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Maria Bethânia, la gran hechicera... | Amor, sexo, fiestas y sexualidad


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Maria Bethânia, la gran hechicera...

admin @ Fri, 2005-10-07 06:00

espectáculo a cargo de Maria Bethânia, acompañada por grupo orquestal y trío de voces. Arreglos y dirección musical: Jaime Alem. El miércoles, en el teatro Coliseo.

Cuando Bethânia canta, cualquier hechizo es posible. De pronto, el escenario entero desaparece y es el oscuro vientre de un navío negrero el que se puebla de voces cautivas. Más tarde, titilan al fondo las lucecitas de las favelas cariocas, mientras la palabra de Vinicius previene que la felicidad es tan efímera "como la gota de rocío en un pétalo de flor". En seguida, es posible tenderse perezosamente al sol de la tarde en Itapoã y sentir despacio, muy despacio, la tierra entera rodar. Más tarde, la invitación es a celebrar la fiesta de San Juan en la noche fría de junio o a perderse en el carnaval de Mangueira y sumarse a la dulce y melancólica marcha de las pastorinhas.

Cuando Bethânia está en escena, no importa solamente el sonido cautivante de su voz personalísima o la expresión intensa, que puede ir de la ternura a la ira y de la súplica al reproche. Importan su energía, su autoridad, ese poderoso magnetismo que sólo tienen los grandes artistas del teatro y que obliga a seguirla por donde vaya con su canto y su figura grácil y movediza. Cuando Bethânia está en escena, ella es el eje y el foco de la ceremonia, la sacerdotisa que la guía, la hechicera.

No viene sola, claro. Con ella están los poetas -el primero, Vinicius, a quien acaba de dedicarle un exquisito CD y cuyos versos enlazan distintos tramos del programa; pero también Chico y Caetano y todos los demás que la han acompañado en estos cuarenta años de profesión-; están los compositores -del gigante Jobim y los clásicos Ary Barroso, Noel Rosa o Lupicínio Rodrigues al inolvidable Gonzaguinha o a su fiel coterráneo Roberto Mendes, maestro del samba de roda-, y están sus músicos, comandados por Jaime Alem, que le proporcionan, según lo aconseje cada momento, sostén rítmico, atmósfera intimista o espesor orquestal.

Bethânia volvió después de una larga ausencia para encontrarse con un público que le expresó de entrada y ruidosamente cuánto la había echado de menos. Ella se esmeró por corresponder a tanto cariño. Puso efusión sin desbordes, intención sin fiereza; fue más intensa que explosiva: mostró, en fin, el mismo refinamiento que ha venido beneficiando a sus últimos discos, aunque, claro, sumándoles esa energía y esa efervescencia extra que gana en el contacto con el público. Fueron más de 90 minutos de emoción compartida. Más que un show, una experiencia artística de esas que dejan huella.

A esta altura de su carrera, Bethânia goza de la libertad de cantar lo que quiere, sin atarse a obligaciones promocionales. "Yo muero ayer/nazco mañana/ando por donde hay espacio/mi tiempo es cuando", recita con las palabras del poetinha apenas ha terminado de devolverle la delicadeza sentimental a su transitada "Modinha". Unos versos y una canción le han bastado para trazar el sentido de "Tempo, tempo, tempo, tempo": una celebración de su aniversario artístico (o casi: aunque ya había actuado en Bahía, el 13 de febrero de 1965 apareció por primera vez en un teatro de Río y su interpretación de "Carcará", que no falta en el show, la hizo famosa de la noche a la mañana), así como un recorrido por su trayectoria con especial atención a la obra de Vinicius, justamente quien la trajo a la Argentina por primera vez en 1971. Pero nada hay aquí de culto nostalgioso. Cuando vuelve a los temas que todos recuerdan en su voz única -"Terezinha" y "Olhos nos olhos", de Buarque, como ella le dice, o el infaltable "O que é o que é", de Gonzaga Jr.- la expresión es nueva. Más conmovida en el primer caso, más ufana y burlona en el segundo, más gozosa en el tercero que, elegido como siempre para cierre de la fiesta, hace cantar y bailar o batir palmas a la concurrencia entera.

Gracias al giro retrospectivo, Bethânia rescata maravillas como "Volta por cima", de Paulo Vanzolini, cuyo ánimo optimista, traducido con firme convicción e inocultable deleite, encaja a la perfección en un sector donde se agrupan canciones sobre las penas de amor. O como las expresiones del Brasil profundo que extrajo de su formidable "Brasileirinho": "Capitão do mato", "Purificar o Subaé" y "Yayá massemba"; esta última, uno de los momentos de más impacto de la noche.

La inyección de energía que impuso al repertorio alcanza manifestación potente en la rockera "Pode vir quente que eu estou fervendo", suerte de tributo a Roberto Carlos; en sambas bahianos como "Iluminada" o en la contagiosa moda regional "Usina de prata", de Rosinha de Valença.

En cuanto a Vinicius, presente a lo largo de todo el recital, no sólo le posibilitó ofrecer versiones inolvidables de "Formosa", "Tarde em Itapoã" o "Você e eu": también le prestó su célebre "Samba da bênção" para que pudiera extender la bendición a quienes la condujeron y la acompañaron en este bello camino. Incluida la platea, a la que pidió: "A bênção, senhores, porque eu estou apenas começando".

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