admin @ Fri, 2005-10-07 05:00
La semana pasada en una visita al Politécnico Loyola recibà un libro que me sentà obligado a leer sin deseos de hacerlo por un doble, viejo y contrario principio de que a caballo regalado no le mires el diente y de que hay que terminar todo libro que empieces. No me agradó el tÃtulo del libro, “El Liderazgo al Estilo de los Jesuitasâ€?, por oler demasiado a mi propia casa.
El autor del libro es Chris Lowney un neoyorkino, exjesuÃta y exdirector administrativo y miembro del comité administrativo en New York, Tokio, Singapur y Londres de J. P. Morgan & Co., famoso banco de inversión norteamericano que encabezó la lista de las empresas bancarias más admiradas que prepara anualmente Fortune en 15 de los 17 años que trabajó en ella.
Como a falta de otro tema digerible acabo de escribir dos artÃculos sobre la globalización del gobierno corporativo y la moralidad institucional me armé de valor y comencé una lectura que aunque definitivamente partisana me ha puesto a pensar sobre un tema bien importante para los partidos , las empresas y hasta las asociaciones religiosas y populares.
Cuatro temas del libro me han interesado, aunque no niego que puedan rebatirse las tesis históricas sobre el estilo de liderazgo de los jesuitas ya que el género sociológico-literario usado es el “tipo idealâ€? de Max Weber : cuántos lideres tiene la corporación exitosa, cuál es el vÃnculo eficiente de unión corporativa, papel de la reflexión en el liderazgo y de su orientación a la búsqueda de lo siempre mayor, esto último para utilizar la jerga de los jesuitas.
La pregunta está formulada de manera ambigua según se trate de la capacidad de mando de la corporación o del perfil de sus asociados. Para aclarar las cosas desde un principio dejo constancia de que una cosa es mandar y otra liderazgo. Toda corporación tiene su ejecutivo y su consejo directivo pero no siempre cuenta con un lÃder.
Es más fácil señalar las cualidades del lÃder auténtico que definirlo. En general se supone que un lÃder tiene que ser capaz de exponer una visión del futuro y las estrategias para alcanzarlo, tiene que alinear y coordinar equipos y coaliciones que entiendan y acepten la validez de la visión ofrecida, tiene que motivar e inspirar a la gente para superar los obstáculos polÃticos y burocráticos que se le oponen y tiene que aceptar y buscar cambios en su corporación. Kotter, reconocido profesor de administración de Harvard, afirma que “estoy totalmente convencido de que la mayorÃa de las organizaciones de hoy carecen del liderazgo que necesitan; la deficiencia es a menudo grandeâ€?.
Es un error creer que los lÃderes son únicamente los que ejercen mando sobre los demás lo que les permite un impacto transformador a corto plazo. Rapidez del impacto y escala de la gente mandada serÃan lo que necesitamos medir en una escala de liderazgo. La realidad parece ser muy otra.
Un liderazgo asà entendido no sólo no serÃa la solución para la gerencia de una corporación sino es precisamente el problema: Si sólo quienes están en posición de mandar grandes equipos son los lÃderes, todos los demás tienen que ser seguidores. Desgraciadamente los seguidores tienden a actuar como tales, carentes de energÃa, independencia y empuje para poder ellos mismos aprovechar sus condiciones de lÃderes.
Lowney nos cuenta cómo en el Morgan se contrataban personas que se habÃan preparado en las mejores facultades de administración de empresas del mundo, eran superinteligentes, ambiciosos y de voluntad recia pero con frecuencia sufrÃan caÃdas estrepitosas. La sola inteligencia, la sola ambición o el solo dominio de reglas y principios administrativos no se traducen siempre en éxito perdurable. “Algunos que prometÃan mucho trazaban una trayectoria meteórica en los cielos de Morgan, brillando primero en las tareas de moler números que se confÃan a los jóvenes “carne de cañónâ€? y luego estallaban en las tareas para “gente maduraâ€? que son parte integrante del liderazgo de una empresaâ€?. Unos no acertaban a tomar decisiones graves, otros asustaban a quienes osaban tomar decisiones sin contar con ellos. Unos eran excelentes con números y proyecciones pero fallaban cuando se trataba de dirigir seres humanos pensantes y sensibles, que no son tan fáciles de manipular. Enseñar a ser lÃderes va por otros caminos como veremos después. Pero antes detengámonos a examinar el tipo de relaciones apropiado para el desarrollo del liderazgo en una corporación que por necesidad tiene grados distintos de jerarquÃa.
