunes son la pobreza, la migración, el narcotráfico, etc.

El Sínodo de América se realizó del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997, concluyendo, en la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, que es otro elemento unificador de gran importancia religiosa y cultural para América.

El mutuo conocimiento durante y después del Sínodo se ha ido traduciendo en cercanía afectiva y estima, en conciencia compartida de muchos problemas comunes que requieren ser abordados en un esfuerzo común. Este espíritu de cercanía y colaboración ha facilitado los contactos, ya sea de Conferencias Episcopales, como de obispos o de comunidades religiosas y movimientos de apostolado para pedir y ofrecer ayuda, en un intercambio de dones espirituales y materiales. Estos contactos no son ya esporádicos sino fruto del espíritu propiciado por el Sínodo de América y la consecuente carta post-sinodal "Ecclesia in America" de su santidad Juan Pablo II. El lema del Sínodo "Encuentro con Jesucristo vivo, camino de conversión, de comunión y de solidaridad de América" ha centrado en Jesucristo todas las motivaciones para la comunión eclesial, la colaboración y los proyectos pastoral es de las distintas iglesias.

La Secretaria General del Sínodo en nombre del Consejo post-sinodal ha enviado sucesivas cartas circulares a las conferencias episcopales, a los dicasterios de la Curia Romana, a los organismos de la vida consagrada y a otras entidades eclesiásticas, solicitando informes sobre las actividades que se están realizando en orden a llevar a la práctica las indicaciones del documento post-sinodal.

Las respuestas recibidas ofrecen un amplio panorama de encuentros y realizaciones que empiezan a poner en práctica la visión de unidad y comunión que tuvo el Papa Juan Pablo II al convocar el Sínodo de América.

Se enumeran algunos ejemplos. Han respondido a las preguntas de la Secretaría del Sínodo 19 Conferencias Episcopales, es decir, el 80% del total. Hay respuestas del CELAM y de las reuniones de obispos de Estados Unidos, Canadá y Latinoamérica. Es muy significativo el cambio de denominación de estas reuniones que antes del Sínodo de América se llamaban "Reunión Interamericana de Obispos", ahora se llaman "Reunión de los obispos de la Iglesia en América". En ellas se han tratado problemas como el de la deuda externa (cfr. EA, 59), las migraciones (cfr. EA, 65) o las respuestas que hay que dar desde la fe en Cristo a la globalización (cfr. EA, 20, 25).

De igual manera la mayoría, por no decir la totalidad, de los dicasterios de la Curia Romana han dado respuesta a la Secretaria General del Sínodo sobre la aplicación de la Carta post-sinodal "Ecclesia in America". Varios organismos de la vida consagrada han informado de la recepción y aplicación de la carta post-sinodal.

El texto de la exhortación apostólica fue firmado por el Papa Juan Pablo II en México en la Basílica de Guadalupe, el 25 de enero de 1999 y publicado por la Libreria Editrice Vaticana en cinco lenguas: italiano, español, francés, inglés y portugués. Además, el texto ha sido difundido ampliamente a través de importantes publicaciones: por el Secretariado del Consejo Episcopal Latinoamericano, por la Comisión Pontificia para América Latina, por la Arquidiócesis de Guadalajara con prólogo de un servidor para difundirlo en México y por la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos.

Es necesario que el texto se siga difundiendo, ya sea en ediciones completas o sintéticas con carácter de resumen, como lo han hecho las Conferencias Episcopales de Canadá, Perú y Argentina.

Muchas Conferencias Episcopales han dedicado más de una asamblea plenaria al estudio y aplicación de la doctrina y propuestas pastorales de "Ecclesia in America" y a la luz de ella, han estructurado sus planes de pastoral, vgr. Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Chile, Ecuador, Guatemala, Venezuela y México. El plan pastoral del CELAM 1999-2003. Lleva por título "Encuentro con Jesucristo vivo en el horizonte del tercer milenio".

