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Clara Janés y Vladimir Holan en la gruta de las palabras... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Clara Janés y Vladimir Holan en la gruta de las palabras...

admin @ Tue, 2005-10-11 05:00

Aquí, a Kampa, la isla de la poesía, del amor, y del encierro voluntario del hombre que amó la libertad por encima de los condicionamientos políticos, fuimos muchos en busca del poeta y eso fue de la mano de una mujer buscadora incansable y capaz de adentrarse en otros mundos de pensamientos poéticos para descubrirnos lo que hasta entonces nos era desconocido, y para ayudarnos a disfrutar del conocimiento de novedosas voces y corrientes, capaces de enriquecernos hasta ser alimento nutriente y resarcirnos de tantas ocasiones perdidas o entregadas a la ignominia de negaciones sistemáticas para el alma, la inteligencia y los sentimientos.

Nada que objetar, antes bien elogiar y hacerse partícipes de tantas sensaciones profundas, íntimas e intimistas como las que muchos hemos podido ir desbrozando tras felices exploraciones indagatorias como la poeta catalana hace y nos invita a hacer a sus lectores. En su compañía y de su mano, he descubierto su cielo poético más amado: Vladimir Holan. El universo planetario de otras palabras y músicas: Sohrap Sephri, Fusuli, Adonis, Ilham Berk, Jiri Orten... Su poderoso credo poético en libros tan personales en su registro resultante como «Eros», «Lapidario», «Ver el fuego», «Diván del ópalo de fuego», «Rosas de fuego», «Arcángel de sombra». Y sus paraísos e infiernos trazados en «Los caballos del sueño».

A Clara Janés le atrae todo. Eso y más. Y en ella se ha dado, en momentos así, esa constatación alumbradora, personalísima, que la llevan a la esfera de susurrar e incluso gritar sin decoro, como pedía Unamuno, y así se retrata, con absoluta sinceridad, en un poema de su libro «Eros»: No conozco la astucia, / no soy como la hoja del chopo / que en oruga se oculta y arracima / antes de dar su tierno cuerpo al viento, / soy clara y sin pudor, soy entera y tajante / y no sé seducir. Pero con igual sinceridad apunta a esos estados en que uno puede llegar a formularse expresiones de un sentimiento que, otros, en un tiempo distinto, y sin conocimiento directo o indirecto, sintieron, por eso escribe: «Y eso me sucedió con él, el encerrado en Kampa, el halcón encapuchado cuya divisa es "in tenebras spero lucem", a su vez punto de luz de mis tinieblas, oriente de mi discurrir. Él, el morador de la gruta de las palabras, verdad viva, sabiduría de todos los recovecos del corazón, pura entrega del ser en el verbo». De esta cita, extraída de su libro de memorias, «Jardín y laberinto», página 117, toma Clara Janés el título de la conferencia que esta tarde dictará en el edificio histórico de la Universidad de Oviedo: «La gruta de las palabras».

Pocos escritores con la capacidad de Clara Janés para introducirse en el alma de las palabras, para extraer lo más prístino, lo más hondo, de ellas. Y es así como a través suyo se nos ofrece una escala, como la de Jacob, para poder adentrarnos en la gruta de las palabras y descubrir así el tesoro del idioma, el calor vivificante de la lengua, toda la intensidad de la palabra poética.

La figura del poeta Vladimir Holan despierta en Clara Janés no ya una pasión, sino un gran amor, que la llevan, cuando alguien le regaló un libro de autor desconocido (Holan), titulado «Una noche con Hamlet y otros poemas», a recuperarse de seis años de silencio poético y a manifestar: «Su lectura me resucitó. Holan fue mi Orfeo». Clara reconoce haber bebido en sus poemas, «pues expresaban de un modo extraordinario cosas que yo sentía y quería decir. Mi encuentro con Holan y su poesía fue lo más decisivo de mi vida». El encuentro de aquel viaje iniciativo, de aquel viaje al epicentro mismo del amor, sucedió en 1975, treinta años después, permanece el verdor primaveral de aquel cúmulo de sensaciones sentidas, de amor en su plenitud de poeta, de mujer.

Clara Janés no se contentó con leer al poeta revelador de mundos compartidos fuera de las circunstancias propias, deslumbrador y magnético, a través de traducciones, ella misma tomó la decisión de aprender checo. Y viajó a Praga a conocer al poeta. Y cuando el 13 de junio de 1975, Clara acudió a visitarle en Kampa, la isla en el río Vltava, se encontró que ya no vivía allí, sino al otro lado del puente de Karluv Most. El cambio aturdió a la joven poeta, y no disimuló la desolación causada -ella tenía listo su libro «Kampa»-. Holan cortó de raíz aquella decepción: Esto es Kampa. La respuesta que recibió hace que, quince años después, la poeta me confesase, con los ojos iluminados de presente vivísimo, en una tarde luminosa del otoño madrileño, y en la terraza de su casa: «Su modo de negar la realidad e imponer como real lo que le dictaba su mente era igual al mío».

Así, en homenaje a ambos me he entregado, con la pasión de la amistad hacia la mujer y la escritora, a leer «Kampa» y a escuchar la casete en la que la propia Clara canta la parte segunda de este poemario de amor intenso, verdadero, lleno de la entrega más generosa, de percepciones finísimas y hermosísimas, por su alto grado de sencillez y de musicalidad, cual sinfonía expresada en una partitura primorosa, escrita por la identidad de dos almas alineadas en un mismo eje planetario, y ejecutada con la perfección intensa del más alto sentimiento.

No considero baladí rescatar del recuerdo algo que escribió Claudio Rodríguez a propósito de «Kampa», y que me parecen consideraciones de referencia obligada: «Clara Janés se instala en lo que Hegel decía del predominio del sonido mismo, bajo todas las relaciones de cada letra, consonante o vocal, así como de las sílabas y palabras enteras cuya combinación queda reglada en parte según la norma de alternancia simétrica. Tal es a mi juicio, uno de los valiosos aspectos esenciales de "Kampa". No se trata, pues, de una experimentación en el vacío, ni mucho menos de "épater le bourgeois", sino del logro de la plenitud de la experiencia poética. En efecto, sinfonía amorosa donde la escritura, voz y música, se conciertan».

Acudiré esta tarde en busca de la amiga, de la escritora, de la amada del amor, porque ella no sólo se limitó a invitarme a conocer nuevos mundos y nuevas voces, sino que quiso, además, hacer de guía para que recorriese, en el sentimiento más profundo de la amistad, su yo poético, vivencial y existencial.

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