¿Temor o reconocimiento como vÃnculo de unión corporativa eficiente?
“Si es preciso elegir, ser temido es mucho más seguro que ser amado pues una buena regla general sobre los hombres es que son ingratos, volubles, mentirosos, impostores, cobardes y ávidos de ganancia. A los hombres les preocupa menos ofender a un individuo que se hace amar, que a uno que se hace temer. La razón es que el amor es un lazo de obligación que los hombres, siendo podridos, romperán en cualquier momento en que consideran que tal proceder les conviene; pero el temor implica miedo del castigo, del cual nunca pueden escapar.
“Los gobernantes que más éxito han tenido son quienes prestaron poca atención a cumplir sus promesas, pero sabÃan manipular audazmente la mente de los hombres. Al fin de cuentas, ganaron a quienes actuaban con honradez.
“Uno tiene que ser un gran mentiroso y un hipócrita. Los hombres son tan pobres de espÃritu y están tan dominados por sus necesidades inmediatas, que un embaucador encontrará siempre mucha gente dispuesta a dejarse engañarâ€?.
Cuatrocientos años más tarde un psicólogo social Douglas McGregor propuso la teorÃa de que la conducta del superior hacia los subalternos refleja actitudes subyacentes hacia la humanidad en general. Los gerentes de la “teorÃa Xâ€? suponen a un nivel apenas conciente que los seres humanos son perezosos y por tanto tienen que ser motivados y controlados. En cambio gerentes de la “teorÃa Yâ€? suponen que los seres humanos son básicamente automotivados y por tanto tienen que ser retados y encauzados.
Para los maquiavélicos de laâ€?teorÃa Xâ€? el reto es hacerlos trabajar. Para los gerentes de la “teorÃa Yâ€? es hacer que quieran trabajar. Los gerentes maquiavélicos tratarán a sus subalternos con cautela por el mal que causarÃan si sus jefes no los controlan, los empujan, los acorralan o los compran. Son tiranos. Los gerentes “Yâ€? respetan a los subalternos, les muestran reconocimiento y afecto y los estimulan a que tomen decisiones en el área que se les ha asignado.
Generalmente los estÃmulos son de Ãndole económica monetaria y o social, promoción. Con frecuencia, sin embargo, los incentivos económicos están severamente limitados por restricciones financieras -caso de las SecretarÃas de Estado en tiempos de crisis o de corporaciones con problemas de liquidez- o formalmente excluidos como en ciertas congregaciones religiosas suyos subalternos profesan pobreza personal y austeridad institucional. En todos los casos, sin embargo, son posibles manifestaciones de aprecio o, si usamos el lenguaje equÃvoco y tal vez cursi de San Ignacio y de Lowney, de amor encaminadas a robustecer una vinculación afectiva de mandos y subalternos a quienes se atribuye el calificativo de lÃderes.
Se me hace difÃcil creer que una corporación de dimensiones apreciables pueda contar con liderazgo de sus integrantes si éstos orientan su vida a mejorar sus ingresos sin sentirse ligados emocionalmente. En cualquier caso si esta actitud prevalece la corporación tendrá mercenarios al servicio del mejor postor que difÃcilmente darán la talla en otras empresas por la sencilla razón de que cada una de ellas tiene una “personalidadâ€? propia: cultura, historia, clientela preferida, suministradores, etc. que hay que asumir si quiere uno ejercer cierto grado de liderazgo.
El problema del liderazgo no se deja reducir a la palabra lealtad a la corporación que con frecuencia solo significa aceptar necesidades sino a identificación con sus objetivos y su estilo de proceder.
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