Se puede afirmar, que casi no existe documento de Conferencias Episcopales o de obispos en que no se cite la carta post- sinodal "Ecclesia in America". Es la siembra de una semilla que ya está comenzando a dar fruto abundante.

Proyectos que ha propiciado el espíritu del Sínodo de América, son por ejemplo: la fiesta litúrgica de Nuestra Señora de Guadalupe del 12 de diciembre extendida a todo el Continente Americano por la Congregación para el Culto Divino (25-3-1999); fue una petición del Sínodo vivamente recomendada por el Papa Juan Pablo II (cfr. EA, 11).

La canonización de Juan Diego, humilde mensajero de la Virgen de Guadalupe, realizada en México por el Papa Juan Pablo II el 31 de julio de 2002, había sido pedida por el Consejo post-sinodal juntamente con la Comisión Pontificia para América Latina en orden a poner en práctica el n. 15 de "Ecclesia in America" que invita a exaltar los frutos de santidad del Continente Americano.

El Catecismo de Doctrina Social de la Iglesia, recientemente publicado por el Pontificio Consejo de Justicia y Paz, fue una petición del Sínodo de América, benignamente acogida e impulsada por el Papa Juan Pablo II.

Entre los encuentros para poner en práctica la exhortación post-sinodal merecen destacarse el de la Comisión Pontificia para América Latina (CAL) del 20 al 23 de marzo de 2001, de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, que centró sus esfuerzos en el año 2000 sobre los temas de evangelización, comunión entre las iglesias locales, preparación y distribución del clero, formación de los laicos, quehacer de la parroquia, ecumenismo, migraciones, y comunicaciones sociales. El Pontificio Consejo para la Cultura organizó en Puebla, México, del 4 al 7 de junio de 2001 una reunión para reflexionar sobre las posibilidades de responder a la petición del Santo Padre en el n. 70 de "Ecclesia in America" sobre la evangelización de la cultura. La Conferencia Episcopal de México hizo una aplicación a la realidad nacional el año 2000 en una carta que lleva por título: "Del Encuentro con Jesucristo a la Solidaridad con Todos", que ha tenido hondas repercusiones en los ámbitos religioso y social.

El Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA) que se venía celebrando periódicamente en el ámbito latinoamericano, adquirió dimensión continental y pasó a ser: "Congreso Americano Misionero" (CAM).

Un ejemplo concreto del espíritu de solidaridad lo constituye una iniciativa denominada "Texas- Oklahoma" en el que 16 diócesis de Estados Unidos, apadrinan a 7 diócesis de Honduras.

Los obispos de las diócesis fronterizas de México y Estados Unidos, lugar donde se da el mayor flujo de personas que cruzan una frontera, legal o ilegalmente, han organizado varias reuniones sobre migrantes (cfr. EA, 65), y recientemente se ha publicado un documento conjunto de las Conferencias Episcopales de Estados Unidos y México sobre el tema de las migraciones.

Respondiendo a la expresado en el n. 37 de "Ecclesia in America", algunas diócesis de uno y otro país han establecido vínculos de hermandad y cooperación. Un ejemplo de ello es el Seminario abierto en la ciudad de México para preparar sacerdotes que atiendan principalmente a los fieles de habla hispana en Estados Unidos. Va creciendo el intercambio de seminaristas y sacerdotes que van de Estados unidos a México para aprender español y conocer la cultura, y de sacerdotes y seminaristas que van de México a Estados Unidos a atender pastoralmente a los hispanoparlantes.

Por razón de la brevedad del tiempo se omiten otras experiencias, estimando que éstas son suficientes para darse una idea de los frutos que comienza a dar el Sínodo de América, el mayor de los cuales es, sin lugar a dudas, la nueva mentalidad que se va difundiendo de construir la unidad del Continente Americano sobre la base de las hondas raíces de su identidad cristiana.

En el contexto del fenómeno más o menos reciente pero irreversible de la globalización, la intuición del Papa Juan Pablo II alertó oportunamente a los Pastores de América en orden a caminar al ritmo de la sociedad actual e imprimir a la globalización el sello de la unidad y de la caridad de Cristo.

El Cardenal Paul Shan, S.J., si bien recordando las dificultades de resumir los resultados positivos de la Asamblea Especial para Asia del Sínodo de los Obispos, dada la multiplicidad de Iglesias particulares con diversas tradiciones y diferencias socio-económicas, geopolíticas, culturales y raciales del continente, sobraya algunos resultados positivos alcanzados en el ámbito cristológico, pneumatológico y eclesiológico.

El Cardenal Shan, de hecho, explica que ,después de la Asamblea Especial cuyo como tema fue “Jesucristo, el Salvador, y su misión de amor y de servicio en Asia “... para que tengan la vida y la tengan en abundacia” (Jn 10,10)", se ha observado una mejor comprensión, por parte de las iglesias particulares en Asia, del concepto de la unicidad y de la universalidad de la salvación en Cristo. Por lo tanto afirma que, después de la publicación de Ecclesia in Asia, parecen haber disminuído los escritos o los artículos contrarios al consenso de los Padres sinodales y de la Exhortación Apostólica Post-sinodal, con respecto a que el Espíritu Santo no es una alternativa respecto de Cristo. En fin, el Cardenal Shan observa un ligero cambio en la posición de las fuerzas políticas y de las Iglesias particulares, con respecto a la aceptación de que no se puede transigir en lo que se refiere a la doctrina de la fe sobre la comunión y la unidad de la Iglesia católica.

El Cardinal Thomas S. Williams, en su intervención, en primer lugar recordó los diversos eventos que han conducido a la Asamblea Especial para Oceanía del Sínodo de los Obispos, que se llevó a cabo en la ciudad del Vaticano desde el 22 de noviembre hasta el 21 de diciembre con el tema :”Jesucristo: seguir su Camino, proclamara su Verdad, vivir su Vida: un llamado para los pueblos de Oceanía”. A continuación subrayó la importancia que este Sínodo tuvo para el discernimiento de la prioridades pastorales y para la colaboración entre las diócesis de Oceanía.

A casi siete años de la Asamblea Especial, según el Cardinal Williams, la celebración del cuadragésimo aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos es la ocasión oportuna para evaluar sus beneficios. Entre éstos, el Cardenal recordó la consolidación de la identidad de Oceanía como continente con características propias y, hecho aún más importante, la auténtica experiencia de comunión entre las diócesis de Oceanía y con la Iglesia universal. El Sínodo, según el Cardenal, puso también en evidencia los dones que Oceanía puede ofrecer a la Iglesia universal, es decir, la juventud y la frescura, su experiencia en el ámbito de la inculturación, su tradición de participación y hospitalidad, el compromiso y la sólida formación de los laicos. El Cardenal observó que, en virtud las particulares situaciones geográficas de muchas Iglesias particulares del continente, las enseñanzas sociales de la Iglesia empeñan y desafían a la gente en la vida cotidiana.

El Cardenal Williams, luego puso en evidencia que la Exhortación Apostólica Post-sinodal Ecclesia in Oceania del Papa Juan Pablo II consintió a la Iglesia en Oceanía alcanzar una comprensión más profunda de la “communio” local y universal y su relevancia en el ámbito de la inculturación, de la evangelización y de la planificación pastoral. El Purpurado recordó que surgieron también otros temas tales como la importancia de la oración y de las Escrituras, de la Eucaristía y del Sacramento de la Penitencia, y además la preocupación por las muchas comunidades sin sacerdote. Y aún más: el apostolado social y el compromiso por la justicia y la paz como parte integrante de la misión evangelizadora de la Iglesia, el refuerzo de la vida familiar, el cuidado pastoral de los jóvenes, el uso de los medios de comunicación social al servicio de la evangelización, la renovación del compromiso ecuménico, la defensa de la vida humana y la tutela del ambiente.

La Exhortación Apostólica Post-Sinodal Ecclesia in Oceania se difundió en diversas maneras y en diversas lenguas y fue ampliamente discutida, dando múltiples frutos, entre los cuales también la Asamblea General Nacional de la Iglesia Católica, cuya enseñanza es actuada a través de las asambleas diocesanas. El documento dio un nuevo ímpetu pastoral y una orientación a los sínodos diocesanos.

El Cardenal Williams concluyó afirmando que la Exhortación Ecclesia in Oceania seguirá siendo aún por mucho tiempo fuente de inspiración y orientación para la Iglesia en Oceanía.

El Siervo de Dios, Su Santidad el Papa Juan Pablo II, me hizo el gran honor de nombrarme Relator General de la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos, que tuvo lugar en Roma del 1 al 23 de octubre de 1999. Recuerdo con viveza y emoción aquellos días de intenso trabajo y diálogo fraterno; como todas la Asambleas sinodales a las que he podido asistir, fue un verdadero acontecer de Iglesia. Las deliberaciones desembocaron en la confección de un amplio elenco de Propositiones que el Papa citará ochenta y seis veces en su memorable Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa”, firmada el 28 de junio de 2003.

A modo de evocación, sin pretensión alguna de exhaustividad, recordaré brevemente algunos datos referentes a la ocasión de aquella Asamblea Especial de 1999, a su composición y a sus argumentos centrales, retomados y ampliados luego en “Ecclesia in Europa”.

La ciudad de Berlín, símbolo de la división que marcó al Viejo Continente durante buena parte del siglo XX, fue el lugar escogido por Juan Pablo II para anunciar la convocatoria de la II Asamblea Especial para Europa, durante su viaje a Alemania en 1996.

En diciembre de 1991 se había celebrado la I Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos "después de pasados dos años del comienzo del colapso tan repentino y verdaderamente extraordinario del sistema comunista, en el que tuvo una gran parte el testimonio heroico de las Iglesias cristianas"[1]. El tiempo transcurrido desde la caída del muro de Berlín en 1989 había sido verdaderamente corto. Para entonces, muchas iglesias apenas habían tenido tiempo de normalizar mínimamente su vida. Por otro lado, la evolución de las cosas en los años siguientes había sido tan rápida y, en parte, tan poco alentadora, que parecía muy conveniente una nueva convocatoria sinodal que permitiera reflexionar con más perspectiva sobre la situación de Europa y de "sus dos pulmones", del Este y del Oeste.

Ése habría de ser, sin duda, para Europa el trasfondo del examen de conciencia al que la celebración del Gran Jubileo de la Encarnación en el año 2000 invitaba a toda la Iglesia Católica. En la carta apostólica Tertio millennio adveniente, de 1994, el Papa había previsto la convocatoria de un Sínodo de carácter continental para América, Asia y Oceanía "en la línea de los ya celebrados para Europa y África" - escribía en aquel momento[2]. No dejó de causar cierta sorpresa que, dos años después, en 1996, manifestara su voluntad de convocar de nuevo también un sínodo continental para Europa para "analizar la situación de la Iglesia ante el Jubileo" con la mirada puesta en la nueva evangelización del Continente. La II Asamblea para Europa vino así a ser la última de las continentales convocadas en orden a la renovación jubilar de la vida de la Iglesia, con las peculiaridades propias de la situación europea aludida.

Los 288 participantes que formaban la II Asamblea Especial para Europa procedían de todos los países del Viejo Continente y eran de todas las edades, desde veinticinco a ochenta y cinco años. La mayoría, como es natural, eran miembros del episcopado europeo, junto con algunos pocos de otros continentes. Allí estaban los presidentes de las 32 Conferencias Episcopales de Europa y de otras 10 circunscripciones eclesiásticas, 76 obispos elegidos expresamente por sus respectivas Conferencias para participar en esta Asamblea y 23 nombrados por el Santo Padre. A estos se añaden, igualmente como miembros de pleno derecho, 27 presidentes de los dicasterios romanos y 8 superiores elegidos por la Unión de Superiores Generales de institutos de vida consagrada. Con voz, pero sin voto, formaron parte del Sínodo 38 auditores, clérigos y laicos representantes de diversos ámbitos significativos de la vida eclesial, así como 10 delegados fraternos, representantes de otras confesiones cristianas. Por fin, 17 teólogos al servicio de la Secretaría especial y los 24 asistentes.

Este amplio grupo humano, en particular los obispos, hablaba todas las lenguas de Europa, conocía por experiencia situaciones tan diversas como las de las grandes ciudades del oeste y del este, desde Lisboa a Moscú, la de sociedades industrializadas y democráticas desde hace siglos o la de sociedades que habían salido hacía tan sólo diez años de la dura experiencia de los regímenes comunistas y se encontraban sumidas en la inestabilidad social y en la pobreza. El mayor de ellos, el cardenal Casimiro Swiatek, de Bielorrusia, con ochenta y cinco años, había sufrido durante largos años las cárceles soviéticas y había logrado escapar de una condena a muerte; el más joven, el obispo de la Rusia Europea, Klemens Pickel, con treinta y cinco años, vivía la experiencia del humilde, pero vigoroso renacer de la vida de la Iglesia en su inmensa diócesis. Allí estaban obispos que ejercen su ministerio en sociedades homogéneamente católicas (al menos culturalmente) y otros que trabajan en entornos donde sus comunidades no son más que una pequeña minoría.

Para la mayoría de los participantes, aquélla era la primera vez que se veían. Más de la mitad de los obispos ni siquiera habían participado nunca en una Asamblea sinodal. Sin embargo, la diversidad y el desconocimiento muto, como es habitual en nuestras Asambleas, cedieron ante la unidad católica casi palpable en tantas cosas: la liturgia, actuante de la presencia del único Señor; la presidencia del Papa, haciéndose puntualmente presente en el aula sinodal, mañana y tarde, y el mismo procedimiento sinodal.

Juan Pablo II, en su alocución a los hombres de la cultura y la ciencia en la catedral de Maribor-Eslovenia, citada en el Instrumentum Laboris (n° 24), había afirmado, en mayo de 1996, que "ésta es la hora de la verdad para Europa". El Mensaje final del Sínodo de 1999 fue una vibrante llamada a la esperanza a una Europa en la que se percibían, ciertamente, signos de vida, pero también preocupantes muestras de desfallecimiento y resignación. Entre los sinodales había una profunda sintonía en torno a este diagnóstico y también sobre los motivos fundamentales de la seriedad que encierra.

Tras la reunificación geográfica y política, pudo percibirse mejor la magnitud del daño espiritual causado por el humanismo inmanentista en sus diversas versiones ideológicas. En muchas regiones de los antiguos países comunistas la mayoría de la población está sin bautizar, mientras que en los países de tradición católica la transmisión de la fe a las nuevas generaciones aparece con frecuencia en peligro. La familia, la escuela, el trabajo y el ocio se alejan de la inspiración cristiana en la vida y en las leyes.

Sin embargo, siendo ésta la hora de la verdad para Europa, es por eso mismo igualmente la hora del Evangelio. La convinción de los sinodales era en este punto clara y esperanzada. El Papa aludía también a ella en la homilía de la misa de clausura: ésta es, como en el tiempo de la predicación de San Pedro, la hora del anuncio renovado del kerygma; "después de veinte siglos, la Iglesia se presenta en el umbral del tercer milenio con este mismo anuncio, que constituye su único tesoro: Jesucristo es el Señor; en Él y en ningún otro está la salvación”[3].

En efecto, tampoco en Europa se puede presuponer ya nada. No se puede presuponer el conocimiento ni la comprensión de lo más elemental de la vida y de la fe cristiana. Hay que comenzar por el principio.

La palabra ha de ser fundamentalmente kerygmática, es decir, una propuesta esencial y nítida del misterio de Cristo[4]. Una palabra que, por tanto, no se reduce nunca a hacerse eco de los tópicos, ni siquiera de los valores de la cultura europea de hoy, sino que remite al juicio de salvación que Dios ha pronunciado en la cruz del Hijo eterno sobre la humanidad. Una palabra que anuncia el perdón de los pecados, la resurrección y la vida eterna; que abre los horizontes del ser humano, tentado de encerrarse sobre sí mismo y alienado en la cultura de la pura inmanencia, a los horizontes de la Verdad, del Bien y de la Belleza plenos. La palabra de la nueva evangelización anunciará con humildad, pero con firmeza, que sólo el Espíritu de Cristo conduce al hombre a la verdad y a la libertad plenas, porque sólo en Jesucristo se ha dado el encuentro victorioso de Dios mismo con el tiempo y con la muerte.

La vida sacramental de la Iglesia es también parte ineludible de la nueva evangelización[5]. En ella se prolonga el encuentro vivo del Resucitado con cada uno de sus seguidores de hoy. De la Eucaristía y de los demás sacramentos, brota la vida cristiana, que pone en los labios de la Iglesia la palabra y hace de su corazón y de sus manos instrumentos de la caridad del mismo Cristo. Los sinodales hablaron mucho de la renovación de la vida sacramental a la que va unida necesariamente la vitalización de la diaconía, del servicio del amor[6]. De este servicio también se habló mucho, dado el inmenso abanico en el que puede y debe ejercerse: desde las instituciones de la vida política, social y cultural de Europa, hasta las obras de acogida de los inmigrantes y de apoyo de los que no tienen trabajo, de los ancianos y, en general, de los marginados en las sociedades "satisfechas" de occidente o en las todavía "insatisfechas" con los cambios recientes en el este.

La nueva evangelización tiene y busca sus instrumentos, de los que se habló con amplitud en la Asamblea sinodal; y tiene también su estilo. El diálogo es el instrumento y el estilo, a la vez, de la nueva empresa del anuncio de Jesucristo a los europeos de hoy: el diálogo con la cultura y con la sociedad, a través de instituciones adecuadas, entre las que destacan los centros escolares y universitarios, así como los sanitarios y asistenciales, sin olvidar, según recordó el cardenal Sodano, la presencia eclesial específica en las instituciones políticas; el diálogo ecuménico entre las diversas confesiones cristianas: se destacó, en particular, la necesidad de la mutua inteligencia y caridad entre católicos y ortodoxos, que no debe cesar de avanzar a pesar de las dificultades existentes; el diálogo interreligioso con los que profesan credos distintos, cuyo número crece hoy en Europa; diálogo que, como los anteriores, se ha de basar en la verdad y la comprensión recíproca a un tiempo.

En lo que toca, por así decir, al interior de la Iglesia católica, los llamados nuevos movimientos y comunidades eclesiales son uno de los instrumentos que el Espíritu Santo ha regalado a la Iglesia en orden la nueva evangelización. Pero en el Sínodo se hizo también un llamamiento al diálogo entre todos: los movimientos nuevos y las instituciones antiguas; y, por supuesto, a la comunión de todos con el Obispo en la Iglesia local, una de cuyas instituciones fundamentales sigue siendo la parroquia. La nueva evangelización nos convoca a todos y nos necesita a todos.

La Vieja Europa espera palabras de futuro y de esperanza. El Sínodo de 1999 y la Exhortación Apostólica “Ecclesia in Europa” salen al paso de esa espera con una propuesta y una llamada: Jesucristo y la conversión a Él, que tiene palabras de Vida eterna.

[1] Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para Europa, Declaración 1, 1.

[3] Citado en Ecclesia in Europa, 18; CL 13-14; 18-22.

[4] Cf. Ecclesia in Europa, Capítulo III: "Anunciar el Evangelio de la esperanza".

[5] Cf. Ecclesia in Europa, Capítulo IV: "Celebrar el Evangelio de la esperanza".

[6] Cf. Ecclesia in Europa, Capítulo V: "Servir al Evangelio de la esperanza".

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